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Inconvenientes de tener barriga grande

Uno. Verse obligado a atarse los zapatos en dos sucesivas inmersiones a segundos contados. Primera inmersión, ¡ar! Zapato izquierdo. ¡Emersión, respiración, descansooo! Segunda inmersión, ¡ar! Zapato derecho.

Dos. Tener que arreglarse la ropa nada más salir del coche: porque los pantalones se han bajado, la camiseta se ha subido y la camisa se ha salido de los pantalones. De tal guisa, una joven preñada puede despertar lujurias llameantes y voraces; un grisáceo y agrietado burgués que camina hacia los umbrales  de la jubilación –si es que ésta no es ya un espejismo-, sólo puede inspirar palabras similares a las que dice Sancho Panza a su amo cuando éste iba a iniciar la penitencia amorosa en Sierra Morena: “Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar, y tengo tal la cabeza, del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros”. Don Quijote, que no tenía panza, tenía a su servicial, solícito y juicioso Panza.

Tres. Verse sólo la punta del pene, y ello con esfuerzo, adelantando y tensando tanto el cuello que se disparan los riesgos: rotura fibrilar, esguince, hernia cervical, tendinitis aguda… Total, para ver asomar una yema sin uña, un apenas apéndice, y pensar melancólicamente: “Con razón siempre he suscitado menos admiración que hilaridad”.

Cuatro. El peor de todos los inconvenientes de tener una grande barriga: lo mucho que tardamos en llenarla… La gente que se digna comer con nosotros se aburre y se levanta de la mesa, por más que pretendemos entretenerla con facecias entre trago y bocado, entre bocado y trago. Y acabamos el ágape solos y ennosmismados, o buscando en la radio alguna música suave y serena en la que ir intercalando nuestros eructos.

Uñas

Las de los hombres que trabajan –o trabajaban- en el campo eran recias y fuertes. Protegían las yemas de los dedos, tan sensibles y frágiles, y eran la navaja orgánica. Sólo cuando ésta resultaba insuficiente se echaba mano de la navaja del bolsillo. Uñas fuertes, no garras, tenían los campesinos en el pueblo donde me crié.

El término garra es árabe en origen. El término uña nos viene del latín. Y el probable parentesco de éste con términos como ungo, ‘untar’, ‘ungir’, y unguen, ‘grasa’, parece que lo asocia  a actividades, no de violencia, sino de suave aplicación. Lo que supondría que estos antepasados nuestros, aunque habitaban en sociedades donde imperaba la violencia, habían alcanzado un alto grado de civilización.

Quizá el órgano corporal que más ha sido modificado por el desarrollo tecnológico ha sido la uña, que, de ser arma o herramienta, ha pasado a ser, principalmente o casi, aditamento decorativo: uñas impolutas, uñas lacadas, uñas pintadas, uñas suplementadas…

Las sensibles y frágiles yemas de los dedos ya no están necesitadas de tanta protección, los objetos con los que se ponen en contacto responden a ese tacto con dulzura: un boli, una cuchara, un libro, el teclado del ordenador, el volante del coche, las mejillas del niño…

Las uñas ya no rompen, no arañan, no rasgan, no perforan, no desuellan, no agarran, no se engarfian. Sólo ponen un toque de elegancia, un distinguido tocado, a dedos que acarician.

Media docena de palabras

Como dicen que hacía San Isidoro en sus Etimologías, aquí me propongo escribir la glosa de una breve serie de palabras, probablemente todas emparentadas por su étimo (no dispongo de un diccionario etimológico del latín en el que poder consultar).

Se trata de una raíz léxica que a mí se me antoja la primera, la más básica, la que mejor representa el aliento primigenio de la vida, de todo aquello que nace, tiene pujanza y crece, se reproduce y muere.

VI. Este es el radical del que hablamos. Pronúnciese ui: una semiconsonante labializada seguida de una vocal cerrada anterior. Pongamos la boca en la posición de soplar sobre el ascua que ha de prender la estopa: iniciemos (o igniciemos) el fuego que representa el vigor de lo vivo en expansión.

VIS. Es la primera base verbal en la que el radical se explicita: la fuerza activa, emprendedora, creadora. No es la fuerza que se ejerce sobre otros seres sin la necesaria proporcionalidad y equilibrio, que constituye la violencia.

VIR. Es el varón que posee esa fuerza; o quizá lo contrario: poseído por esa fuerza que no se arredra ante la dificultad ni el peligro; y no se apacigua sino cuando ya está logrado el objetivo.

VIRGO. Estado anterior al de vir. Porque representa la vis aún encriptada, anterior al comienzo de su necesaria eclosión. Por consiguiente, el estado de virginidad no es algo exclusivo de doncellas: como hay doncellas hay donceles; y claro está que no nos referimos al restringido sentido sexual, sino al sentido amplio antes aludido. “Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida”. Son las palabras de Conrad Korzeniovski, futuro Joseph Conrad, a Roger Casement (El sueño del celta, cap. V).

VIRTUS. El empleo sabio y eficaz de la vis, que puede ser tan propio de la mujer como del hombre: aunque el mundo de la Roma antigua fue virulentamente machista, la historia antigua también está repleta de mujeres poseedoras en grado máximo de la virtus.

VITIUM. Se adquiere por un empleo desequilibrado de la vis, lo que produce, no expansiones armónicas del ser, sino deformes. La vida, no sabemos por qué, es sabia (y savia): tiende de modo natural al crecimiento en armonía. Pero con cierta frecuencia tropieza con factores que ejercen sobre ella violencia, lo que genera la respuesta viciada.

VITIS. Terminamos evocando la vis que se concentra en la vid; arbusto vivaz por antonomasia, que lo mismo se achaparra, se expande humilde, es decir, pegado al suelo, que trepa sobre los árboles más altos, anudándose a las ramas de éstos con la fuerza espiral de sus zarcillos. La planta que nos da la mejor fruta, las deliciosas uvas, en todo momento apetecibles, en todo plato o con todo plato deliciosas. “Cada cosa a su tiempo; y uvas, en habiendo”, dice un sabio refrán. ¿Y qué diremos nosotros del jugo en que concentra la uva su virtus, qué diremos del vino? Digamos sólo, y acabemos, lo que cantaba el argentino Horacio Guarany: “Si el vino viene, viene la vida”. Pero aquí no cantamos. Así que lo que vamos a hacer es concentrar el contenido, el zumo de la canción, en un escueto y seco proverbio latino: Si vinum vita.