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Ordeñanzas municipales

En mi cotidiano recorrido a pie hasta mi trabajo, durante quizá varios años me he estado encontrando, cada cierto tiempo, una buena mierda humana estampada en medio de la acera. El sujeto cagante se llevaba el rollo de papel higiénico, hacía uso del mismo, y se dejaba el resto sobrante in situ, sería por si algún otro alguien sentía la gana de ponerle acompañamiento a su cosecha. Alrededor de aquella cosa, yo imaginé, y a saber si acerté, el resto de la historia: el hijoputa que aquí se caga tiene un vecino con can que se le caga en su puerta, en la del cagón ofendido, el cual, como no tiene can, se caga él mismo para corresponder al regalo del can vecino.

Ahora, este Excelentísimo Cabildo Municipal ha evacuado nuevas Ordenanzas, por las cuales regula el tránsito, intestinal, de canes y vecinos por las calles, y fija las cantidades con que piensa multar cada acto depositorio: un pis de gato, tanto; una mingitación de anciano incontinente, tanto; una caca de can, tanto; un esparcimiento de cáscaras de pipa de girasol o de calabaza, tanto; un palito de chupa-chups o de polo-flash, tanto; una litrona vacía, tanto; una litrona con dos dedos de cerveza, tanto; una litrona rota, tanto.

Teniendo en cuenta que la multa más benigna va a ser de cien euros, el Excelentísimo va a sanear sus arcas. O yo voy a encontrar menos mierdas en mi camino.

Quince de Mayo

No entiendo a la gente que anda continuamente necesitada de cambiar de ambiente, de amigos, de familia, de aficiones, de país. Porque se cansan, porque se aburren.

Como si el ambiente, los amigos, la familia, las aficiones y el país no anduvieran en permanente cambio. Te descuidas un poco, unas cuantas semanas, y el amigo o el cuñado de negra pelambrera ya está cano, o se ha jubilado, o se ha puesto rico, o tiene dos nietos. O el campo de tu vecindad al que viste ayer cubriendo sus vergonzantes desnudeces de ralos arbustos y boñigas, hoy es un prado donde no caben más flores, en el que trisca un ternerito como de juguete, que se te queda mirando fijamente con sus grandes ojos, mientras te deja mirar, y casi acariciar, los dos chichones simétricos de lo alto de su cabeza, donde están a punto de apuntarle los cuernos como los dos primeros dientes en las encías de un bebé.

Después de todo un curso de abandono, hoy sábado, día de San Isidro (un santo por el que mi padre, destripaterrones de oficio, sentía tanta estima), llevando a mi bici de la brida, he cruzado el prado por el que llego hasta la playa para el baño matutino y solitario. Un prado ahora tapizado de hierba tan florida, tan clamorosamente bello, que los tubos de mi bici, mi Bikika de siempre, han comenzado a emitir “allegro con brio” los acordes de la Primera de Beethoven. Y de la playa no digo nada… Arena nueva, marea baja, agua limpia, brisa fresca…

¿Por qué la gente, después de buscar acomodo en la vida con tantos trabajos, anda siempre hastiándose, cansándose, despreciando lo que con tantos trabajos consiguió?

Compadres

Muchos amigos y conocidos de mi pueblo de Granada, cuando llegaron, hace veinticinco o treinta años, a una situación laboral que les permitía pensar en comprarse una vivienda, pensaron en comprársela en nuestro pueblo de Granada, y no en ninguna otra parte, aunque su trabajo lo tuvieran a trescientos kilómetros del pueblo, y de que no tuvieran nada claro en qué año podrían hacer el lógico y esperable uso de la vivienda que se compraban.

En cambio, mi mujer y yo, ambos del mismo pueblo de Granada, cuando nos vimos en esa tesitura de comprar vivienda, optamos por comprarla, no en nuestro pueblo de Granada, sino en esta ciudad de la provincia de Cádiz, donde teníamos y tenemos el trabajo. Y en esta ciudad hemos criado a nuestras hijas y ejercido nuestra profesión.

A estas alturas de mi vida, creo que la nuestra no fue una mala opción.

Me gusta echar un rato con los compadres de mi pueblo de Granada, amigos de toda la vida. Me gusta visitar mi pueblo de Granada, aunque, al menos en los últimos años, siempre me recibe con un muerto en los brazos, para que el primer paisano al que abrace sea siempre ese paisano que vuelve al seno de la tierra de mi pueblo.

Pero, si hubiese vivido de modo estable  en mi pueblo de Granada, creo que en mi vida habría habido un exceso de compadres, de familiares, de amigos, de conocidos, de parientes próximos, mediodistantes o remotos.

Aquí, en esta ciudad situada a trescientos kilómetros de mi pueblo de Granada, he vivido más suelto, he podido cumplir mejor las obligaciones, casi siempre benditas obligaciones, de mi trabajo; que es un trabajo que me gusta. Y, poco a poco, me han ido saliendo otros compadres, de la más variada índole. Para empezar, o para terminar, unos compadres cuya presencia física nunca he tenido delante, al alcance de la mano; pero en cuya compañía he pasado muchas horas: Antonio Muñoz Molina, Juan Eslava Galán, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Rosa Montero, Juan José Millás, Miguel d’Ors, Rafael Reig, José Luis García Martín, Jon Juaristi… Éstos por mencionar sólo a algunos de los que están físicamente vivos y tienen, más o menos, mi edad. Porque la nómina de los que nos dejaron su preciosa y valiosa obra, y luego se fueron a descansar en los brazos de la Tierra, es muchísimo más larga: desde Homero a Miguel Delibes, pasando por Jovellanos, Cervantes, el Arcipreste de Hita o Virgilio.

Y ya acabo por hoy; que en la mesa me esperan el último libro de Muñoz Molina y un montón de ejercicios de mis alumnos.