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Sistema Educativo Nefasto (SEN)

Mi alumna EM, 2º de Bachillerato, tiene un sentido de la obligación y unas cualidades intelectuales que la conducen inapelablemente al éxito académico.

No obstante, hoy me ha dicho que se ve suspensísima en Inglés. Hoy, cuando sólo le queda un examen final para remontar y presentarse en Selectividad y triunfar.

Los profesores le han estado dando buenas notas en la asignatura de Inglés en todos los cursos anteriores… ¿Qué ha pasado para que ahora, al finalizar el último curso de la Secundaria, se le diga que está más verde que la cebolla?

Nuestro sistema educativo es la mayor estafa social que han inventado los países europeos en democracia. Pero no hay peligro de que el Gobierno se plantee dar un golpe de timón. Si en las elecciones –éstas o las próximas generales- ganan los que mandan, ya me dirán si van a cambiar su sistema. Si ganan los que ahora no mandan, les pasará lo que les pasó durante la presidencia de Aznar: se van a pasar la legislatura entera preguntándose qué deben hacer para que no los llamen fachas.

El ESOSISTEMA EDUCATIVO –o EDUCATIVA- ya ha cumplido ampliamente las dos décadas. Lo empezaron los treintañeros de ahora. Y digo yo: algo tendrá que ver ese esosistema con el paro juvenil imperante. Lo digo yo y lo dice mucha gente.

Entre los profesores, las voces que lo dicen constituyen un clamor torrencial, telúrico: en el desierto.

Es verdad que hay profesores que defienden el esosistema: aunque llama mucho la atención que la mayoría de esos que lo defienden aspiran a que los saquen de las aulas a cambio de su defensa.

Ergo, ¿qué podemos hacer, si queremos hacer algo, ante tal situación?

Mi alumna EM: estudiar y practicar el inglés hasta con los tobillos.

Yo: seguir esforzándome cada curso, cada día, por merecer el título de profesor.

Mis compañeros complacientes con el sistema: preguntarse si están siendo cumplidores, o trepadores, o viles serviles.

Los miembros del Gobierno: ahorcarse en un racimo.

En el nombre de Alma

Las ideas más claras se me ocurren casi siempre en los desvelos de la madrugada –en primavera, como ahora, mientras oigo desde la cama el melipío del mirlo que, desvelado como yo, canta encaramado en el punto más alto del tejado-, o mientras me lavo los dientes tras el almuerzo. Cuando me los lavo después del desayuno o de la cena nunca se me ocurre nada. No sé por qué.

¿En qué se diferencian mis ideas más claras de las más estúpidas o anodinas? En casi nada en la práctica. No obstante, yo siento que algunas ideas de las que se me ocurren tienen como rayos de luz del alba, y otras en cambio sólo tienen la sombra de quien camina por el lecho de un hondo barranco al que el oblicuo sol nunca llega.

Hoy, mientras me lavaba los dientes después del almuerzo, he recordado el comienzo de un himno mariano, un canto a la Virgen María que cantábamos, mis compañeros y yo, en el seminario.

¿Qué tiene de raro este recuerdo? Ahora lo digo. Yo he recordado este canto, con letra en latín, muchas veces en los últimos decenios de mi vida; pero nunca conseguía acordarme del principio, siempre comenzaba mi recuerdo en un verso intermedio. Y ha sido el comienzo lo que he recordado hoy mientras me lavaba los dientes. Y con el comienzo, claro está, todo lo que sigue.

¿Y qué otra curiosidad hay en la presente anécdota mental? Vamos a verla. Resulta que el himno a María del que hablo es el Alma Redemptoris Mater. Y mi hija segunda, veintidós años ahora, se llama Alma. El nombre se lo pusimos porque yo lo propuse a su madre (los nueve meses de embarazo son tiempo suficiente para las lógicas conversaciones sobre los posibles nombres del nasciturus – siempre nascitura en nuestro caso) y a ella le agradó. Y se lo propuse porque acababa de leer el comienzo del De rerum natura de Lucrecio: la invocación a Venus:

Aeneadum genetrix, hominum diuomque uoluptas,

Alma Venus…

En mi íntima consciencia, no pocas veces exteriorizada, siempre han sido estos versos la motivación directa para el nombre nuestra hija. Y, en los veintidós años que ella tiene de edad, el comienzo del himno mariano ha permanecido, hasta hoy, borrado de mi mente consciente; y por tanto jamás reconocido, hasta hoy,  como un posible origen, o siquiera influencia, para el nombre de nuestra niña:

Alma Redemptoris Mater, quae pervia caeli

porta manes, Stela Maris, succurre cadenti…

 Ahora sí. Después de cepillarme esta tarde los dientes, ahora sí, me pregunto cuánto pudo influir este canto mariano, desde mi subconsciente, para que a mí me pareciera hermoso el nombre de Alma para la hija que nos iba a nacer.

Joaquinico

Esta mañana, en clase de 2º de Bachillerato A, hemos comentado el poema de Jon Juaristi “Elegías a ciegas”.

Imo in pectore, yo había programado que, si la clase no se torcía, comentaríamos, marcha atrás en el tiempo, primero éste de Juaristi; después, “Avanzaba de espaldas aquel río…”, de Ángel González; y, finalmente, el soneto “Me tiraste un limón”, de Miguel Hernández.

Teníamos que hacer comentarios muy breves, casi reducidos a la elucidación del contenido denotativo, del referente.

En fin, una clase interesante, según creo. Pero prohibida la demora, a uña de caballo.

Y con tanto apresuramiento, en el primer poema, el de las dos ciegas nonagenarias, ”Pepita juntamente y Victoriana”, no he asociado a estas hermanas con Joaquinico y José…

Hace muy pocos días, junto a la plaza de mi pueblo, saludé a Joaquinico, el octogenario ciego de la Casa de las Canastas. No me reconoció por la voz; pero en cuanto le dije mi nombre y el de mi madre, su cara se distendió y se sonrió, y se puso a evocar un pasado cálido y familiar, casi de áureo comunismo.

Joaquín, el ciego octogenario Joaquinico, conoce a mi familia mucho mejor que yo. Y sigue transitando por las calles del pueblo, a pesar de que se han ido llenando de ruidos y de coches, palpando sus paredes y las rejas de sus ventanas bajas como quien acaricia la cara de todo un pueblo.

Me dijo que ya sale poco, que tiene que cuidar de su hermano José, mayor que él y ciego como él.

Joaquinico tiene un siglo de la vida de mi pueblo en su cabeza. Y, sabiendo eso yo, cuántas veces me he cruzado con él y, cuando mucho, le he dirigido un saludo apresurado, sin siquiera pararme a charlar un momento. Porque mi tiempo de joven valía mucho, no era cosa de desperdiciar conversando con un viejo ciego. ¡Por qué será, casi siempre, tan torpe la juventud!

En un momento de la clase, esta mañana, mi alumna Kseniya me ha preguntado, con respeto y buen humor, que cuántos años tengo. Le he contestado que nací el mismo año en que nació Jon Juaristi.

Queden aquí emparentadas Pepita y Victoriana, las tías abuelas de Juaristi, con Joaquín y José, los hermanos octogenarios y ciegos hijos de Piedad, la de la Casa de las Canastas, la primera mujer que yo, muy niño, vi muerta en mi vida.