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Yo también pillé suspensos.

No muchos, no se crean. Exactamente tres, en los doce años que transcurrieron desde 1º de Bachillerato, para mí 1º de Latín y Humanidades, y 5º de Filología Románica. Por eso los recuerdo bien, porque fueron pocos.

El primero me llegó poco después de dejar el Seminario Menor de San Cecilio de Granada. Estaba en 5º curso, y con el visto bueno del cura párroco de mi pueblo, que me apadrinaba, en las vacaciones de Semana Santa, decidí no volver. Estábamos en la primavera del 68 –cómo olvidarlo- y yo tenía dieciséis años (inviertan el orden de los dígitos y sabrán los que ahora tengo).

Así que hablé con el Rector y le expuse mi decisión. Y mi petición de que me adelantaran los exámenes finales para poder presentarme a la Reválida Elemental o Reválida de 4º -los seminaristas perdíamos un curso en la convalidación-.

Los curas accedieron al adelanto de exámenes y, efectivamente, pude presentarme a la dicha y dichosa reválida.

Yo  iba bien preparado, y siempre había sacado muy buenas notas. Pero en la prueba del grupo de ciencias me llegó el cebollazo…

Finales de junio. Instituto Padre Suárez de Granada, viejo como un mausoleo, y un calor de derretirse hasta los muros de los edificios. Y ahora resulta que el examen de Ciencias toca por la tarde, a las cuatro. Mis tíos Antonio y María regentaban una portería muy cerca del instituto. Y la familia acordó que yo ese día almorzara con ellos, para ahorrar tiempo. ¡Y cómo almorcé! Se ve que ellos habitualmente comían muy bien, porque estaban gorditos y lustrosos, no como los parientes del pueblo. Y a mí me hicieron comer hasta gloria; y no aceptaban un ya no me cabe más: “¡Cómetelo, verás qué bueno está!… Y ahora un café, para que no te duermas en el examen.” Creo que fue el primer café de verdad que yo tomé en mi vida… Y cuando llegué al instituto, con aquel calor y aquel empancinamiento tan tremendo, con aquel torpor de la sangre y aquel hervor de los nervios… en fin, un desastre. Pero llegó septiembre; y aprobé sin problemas -¡y sin banquete!- aquel examen de problemas.

Y quede para otra ocasión el relato de los otros dos suspensos.

Dos maestros

Entre los contemporáneos por los que siento una mayor admiración se encuentran dos escritores: Vargas Llosa y Muñoz Molina. De ambos he leído muchos libros –no todos los que han escrito- e infinidad de artículos. También, desde que lo puso en marcha hace poco más de un par de años, en el caso de Muñoz Molina, procuro no perderme las entradas en su blog, Escrito en un instante.

Por edad, pertenecen a dos generaciones distintas y sucesivas. Vargas Llosa nació en 1936; Muñoz Molina, veinte años después. El primero, en tierras de Perú; el segundo, en tierras de España. Por lo demás, los dos son escritores entregados a su trabajo con el mismo entusiasmo vocacional, con la misma honradez de diamante.

Ambos declaran sin tapujos, siempre que viene a cuento, su ideología, el sistema político que preconizan para que el mundo mejore. Por lo que sabemos que se encuadran en la defensa de políticas opuestas. Vargas llosa defiende el liberalismo. Un liberalismo democrático y humanista. “Democracia y mercado”, es la frase que ha utilizado alguna vez a modo de lema de su pensamiento político. Muñoz Molina defiende la socialdemocracia como el sistema mejor, con más intervención del Estado, destinada a corregir lo que la sociedad espontáneamente no corrige.

A mi modo de ver, ambos sistemas políticos han funcionado más o menos. Los dos podrían aplicarse en el futuro con mejores resultados; los dos podrían degenerar mucho más en el futuro, hasta convertirse en mera basura ideológica, en etiquetas o banderas tras las que ocultar la mangancia.

Con ciudadanos que asuman la honradez personal como algo que fundamenta el propio ser y, por tanto, como algo irrenunciable, ambos sistemas darán buenos frutos. Con “ciudadanos” que tras las tersas palabras del ideario político escondan o toleren prácticas contrarias a lo que predican –favoritismos, abuso de los débiles, apropiaciones indebidas, defensa de los camaradas sea cual sea su conducta, excusas ante las propias faltas o delitos-… Con este tipo de ciudadanos en el poder y en la vida social, tengamos más liberalismo o más Estado, ¿qué podremos esperar en el futuro? Sencillamente, seguirá ocurriendo lo mismo que hasta ahora ha venido ocurriendo.

Por ello concluyo: para llegar a una sociedad más próspera e igualitaria se puede avanzar por el camino de la izquierda y por el camino de la derecha. Como no se puede avanzar es soslayando la honradez personal con cualquier tipo de excusa. Y esa honradez personal la podemos aprender, como en el mejor libro, en las vidas y las obras de estos dos escritores: Muñoz Molina y Vargas Llosa.

Regalos de Reyes

Mi abuelo materno, cuya imagen preside mi estudio, se apellidaba Fernández Reyes. Así que, con tan alto abolengo, a nadie extrañará que yo tenga cada año unos lindos regalos al llegar esta fecha. Los principales de este año: que todos, en la familia, estemos razonablemente bien de salud, y con el frigorífico suficientemente abastecido; haber tenido unas cumplidas vacaciones de Navidad (cumplidas, sí: cuántas veces aspiramos a algo parecido y, pasado el tiempo, vemos que nuestras expectativas se han convertido en humo); ratos de charla con amigos que lo fueron ya en la infancia; el encuentro inesperado con DM, amigo intensivo en 6º de Bachillerato al que después no había vuelto a ver sino en poquísimas ocasiones; paseos por el campo, oyendo los trinos de los pájaros o los golpes de los vareadores a los olivos –mientras yo dispongo de buen aceite en mi despensa sin necesidad de dar un palo a un ramón-; largos ratos que ha hecho breves la lectura…

Y no es que no haya habido contratiempos… Por ejemplo, una página del libro que estás leyendo, que te recuerda lo ingrato de tu profesión. O sea, que estoy leyendo, tan ricamente, La marca del meridiano, de Lorenzo Silva, último Premio Planeta cocinado, y me encuentro, en la página 133, el siguiente diálogo entre Bevilacqua, el brigada picoleto de 48 años de edad, y su vástago de 19:

 

Subí al coche, lo puse en marcha y me fui derecho hacia la autovía. Andrés, mi hijo, me estaba esperando ya en el cine con las entradas. Como me conocía, sabía que la puntualidad extrema no figuraba entre mis virtudes y había preferido adelantar. Hice como que me ofendía por su desconfianza y le pregunté cuánto le habían costado.

-Te invito –me respondió.

-Pero si eres insolvente…

-Eso lo dices tú. Me han pagado las madres de los tarugos a los que les doy clase de refuerzo. Me hace ilusión invitarte a algo yo.

-Bueno, es una novedad. ¿Y lograrás que aprueben?

-Están en la ESO. Al final siempre los aprueban, con que sepan leer el enunciado y responder algo que tenga que ver. Y  hasta ahí, aunque sea con algunas dificultades, me comprometo a llevarlos.

 

Lástima que los Reyes, o sus Ministros, no nos hayan traído, en este día de regalos, una reforma educativa en condiciones. Otra vez será…