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Labras palabras

“La mejor palabra es la que no se dice”. He aquí un proverbio tan acertado como el que más. La mejor palabra “no se dice”, se nos dice, nos la dice a nosotros lo más íntimo de nuestro ser. Es la palabra, el mensaje, que brota en nosotros cuando estamos solos, que fluye en nosotros como la verdad más íntima; no para que corramos a comunicarla a quienes tenemos más cerca de o más lejos, sino para que la administremos en el desenvolvimiento de nuestra vida como el tesoro más preciado. Tesoro del que, probablemente, carecen quienes se niegan a la práctica de al menos un rato diario de soledad. Porque es en ese tiempo solitario en el que nuestra verdad más íntima aflora, se nos hace presente, o sea, don incomparable.

Esa verdad nuestra, naturalmente, es compartible; como casi todo en la vida. Pero, desde que recibimos ese otro don maravilloso que es la alfabetización, la escritura, es por escrito como mejor comunicamos lo que en cada momento es comunicable desde nuestra verdad más honda; porque la escritura nos obliga a un ejercicio de selección, elaboración, pulimento y aprobación que normalmente no empleamos cuando hacemos uso de la palabra hablada.

Hay, sí, momentos de habla oral que se acercan a la escritura; son los momentos en los que hablamos con autoridad de una materia larga y arduamente trabajada, de una materia que dominamos; y lo hacemos, cómo no, desde el yo que nos constituye. En ese discurso oral, elaborado y controlado, también vamos vertiendo, con medida, proporción y recta intención, y no como consecuencia de una infantil necesidad de desahogo, la verdad que nos puebla.

¿No cabe, pues, la comunicación de nuestra íntima verdad, en la comunicación cotidiana? Por supuesto que sí. Pero frecuentemente en esas situaciones tendemos a dejarnos llevar de nuestro afán de reconocimiento, o de notoriedad, o de afecto; afanes espurios que enturbiarán la expresión de nuestra verdad. Por tanto, mejor será que aprovechemos la conversación ordinaria para prestar oído atento a nuestro interlocutor: aprenderemos más, y nos ganaremos mejor su afecto y agradecimiento.

Hay, no obstante, otra forma, de nivel superior, para conocer la verdad de quienes se comunican con nosotros. Y aunque a veces, qué pena, la rehuimos, es muy sencilla: consiste en leer lo que nos dan, elaborado, en sus escritos.

No es difícil vivir entre católicos

A mi hija Clara, que hoy cumple veinticuatro.

No soy creyente. No lo soy desde mis diecisiete; así que, como tengo cincuenta y nueve, resulta que llevo cuarenta y dos años instalado en el agnosticismo. Y tengo que reconocer que, viviendo en un país tradicional y mayoritariamente católico, mi condición marginal respecto al catolicismo no me ha acarreado jamás problema alguno. Mi etapa anticlerical, nunca virulenta, me duró más bien poco. Y en mi etapa anterior, en el sexenio, tan importante en mi vida, en que fui monaguillo (don Ángel, el párroco, prefería llamarnos acólitos) y a continuación seminarista, jamás sufrí ningún tipo de acoso con sombra alguna de pederastia, ni vi indicios de que ninguno de mis compañeros lo padeciera. Si algunos curas nos asustaban mucho con las consecuencias del pecado mortal o de la tibieza en las prácticas piadosas, otros apaciguaban nuestras conciencias recordándonos aquello de que Dios es un Dios de paz y no de aflicción.

Es posible que actualmente haya muchos católicos descontentos por lo retardataria que se muestra la jerarquía a la hora de adaptar la vida de la Iglesia al tiempo presente y futuro, pero no hay más remedio que reconocer que el Vaticano II constituyó un gran impulso de renovación de la comunicación entre fieles y jerarquía, de la relación entre católicos y no católicos. Una renovación que ya quisiéramos ver en otras religiones extendidas por el planeta.

Conque no voy a seguir con demasiada atención la visita de Benedicto XVI a España, pero me parece muy bien que venga, y les cante unas misas a los fieles católicos, con su poquito de sermón; y digo lo de “poquito” porque el Papa es un hombre muy mayor, y es penoso ver que un anciano se esfuerza más de lo prudente y razonable para su escaso vigor.

En fin, que… ¡bienvenido, míster Papa!

Cambio de estación

Aunque este clima del Campo de Gibraltar es suave, aparte de muy húmedo, para el cuerpo de este que encabeza, el cambio de estación –octubre- siempre es traumático: rinitis, faringitis, laringitis, bronquitis…

El viernes de la semana pasada amanecí sumergido en un marasmo de estornudos, lágrimas y mocos. Ni acudí al trabajo ni tomé parte el viaje familiar del fin de semana: ¡cama y clínex!

El lunes ya estaba mejor y me fui al instituto, pero, ay de mí, no llevaba justificante médico para la falta del viernes. El representante de la Administración, o sea, el Director, se conformó con que hiciera una declaración jurada de mi enfermedad del viernes.

Deformación profesional, la Jura del Saladillo me salió un tanto literaria. La copio aquí.

IES SALADILLO – ALGECIRAS (CÁDIZ)

Ex me melior ixibis

DECLARACIÓN JURADA DRAMATIZADA

El Director.- Diga su nombre y condición.

El Profesor.- Me llamo Antonio González Fernández, nací en Gójar (Granada), el día 5 de julio de 1951, y soy profesor de Lengua y Literatura en el IES Saladillo desde el 1 de septiembre de 1988.

El D.- Diga la causa por la que estuvo ausente de su puesto de trabajo durante toda la mañana del viernes 22 de octubre de 2010.

El P.- Enfermedad.

El D.- ¿Podría precisar la naturaleza o los síntomas de tal enfermedad?

El P.- Podría; pero sería irrelevante y de mal gusto; baste que diga que fue enfermedad padecida en la propia persona.

El D.- Por consiguiente, ¿declara bajo juramento que el motivo de su ausencia en el susodicho día no fue otro que enfermedad padecida en su propia persona?

El P.- Lo declaro bajo juramento.

El D.- Firme, pues, el documento y escriba debajo la fecha actual.

El P.- Ahora mismo.

Pero, después de escribirla, pensé que la maquinaria administrativa es un paquidermo muy grande y muy torpe, que no entiende de bromas. Así que redacté otra declaración en los términos convencionales y ésa fue la que entregué.

Hoy sábado, ocho días después del comienzo de la crisis, he ido al médico. Confío en que el tratamiento que me ha recetado me pondrá en perfectas condiciones físicas y mentales para el día en que toca volver al instituto, que es el Día de los Difuntos.