• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Diagnóstico

Ayer, mientras mi reposado paseo urbano,  una mujer de mediana edad me rebasó, en la acera sin gente, andando bien deprisa. Y ya por delante de mí, dejó también atrás a una pareja de jóvenes, digamos de diecisiete, que estaban sentados sobre algún saliente del muro que les servía de diván o de pedestal.

Cuando ya la señora se había alejado de ellos una decena de metros, el chico comenzó a gritar, si no a gritarle: ¡MAEEESTRAAA!  Cada vez que el muchacho berreaba, la chica le propinaba un sopapo, que no conseguía hacerle daño ni disuadirlo de sus gruñidos.

Imaginé la escena previa (otras veces he sido yo el destinatario de los estúpidos gritos); la chica le dice al chico: “Aquella que viene por allí es mi profesora de Matemáticas”. Y eso da pie a que el hombrecito gaste esa broma a la chica, que puede ser su hermana, su vecina, o la joven con la que busca ligoteo.

A mí la escena me recuerda otra escena de la Andalucía profunda del pleno franquismo: la escena de cuando, siendo yo un crío, los mayores nos convencían de que debíamos gritarles ¡cagones! a los forasteros que pasaban por la carretera (andando, claro) el día 14 de agosto, para dormir en las riberas del Dílar, y rendir al día siguiente devoción religiosa a la imagen de la Virgen de las Nieves, sacada de la ermita en procesión.

Escribo esto aquí hoy para dar una idea de cómo son nuestros chicos de la ESO andaluza, salvas todas las excepciones que ustedes quieran o que yo quiera: son paletos además de ignorantes.

Ahora, por unos días, los profesores de algunas asignaturas –las de primera categoría, que son las que hay que evaluar, entre las que no se encuentra, por ejemplo, el Inglés—andamos de menestrales de las llamadas Pruebas de Diagnóstico, preparadas con secretismo y presentadas con toda pompa por Nuestra Madre la Junta. Las pruebas que los profesores les hacemos a estos alumnos continuamente, el trato que tenemos con ellos a diario, la convivencia en aulas y pasillos, no valen para un diagnóstico fiable. Por ello ahora aparece la Mano Santa de la Madre con su Prueba.

Cuando pienso –o sea, un día y otro día—en nuestros jerarcas de la cosa educativa, siempre se me viene a las mientes la frase con la que el escritor y académico Pérez-Reverte concluía uno de sus corsos: “Habría que ahorcarlos”.

Sentirse filólogo

A don Leopoldo Moreno, “mio cabdiello”.

Mi alumna IC (1º de Bachillerato Humanístico) me plantea su observación de que, mientras la palabra griega que significa cabeza, abecedada kefalé, nos ha dejado muchas herencias etimológicas, la palabra latina caput no nos ha dejado nada… ¿Cómo no? La saco en volandas de su despiste asegurándole que la palabra cabo (de una cuerda, de una vela, de una compañía de infantería, de una tierra costera…) viene de ahí. Y, por lo mismo, el verbo acabar, que significa “llevar a cabo”; que cabeza, capitel, capítulo, capital, caudal, caudillo no tienen otro étimo; y que príncipe viene de princeps, que es el primum caput.

Así que, querida IC, no te precipites, porque precipitarse es caer con la caput por delante; aunque, claro está, más segura desgracia es caer decapitado, o sea, con la caput cortada. Y termino ejerciendo de capataz, o sea, de cabecilla o jefe, y digo que fin de la aclaración y que pasamos a la traducción y análisis de la siguiente frase.

Resulta, y he aquí la segunda explicación acerca de la observación de IC, que mi compa de Griego (y de Latín, cómo no) y cabeza visible o caput evidens (alusión a su desaprovisionamiento capilar sólo por indicar que el capillus como el cabello nos vienen de donde mismo), o primum caput del cabildo de Lenguas, Culturas y Cabezas Clásicas, es partidario de obligar a la plebe a que se aprenda, no sólo el significado español de las palabras latinas y griegas, sino también toda su descendencia y parentela en nuestra presente lengua. Mientras que un servidor, aunque no sirva para mucho, opina que es preferible que tal herencia la vayan descubriendo poco a poco y por sus medios. Y lo opina a partir de su propia experiencia como alumno…

Creo que la primera vez que me sentí de verdad filólogo fue el día en que descubrí que la antaúra a que se refería mi madre, hablando con sus vecinas acerca de cuestiones odontológicas, era la palabra dentadura que yo conocía de los libros.

Y si no fue ese día, fue el día en que comprendí, mágica revelación,  que la cogujada en que se había convertido Escila, la malhadada princesa megarense, era la misma cuhá que, en los secanos de mi pueblo, por San Matías, comenzaba a amenizar sus cortos vuelos con silbidos, si no arrebatadores, al menos no exentos de agudeza.

Un e-mail o un emilio, pero no un emiliki

A estas alturas de la siesta del domingo (no de cualquier domingo: del que nos ha traído la circular que proclama el advenimiento oficial de la primavera), a estas alturas de esta siesta, si yo tuviera que dividir el mundo en dos clases de personas, no lo dividiría en hombres y mujeres, ni en menores y mayores, ni en finos y rudos… Diferenciaría entre quienes, cuando hacen algo, piensan ante todo en hacerlo bien, y quienes piensan ante todo en sacarle beneficio.

Hace pocas semanas cierto colega que ya no es colega, cierto colega que le ha sacado a ser colega el beneficio de no serlo, me comentaba que, el e-mail, él lo considera un híbrido entre la expresión oral y la escrita… Puse cara de no entenderlo, porque, para mí, lo que escribimos en un e-mail es, evidentemente, escritura.

–Si abres tu correo –me dijo—y te encuentras treinta o cuarenta mensajes a los que debes contestar, no tienes más remedio que escribir de cualquier manera.

–Es cierto, es cierto –contesté yo, que nunca me he encontrado juntos más de dos o tres  correos, caso omiso a los SPAM.

Y en ese momento recordé que he recibido de amigos con títulos académicos superiores, e incluso con cátedras universitarias, mensajes que habrían abochornado a sus maestros de primaria. En las palabras de mi interlocutor estaba la clave: tenían muchos mensajes a los que dar respuesta.

Yo… ¿qué quieren que les diga? Si no tuviese tiempo para contestar debidamente, o sea, con buena escritura, a los cuarenta mensajes, sino sólo a cuatro, seleccionaría los cuatro más importantes para enviar la cumplida respuesta. La otra manera de actuar, la de contestarlos todos aunque distraídamente para no avergonzarse uno mismo de lo que está escribiendo, me recuerda las chapuzas de albañilería llamadas ”tente mientras cobro”.

Y si me apuran diré: Si tengo que contestar a los cuarenta, contesto bien a los cuarenta; dado que más vale una sola línea de verdad bien escrita que cuarenta insoportables líneas de escritura cochambrosa. Porque en una sola línea cabe mucho. Y mucho bueno.

Amigo lector, mándame un e-mail.