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Jueves 29

Continúa el levante fuerte en el Estrecho. Llego, andando como siempre en tiempos de sequía, al instituto. Las 8:13. No hay alumnos: media docena no más. Al parecer, el 99% de las familias son partidarias de secundar la HG.

Mi primera clase. Segunda planta, 2º A. Paso lista de ausentes (todos). Acto seguido saco el Diario de invierno de la cartera y me pongo a leer.

Cuando voy por aquí:

El lujoso burdel resulta ser un destartalado y angosto apartamento, y sólo hay dos mujeres, la propietaria, Kay, una oronda negra que ronda los cincuenta años y saluda a tu amigo con un cálido abrazo, como si fueran viejos conocidos, y otra mujer mucho más joven, también negra, que aparenta veinte o veintidós. Ambas están sentadas en sendos taburetes en la diminuta cocina, separada de la alcoba por una delgada cortina que no llega a tocar el suelo, visten batas de colores vivos, y, para tu gran alivio, la joven es bastante atractiva, de rostro muy bonito, incluso guapa. Kay anuncia el precio (¿quince, veinte dólares?) y luego os pregunta quién quiere ir primero. No, no, ríe tu amigo, él sólo ha venido para acompañarme (sin duda las chicas de Queens son menos reacias a quitarse la ropa que las de Nueva Jersey), de modo que Kay se vuelve hacia ti y te dice que puedes escoger, o ella o su joven colega, y cuando no te decides por ella, Kay no parece ofenderse; se limita a encogerse de hombros, sonríe, extiende la mano y dice: “A ver el dinero, encanto”, momento en el cual te hurgas el bolsillo y sacas los quince o veinte dólares que le debes. La joven y tú (demasiado tímido o nervioso, olvidas preguntarle cómo se llama, lo que significa que ha permanecido anónima para ti durante todos estos años) pasáis a la otra habitación mientras Kay corre la cortina a tu espalda. La chica te conduce al rincón donde está la cama, se quita la bata y la tira sobre una silla, y por primera vez en la vida te encuentras en presencia de una mujer desnuda.

Cuando voy por ahí… Oigo un leve y sordo golpecillo en el cristal de la ventana que tengo a unos palmos de mi diestra. Algo que cae. Y que me sobresalta en la quietud del aula sin alumnos. Miro al suelo, al rincón, y veo como eclipsada, como arranada, un ave enteramente negra, un pájaro adulto de tamaño algo mayor que una golondrina. Un vencejo, supongo. Ha caído, sin duda, del hueco de la persiana. Yo retiro despacio mi silla; y subo muy despacio el cristal. Luego me agacho, más despacio aún, y, con un movimiento envolvente de mis manos, lo atrapo y lo alzo. Saco los brazos por el vano y con un suave impulso lo dejo a su suerte. Cuatro o cinco metros en caída libre y en seguida le surge su instinto de vuelo. Remonta, describe un amplio círculo entre el instituto y los bloques de enfrente. Sube algo más y se pierde de mi vista sobre los tejados del instituto. Y yo vuelvo al libro.

Quinta hora: Latín. Tengo un alumno. Llegamos a un acuerdo: él traduce una frase y yo se la corrijo; y así, lo que dé de sí el tiempo. Y así, mientras él prepara sus traducciones, yo sigo leyendo. Y cuando voy por aquí…

A mediodía estás frente al espejo con crema de afeitar en la cara, a punto de coger la navaja y emprender la tarea de ponerte presentable para la entrevista, pero antes de que puedas atacar una sola patilla, suena el teléfono. Vas al dormitorio a contestar la llamada, cogiendo con cuidado el aparato para no cubrirlo de espuma, y quien te habla al otro lado de la línea está llorando, la persona que te ha llamado se encuentra en un estado de extrema aflicción, y poco a poco vas entendiendo que es Debbie, la joven que limpia el apartamento de tu madre una vez a la semana y la lleva de compras en coche de vez en cuando, y lo que te está diciendo Debbie es que acaba de entrar con su llave y se ha encontrado a tu madre en la cama, el cuerpo de tu madre en la cama, su cadáver en la cama, a tu madre muerta en la cama.

Cuando voy por ahí… nos llega una ola de megafonía a la que yo no presto atención; pero mi alumno único me dice que perdone, que lo está llamando su tía –da la casualidad de que es profesora tutora de este grupo- y que se tiene que ir. Ante la evidencia de que la estruendosa música que suena es parte del ensayo del lipdub de mañana, bajo yo también, y me uno al grupo de los danzantes. Pero antes de hacer un solo movimiento de baile me retiro de nuevo. Mañana, a la hora del evento, me declararé objetor de conciencia. Yo trabajo en un instituto, no en un circo. Me vuelvo a la clase y sigo leyendo.

Y ahora, en casa, voy a ponerme a lo mismo. A ver si puedo terminarlo antes de que sea la hora de irme a mi cita con el dentista.

 

Un punto, dos puntos, tres puntos

Nuestros alumnos de Secundaria, después de tres lustros de escolarización intensiva, no saben usar el punto en la escritura. Hablo, claro, de la mayoría de los alumnos, no de todos.

Y ahora, queridos lectores, me preguntaréis si eso es importante. Al fin y al cabo, un punto es como una cagada de mosca en la escritura. Cuantos menos, mejor.

Quizá tengáis razón. He conocido a colegas, profesores de Lengua y Literatura como yo, obsesionados con las tildes, a los que les parecía una mariconada eso de poner un puntido a las jotas e íes minúsculas: ellos no los ponían nunca.

No obstante, yo me mantengo, tozudo, en mi idea de que es importante el uso correcto del punto. Incluso creo que debe ser la primera lección en el aprendizaje de la escritura: porque es la más fácil. Escribir una a –escritura manual- tiene muchas complicaciones: sus curvas y contracurvas resultan mareantes. Pero un punto… es un golpecito en el folio con la punta del boli: ¿habrá cosa más fácil?

Ahora bien, tampoco hay que pensar que, como son fáciles de fabricar, los vamos a esparcir en nuestros escritos como quien siembra trigo: “salió el sembrador a sembrar su semilla”… Esto podría colar en el puntillismo de Educación Plástica y Visual. E incluso aquí tiene sus riesgos: sé de buena tienta que hace pocos días, en un colegio de esta ciudad, la madre de un parvulito –o parvulita- interpretó un dibujo puntillista en un mural del aula de su retoño como un aviso de que en el colegio había epidemia de varicela.

Volvamos a los puntos de la escritura: los que son propiedad inalienable de las dos letras arriba mencionadas, o de los signos de interrogación y exclamación, el punto y seguido, el punto y aparte, el punto final, los dos puntos, a los que tumbas –boca arriba o boca abajo- y los conviertes en diéresis. Los puntos suspensivos, que son estrictamente tres, y no los que buenamente nos salgan de la punta del bolígrafo.

Tenemos que aprender a usar el punto, y a diferenciarlo de la coma: un punto y coma no es un coma y coma ni es un punto y punto. Y la i de vez en cuando, o sea cuando manda la Academia, no lleva punto sino tilde. ¿Y nuestros alumnos no van a ser capaces de diferenciar uno de otra? ¿Tan obtusos de mente han de ser?

Aprended a usar el punto, hijos míos. Y acordaos de lo que dijo Cristo: ¿Quién va a ser fiel en lo mucho después de demostrar que no es fiel en lo poco?

Convivencia

En Gójar veo a Manolo el Cabo siempre con su mula. Va o viene, pero siempre con su mula, como otros van siempre con su perrito.

La estampa de Manolo con su mula (¿Qué edad tendrá Manolo? Setenta y cinco, mes arriba mes abajo), esta estampa me recuerda mi infancia en este pueblo, la vida de Gójar “cuando yo era pequeño”, la constante confraternización o competencia con los animales.

Este pueblo, cualquier pueblo de entonces, era una especie de Arca de Noé antediluviana, en la que hombres y bestias camaradeaban o disputaban.

En nuestra casa del barrio San Luis –en cualquier casa-, aparte de representantes de las tres generaciones humanas, abuelos hijos nietos, había una cabra -a temporadas con su cría-, una burra o una mula, una becerra –no siempre, por desgracia-, un cochino, dos en los buenos años, una tropilla de gallinas con su gallo, una pitirra con el suyo, conejos en incesante meneo del bigote, una gata –a veces con su cría-. Animales todos censados y alimentados –y alimentantes- en la casa.

Estaban además los autoinvitados: los ratones que se arrimaban al magisterio de la gata, las golondrinas con su nido en la cuadra, la incontenible plaga de moscas, la ingente variedad de insectos en llegando mayo.

Éramos animales entre animales: los de charca y su estrepitoso croar, los silenciosos lagartos y culebras, las chicharras de crepitante griterío, los caracoles amigos de la mansa lluvia –y más de la lluvia con sol-, las zumbantes abejas y las avispas asesinas, las aves que cazábamos con cepos y los gusanos que usábamos como cebo. El cuco que maullaba en las noches claras del buen tiempo, que se quedaba quieto, estático, hierático en lo alto de un poste; la lechuza que se bebía el aceite de la lámpara del Santísimo; el perro de Enrique –siempre había un Enrique con un perro que aterrorizaba a los niños-, la yegua del Cózar, la Babieca del Charina, el caballo del Ñéñeres. La Mora: la perrita negra de mi amigo Falín, a la que, ya vieja, le saqué un colmillo que tenía oscilante.

Toda esta Arca de Noé gojareña me recuerda manolo con su mula. Por cierto: los de Gójar tenemos el gentilicio de paveros. Por algo será.