• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Habla, Diario

A Antonio Durán

Truenos en el Estrecho, justo a la hora de levantarse. Y en el momento de salir, cada uno a su instituto, mi hija Hebe que me pregunta:

-Papá, ¿cómo está el tiempo? He oído truenos.

-Y yo. Pero solo hay nubes altas, de las que no dan lluvia. Creo que nos podemos arriesgar e irnos andando. Con paraguas, por si acaso.

Pero yo, a la salida, he olvidado el mío. Mi hija tiene su instituto a cuatro minutos de marcha, yo tengo el mío a veintidós. El segundo tiempo, los segundos once minutos, se han reducido a cinco. Porque le he echado una carrera a la tormenta. Y le he ganado. Por poco, eso sí.

Las clases, normales. Un gusto la de 2º de Bachillerato, un gallinero el Latín de 1º de Bachillerato, y algarabía de gorriones en un tejado la de 1º de ESO.

En el recreo –estaba de guardia- he visto un espectáculo magnífico, una exhibición de toques magistrales de balón, en un rincón a cubierto, entre el edificio principal y el Salón de Usos Múltiples. Cinco alumnos hacen un pentágono. Y se pasan el balón. Que intenta arrebatarles un jugador que se mueve libremente dentro del pentágono. Acojonante. Cómo tocan el balón estos chavales. En clase de Lengua no aprenden casi nada, pero en los partidos televisados aprenden un montón.

Luego he tenido mi hora de gracia, la MAY55 (mayor de 55 años): tengo que pasarla en el instituto. Pero no se me impone tiránica tarea. Así que, como no tenía nada que corregir, la he dedicado, tan ricamente, a la lectura del libro que ayer me regalé: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

¡Qué cabeza la mía! Había olvidado lo más interesante de la mañana: una conversación de dos minutos, entre timbre y timbre, con mi compañero Mario Ocaña. ¿Sobre qué? No sobre qué sino sobre quién: sobre el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera.

Luego hemos almorzado macarrones. Pero esta… es otra historia.

Elogio de la bata

Aunque ahora el elogio que me apetece cantar es el de la siesta –de la siesta posible, no de la imposible, que ha sido la de hoy-, voy a ser fiel a mi primer propósito de esta mañana, formulado unos minutos antes de que Carlos Herrera hiciera restallar su latigazo de las seis y media –Carlos Herrera, métete el látigo…-.

El elogio de la bata… Porque no puede haber pereza para saltar del calor de la cama cuando, nada más estirar el brazo –el izquierdo en mi caso-, ya tenemos rodeando nuestro cuerpo a nuestra cálida amiga.

Qué tiempos aquellos, los de mi niñez y juventud primera, en los pálidos rigores del invierno granadino. Cuando, después de pasar la noche en inmovilidad absoluta para no tocar con miembro alguno las partes gélidas de la cama, había que saltar en calzoncillos de lienzo y correr tiritando hasta el lugar donde vaciar la vejiga, enroscados en torno de la cual habíamos dormido como larvas ateridas.

La bata… Qué invento tan bueno el de la bata. Ahora bien, de nada bueno debemos abusar –de lo malo no hay peligro-. Así que permanecer imbuido en la dicha y dichosa prenda después de la hora de las abluciones matinales, no debe ser tolerado sino a enfermos y ancianos. No a amas de casa ni amos de cazo pobreticos o pobretones, que no pobres; no a estudiantes remolones o gandules.

Desayunar en bata es la primera bendición del día. Después del desayuno, cuando entramos al cuarto de baño, la bata se queda fuera; y ya no es lícito usarla hasta la mañana siguiente, unos minutos antes de las seis y media, para librarnos del primer latigazo del cómitre Herrera.

Carencias y derroches

Es lo que hallamos en cualquier casa mal administrada. O en cualquier país mal administrado. O en cualquier instituto andaluz, todos mal administrados por la mano torpe –cuando no aviesa- de nuestra Mala Madrastra.

En el instituto donde curro, hace pocos días la Secretaria no había recibido aún la última de las partidas correspondientes al curso pasado. Y ninguna para el presente, por supuesto. Así que no tenía dinero para pagar facturas.

Hace unos días, en cambio, vi, en un rincón de la Biblioteca, un librito, editado con mucho lujo, sobre el uso racional de la energía. Un librito no: trescientos o cuatrocientos ejemplares del mismo librito, en paquetes de unos cincuenta cada uno. ¿verdaderamente hacía falta dotar al instituto de tantísimos ejemplares del susodicho libro oficial sobre el uso de la energía? ¿No ha habido abuso de la energía en la edición y distribución del portento?

Ahora veamos el caso de otro libro. La Asociación de Academias de la Lengua Española ha publicado la Nueva gramática básica de la lengua española. Un libro excelente, necesario, precioso. Una edición austera en cuanto al papel y la tinta; y magistral en su contenido, como cabía esperar. ¿Ha mandado algún ejemplar al instituto nuestra Señora Administración? ¡No…! Ni creo que lo vaya a mandar nunca. Al fin y al cabo es un librito que contiene prédicas contrarias a las de la Mala Mamma. Lean y verán que sí. En un recuadro de la página 21 se destaca lo siguiente:

Resultan innecesarias las series coordinadas de sustantivos de ambos géneros propias del lenguaje político y administrativo actual: los alumnos y las alumnas, a todos los chilenos y a todas las chilenas, un derecho de todos los ciudadanos y de todas las ciudadanas. El uso no marcado del masculino permite abarcar individuos de los dos sexos.

Y añado yo: no solo innecesarias; son un derroche de energía –y de torpeza, claro-. ¿Podemos imaginarnos la cantidad de farfolla verbal, de tinta desperdiciada, de tiempo perdido, en esa marabunta de papeles oficiales, o semioficiales, o prooficiales, o aspirantes a oficiales, que se producen a diario en esa nuestra Monstruosa Administración?

Lo dicho: carencias y derroches.