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Juan Mata

Alguien me trae ahora la presencia de Juan Mata. Y yo evoco sus ojos caídos a lo Robert Mitchum, su ingravidez felina cuando andaba, cuando subía unas escaleras. Estábamos en el colegio de Escolapios de Granada. Mata entrenaba para algunas pruebas de atletismo: el triple salto o la altura, no recuerdo bien. Era nuestro sexto curso de bachillerato, el único que yo hice en Escolapios, entre mis años de seminario y mi año de instituto, el de Preu.

Mata era suave no sólo en los movimientos: lo era también en el hablar. Jamás levantaba la voz. Recuerdo que unos cuantos años después formó un pequeño grupo de teatro. Probablemente metido ya de lleno en la militancia política, y siguiendo los pasos al Lorca de La Barraca. Y llevó a mi pueblo, a Gójar, una cuantas obritas cortas, unos pasos o entremeses en los que él actuaba. Atraía la atención de los espectadores con un expresionismo gestual que le permitía mantener su mansedumbre vocal habitual.

Algún tiempo después, en algún encuentro casual, me contó que había pasado no recuerdo cuánto tiempo en China…

Y ya no volví a saber nada de él. Sabía, sí, que era profesor en ”La Normal”, en la Escuela de Magisterio o Facultad de Ciencias de la Educación (cuánta briega con los cambios de nombre), pero no sabía que había sido concejal, ni he leído, hasta hoy, ningún artículo suyo en la prensa local.

Ahora siento pena al pensar en la poca relación que he tenido en los últimos cuarenta años con muchos de quienes fueron mis queridos compañeros de fatigas en mis días de estudiante. Y ya es tarde. Probablemente si hoy me cruzara con Juan Mata en cualquier calle de Granada, ni el me reconocería a mí ni yo lo reconocería a él. Menos mal que nos queda el recuerdo.

Una hora de vida, debida, pagada, apagada.

Vuelvo del baño, me meto en la cama y oigo los prolongados mugidos de algún buque. Miro el reloj: las 5:30. “Ya está saliendo algún ferry del puerto”, se me ocurre. Pero inmediatamente los bocinazos se repiten sobre un fondo de bramidos más lejanos: es la niebla; una madrugada más el Estrecho está inundado por la niebla.

Me pongo a cavilar sobre el trabajo. Ayer hicimos el reparto de cursos y grupos en el instituto; y otra vez me han tocado las dos puntas: los mayores, de 2º de Bachillerato, y un primerillo de la ESO. Ahora mi mente, despejada por el descanso, alguna idea interesante me propone. Para celebrarlo, me gustaría volver a dormirme; pero sé que ni de broma. Miro el reloj: las 5:55.

Me levanto, me vengo al estudio y leo unas cuantas páginas. Cierro el libro, apago la luz, me quedo quieto, relajado. Vuelvo a oír las continuas bocinas de los barcos. Vuelvo a la cama. Pero, antes de acostarme, cierro la pequeña rendija que hay abierta en la ventana y enciendo el aire acondicionado de la habitación. Inmediatamente se alejan los mugidos del los barcos y se acerca el suave y fresco soplo del aire acondicionado; que me espabila aún más. Mi mujer, a mi lado, sigue durmiendo a prueba de bombardeos. Me acuerdo de mi padre; de cuando estaba contento de no tener que trabajar en los campos de otro, a jornal, esclavo de la miseria y del reloj. Miro el de mi mesita: las 6:31. Vamos a hacer café.

Jubilada a los diecisiete años

A punto de cumplirlos, si queremos ser exactos: los cumplirá dentro de dos semanas, el día 22 concretamente.

Ahora bien, tampoco podemos extrañarnos mucho de su temprana jubilación si tenemos en cuenta que comenzó a trabajar al día siguiente de nacer.

Durante todos esos años ha estado yendo conmigo al instituto cada día laboral; llena de silenciosa energía, de prudente sabiduría, de firmes esperanzas.

Durante diecisiete años ha cumplido con dignidad y eficiencia su cometido. Y ahora, al acabar el curso 2010-2011, me ha pide que la jubile, me dice que ya no está en condiciones de continuar en la vida laboral activa.

Así que hoy, día que podemos considerar el primero del curso escolar 2011-2012, pues los profesores nos vamos a reunir en el primer claustro del año escolar, un claustro que podríamos llamar propedéutico, hoy sin más dilación, la he metido en una bolsa de la basura para llevarla al contenedor. Y ello me ha provocado un severo ataque de melancolía.

Mi cartera, mi querida cartera de profe de Lengua.