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Madre

Hoy se cumplen dos años del fallecimiento de la mía. Hace unas pocas noches –se lo contaba al amigo Ico Joaquín, ilustrador de este blog- soñé por primera vez que ella estaba muerta. No llegué a verla en el sueño. Entrábamos en su casa, mi mujer, mis hijas y yo, y la casa estaba limpia y en orden, pero ella no estaba. Entonces cayó sobre mí la certeza de que estaba muerta. Y me retiré a la cocina para llorar, pero mis hijas me siguieron para consolarme.

Hoy le voy a dedicar unos versos que no son míos; versos que ha escrito un poeta de verdad, dedicados a su madre, tan ida y tan presente como la Rosarico.

SIEMPRE

 

Haber tenido un bien como el que tuve

es poseer un don que no se agota nunca.

No era mi madre un cuerpo, aquella forma

que terminara de alentar un día

y que el tiempo deshizo porque su hacer es ese.

Su amado rostro, sus benignas manos,

su sonrisa tan pura, aunque hayan sido

muy dulces posesiones de mis ojos

y de mi corazón, no eran al cabo

-en los momentos tristes de las postrimerías—

más que las desgastadas y confusas

cáscaras de la luz, figuraciones

declinantes de un fuego que no ha muerto,

que no puede morir y que mantiene

su vigencia de amor en cualquier sitio

que mis pasos caminen.

                                     A veces veo a mi madre

-inconfundiblemente, sin engaño ni rara

ilusión del mirar o del deseo

de tenerla conmigo- en la mañana tibia

de un día muy dorado de diciembre,

en una flor o un árbol, en un giro del aire.

En ocasiones la descubro incluso

en alguien que se cruza conmigo y al que yo

no había visto jamás, pero que es ella;

en mí mismo, en un gesto que le pertenecía

y hallo en mi propio espejo con asombro, en algunas

palabras que son suyas y pronuncian mis labios.

Nos encontramos con verdad tan grande,

con nitidez tan natural, que no

es en manera alguna necesario

decir, esta es mi madre que aquí sigue,

o, este es el hijo que tenía y tengo.

Ambos reconocemos que ese encuentro es la vida,

el relámpago eterno de amor que nos fue dado

del todo y para siempre. Y otra cosa no hay.

 

                 Eloy Sánchez Rosillo, Sueño del origen. 2011.

Curriculum vitae

· 1957.      Nace en Gójar, en la calle Verónica, o De los Pobres.

· 1973.      Comienza en Granada los estudios de Magisterio.

· 1977.      Aprueba las oposiciones y obtiene su primer destino: en Motril.

· 1978.      Segundo destino: maestra, en Francia, de hijos de emigrantes españoles.

· 1981.      Obtiene su tercer destino: maestra en la escuela-hogar de Montefrío.

· 1983.      Cuarto destino: Colegio Alfonso XI de Algeciras.

· 1986.      Quinto destino: en Zafarraya.

· 1988.      Excedencia por hijas menores de tres años.

· 1991.      Sexto destino: Colegio Alfonso XI de Algeciras. Hasta hoy.

Todos los acontecimientos más felices e importantes de mi vida me han llegado por ella:

·       Abrazarla y besarla por primera vez. En 1973.

·       Casarme con ella. En 1984.

·       Tener con ella, además de una profesión, una hija primogénita. En 1986.

·       Con ella, una segunda hija. En 1988.

·       Con ella, una tercera hija. En 1996.

·       Seguir viviendo con ella en 2012.

Lo sagrado

Es una evidencia: en la católica España la religión católica ha caído casi tanto como el arte de la tauromaquia. Y ninguna otra religión ha ocupado su lugar. Con lo que tendremos que concluir que España, país con muchísimas tradiciones folclóricas de origen católico, es un país muy poco religioso.

Lo cual a mí ni me produce alarma ni me da pena ninguna.

Lo que sí me preocupa es constatar que vivo en una sociedad en la que los individuos tienden a creer que no hay nada que valga más que la propia vida. Porque una sociedad de “sálvese quien pueda” es una sociedad desmoralizada. En cualquier sociedad humana tiene que haber valores que están por encima del valor de la propia vida. Valores por los que cada individuo adulto esté dispuesto a sacrificarse sin límite ninguno si el caso lo requiere. Y ello sin pensar para nada en los dogmas de una religión, ni en la esperanza de un paraíso futuro. En una sociedad sana tiene que haber valores sagrados, valores que están por encima de la vida de los individuos.

Algunos dirán: “Sí; la libertad por ejemplo”. Y yo digo: de acuerdo; mientras me acuerdo de Miguel de Cervantes, nuestro mejor paladín de la libertad.

Otros dirán: “Sí; la democracia por ejemplo”. Y yo digo: de acuerdo; mientra me acuerdo de tantos luchadores que perdieron o arriesgaron su vida por la democracia en España a lo largo del siglo XX.

Y añadiría yo ahora: Sí; la familia por ejemplo. Porque sí hace falta recordarlo; porque a diario vemos o tenemos noticia de casos que provocan nuestra repulsa o que incluso nos horrorizan.

Una anécdota de este verano… Quedo con unos amigos –de los ”de toda la vida”- en un bar, a la hora del aperitivo, para echar una cerveza. Charlamos, bebemos… Y yo acabo mi vaso con cierto apresuramiento: “Me tengo que ir. Tengo que recoger a Hebe –mi hija de quince años-, que vamos a comer en casa de la abuela”… Y me pregunta mi amigo X: “¿La has dejado en el coche?” Por favor… ¿voy a dejar a mi hija en el coche para venir a beber cerveza con vosotros? Pero concebimos posible un disparate así.

Tampoco consideramos el trabajo un valor sagrado, aunque lo es. Si lo consideráramos tal, en esta pobre España pobre habría mucho menos paro.