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Reunión de los padres con el tutor

Nos toca el próximo martes.

Y, huelga escribirlo, no me voy a preparar un gran discurso.

Primero. Lo que les digo, cada año, es en mí un discurso hecho carne. Yo soy el discurso.

Segundo. Del grupo de treinta y dos alumnos que tengo en tutoría, a la reunión asistirá un cuarto menos cuarto de los queridos padres.

Tercero. Mi discurso comienza con una cálida y sentida felicitación. Sí, madres mías. Vuestros hijos han llegado a 2º de Bachillerato. Y han logrado llegar a tan alto nivel sobreviviendo durante al menos cinco años en un medio hostil: la ESO y el primer curso de Bachillerato. Es verdad que, si les preguntamos a ellos, quizá digan que no era tan hostil. Porque uno se acostumbra a lo que tiene, sea mejor o peor, cuando no hay perspectivas de un cambio favorable. Y porque ellos no han conocido otro medio mejor. Pero… si vuestros hijos han sobrevivido, incluso triunfado en ese medio, qué no habrían logrado en un ambiente menos negro. Andarían ya, por lo menos, junto a los muros del palacio de la gloria.

Cuarto. Ahora toca que elijan a uno de ustedes para que sea representante de todos: para que asista a las reuniones de profesores y comunique las opiniones del conjunto de los padres, para que intervenga en los conflictos –casi todos consisten en cambio o no cambio en una fecha de examen-, para que vote en los debates sobre si debe o no debe cerrarse la puerta del aula durante el tiempo del recreo… Aunque, teniendo en cuenta que son ustedes, los presentes, tan exigua minoría, mejor posponen sine die  esa elección. Si les parece.

Queridos padres, queridas madres: encantado de haber charlado este rato con ustedes.

Antes morir que pecar

Era el lema que más le gustaba repetir a nuestro reverendo padre espiritual, don Manuel Prados. Que era, según decían, un excombatiente de la guerra civil metido a cura. Y si esa era la verdad, el ascetismo del seminario le debía parecer un lujo comparable al de la Domus Aurea de Nerón.

O sea, que para él pecar de gula podía ser rebañar el plato de sopa con una miga de pan; pecar de lujuria, mirar con disimulado arrobo a la figura de la elegante señora que andaba y desandaba el pasillo central de la capilla, en la misa solemne del domingo, para recibir la sagrada comunión; pecar de soberbia, sonreír con evidente satisfacción cuando el profesor te cantaba el sobresaliente que habías conseguido en Matemáticas.

Los pecados cuasinefandos del seminario no pasaban de puerilidades que, traspasados aquellos muros, a todo ser sensato y adulto, le hubieran provocado una erupción de hilaridad. Nuestro padre espiritual constituía el mejor paradigma de la ingenuidad. Fuera de aquel recinto que creíamos protegido por el santo manto de la Virgen de Gracia, nuestros pecados de entonces eran tontos. Pero el lema que hemos encumbrado al título de esta entrada seguía (y sigue) siendo grande.

Porque podía (y puede) hacer grande a quien lo asumiera, individuo solo o sociedad entera, si lo asumía después de esclarecer con la luz de la conciencia la naturaleza del pecado a que se refería.

Hoy ya nada es pecado. Hoy ya no hay nada cuya defensa merezca que le entreguemos el sacrificio de nuestra vida. Por ello nuestra vida puede ser larga, pero siempre inane. Por ello nos deslizamos por la fea pendiente de la decadencia. Hasta la ruina final.

No son tiempos para el Himno a la Alegría

Final del almuerzo. Me quedo solo en la cocina y, mientras recojo, suena en Radio Clásica la versión para piano solo de la Novena de Beethoven. Versión de Franz Liszt. Al piano, Leslie Howard.

Acojonante, pienso. Y pienso, además, cuánto mejor sería no estar condenados al castigo del don de la palabra; y poseer sólo el dominio de un instrumento musical: un piano, un arpa, un violín, un oboe, un pico de ruiseñor o de jilguero. Porque la palabra humana es mayormente un escupidero de maldades, mientras, por el contrario, es divina la música.

Me saca de mis enmimismos el timbre –de chicharra- de la puerta. Adonde pronta acude mi hija Hebe, la de los quince recién cumplidos.

Son horas en que la infinita variedad de los pelmas nos saben en casa. Además, desde la puerta se oye la fiebre sinfónica del piano; luego no hay duda: estamos en casa. Me asomo para ver quién nos requiere a la hora de la siesta. Y ya mi hija Hebe viene a buscarme, con un calendario de 2012 en la mano; un calendario de la Asociación Betel. Le digo a mi niña que no tengo un solo euro, ni en moneda ni en billete. “Yo tengo”, me dice ella. Y en un momento ya baja las escaleras con las manos llenas: varios billetes de veinte, otros de diez y no pocas monedas. Todos sus ahorros. “Chiquilla, ¿adónde vas con tanto capital?” Cojo de sus manos unas cuantas monedas y las llevo a las dos mujeres que aguardan en la puerta.

Y me vuelvo al piano de Howard con fondo de vajilla y cubertería. Pero marca el destino que esta versión del Himno a la Alegría no suene muy alegre. Porque otra vez se impone el timbre –de chicharra-, que anuncia a otro grupo de mendicantes.