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Dispendio, derroche, desperdicio. Y la selva que avanza.

Entre ayer domingo y hoy lunes, he corregido los cuadernillos que me han cabido en cupo de las hiperfamosas Pruebas de Diagnóstico de Nuestra Madre la Junta de Andalucía (NMJA).

Los técnicos del ramo siguen sin enterarse de eso de la crisis (ni de eso de la ESO). Han vuelto a confeccionar lujosísimos cuadernillos que a la Junta (a los contribuyentes) han de costarle una pasta. Total, para enterarse de lo que cualquier profesor conoce de sus alumnos con una prueba que cabe en el anverso de una octavilla.

Y, además, digo yo: si la evaluación que trimestralmente mandamos los docentes a la Junta no les vale a sus jerarcas, ¿por qué nos conceden el honor de la corrección de las pruebas “externas”? ¿Se fían o no se fían de nuestras correcciones y evaluaciones?

Ahora la Junta elaborará sus estadísticas. Y las enviará al personal docente de los centros de Secundaria: para que elaboremos propuestas de mejora, procedimientos para llevarlas a cabo, evaluación de los resultados de las mismas, y nuevas propuestas de mejora que mejoren a las anteriores.

Todo eso, en los papeles, claro está. En las clases, bastante trabajo tenemos con impedir que se conviertan en la selva.

La fuerza de la vida

Puente de San Matías (24 de febrero). Camino por los solitarios campos de mi pueblo de Granada. Y paso junto a un olivar recién podado, con todo el ramaje cortado aún bajo los olivos. De pronto veo una determinada rama de la que pienso que podría salir un hermoso y erecto bastón de caminante (nunca llevo báculo cuando ando, pero ese es otro tema). Cojo la rama, con el permiso de los mirlos que por allí andan inspeccionando y picoteando, que me aseguran que aquellas fincas son suyas, cojo la rama, le hago una primera limpia de ramón y cargo con ella. En casa la acabaré de cortar y asear con ayuda de la segueta.

Han pasado dos meses. Dos meses lleva colgado de un extremo el recio vástago, para evitar que su propio peso, en la inmovilidad, pueda combarlo. Peso que le tanteo ahora: y compruebo que sigue siendo el mismo que cuando lo cogí. La frescura de la estancia y la de la estación han propiciado que mantenga sus humedades internas, sus jugos y savias; y, sin duda, el poder germinativo de sus yemas. Todavía podría surgir de este tallo un nuevo olivo. Más o menos de su mismo tamaño eran los esquejes de olivo que, cuando era niño, vi a mi padre plantar en una tierra de aquí al lado, en Jutilianas, tierra escasa de agua, en unos enormes hoyos que él cavaba para que la falta de humedad no frustrara la plantación.

Tendrán que llegar los fuertes calores de junio o de julio para que mi joven vástago se entregue a la fatal evidencia: no habrá tierra húmeda y fresca que lo acoja, se secarán sus yemas, y no podrá cumplir la alta y principal misión que la naturaleza le encomendó: levantar, en la tierra que la mano del azar le adjudique, las virtudes y bondades del olivar.

Lipdub en el instituto

 

Efectivamente, como anunciaba en la anterior entrada, ayer me negué a participar en el sarao matutino. Y como veo más que posible que los “objetores de conciencia” –no he sido el único- seamos objeto de algún reproche a la vuelta de las vacaciones, comento anticipadamente:

  1. Para un acontecimiento que implique a todo el personal del centro durante toda una mañana –oficialmente lectiva- lo lógico sería convocar un claustro extraordinario, en el que exponer un proyecto y oír opiniones.
  2. Está claro que en la palabra cultura cabe todo; y, por tanto, también en la Semana Cultural. Lo que yo lamento es que esta macrofiesta del instituto forma parte de lo que Mario Vargas Llosa  viene considerando –esperamos el ensayo que prepara sobre el tema- la reducción de la cultura en la actualidad a la cultura del espectáculo.
  3. En cuanto a modo de diversión, creo que esta fiesta lo fue principalmente porque ocupó una mañana oficialmente laborable. A saber cuánto público hubiera concitado el sarao de haberse convocado, por ejemplo, para la tarde del miércoles, o sea, la tarde siguiente a las dos tardes que tuvimos de evaluaciones.
  4. Gracias a la macrofiesta, la entrega de los boletines de calificación quedó reducida en el instituto a algo residual, insignificante, irrelevante. El muchacho se acerca a recoger sus notas disfrazado, maquillado y cansado de cuatro horas seguidas de baile: “Toma: tienes seis suspensos”. “Bueno… Ya. No pasa nada. Ya recuperaré… Lo importante es que lo hemos pasado superguay”.