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Aquel día tan largo

El tiempo de la felicidad siempre vuela veloz como el viento de levante en esta tierra. Es el tiempo del dolor el que se mueve con la lentitud de las babosas. E incluso ese tiempo desesperantemente lento y largo del sufrimiento, una vez transcurrido, nos parece un instante.

Todo en la vida requiere su descanso: la madre que amamanta a su criatura, la tierra en que las plantas enraízan, los amantes extasiados en el gozo, el dulce caldo que obtenemos de las uvas, los bizcochos cuando salen del horno, los estudiantes que han pasado seis horas en la bullanga de la academia…

Sólo el tiempo reniega del reposo; ese tiempo tenaz y arrasador que aniquila a los hombres, demuele templos, estatuas y palacios, allana las montañas, remueve continentes, océanos y estrellas.

Y un soplo de ese tiempo imparable me ha traído hasta aquí, desde aquel día en que cumplí los once años y fue el día más largo de mi vida, porque lo pasé segando veza en los secanos de Macairena, integrado en una cuadrilla de unos veinte segadores, entre hombres, mujeres y niños como yo.

El capataz de la cuadrilla y del cortijo era Roque el de Regorio, alias Macario, mi amigo Roque, un querido vecino, otro trabajador.

Un soplo de ese tiempo sin tregua me ha traído hasta aquí, desde aquel día; hasta esta orilla en que casi hago pie, en que casi toco… ese tiempo en que el paso del tiempo ya no importa.

Aprender idiomas

Ayer nos contaban en cierta emisora radiofónica que don José María Aznar, el anterior presidente de la nación española, viene dedicando, al parecer desde que acabó en el cargo, cinco horas diarias al aprendizaje del inglés. Al aprendizaje, no: ya habrá que decir que al perfeccionamiento, a la comunicación, al estudio en inglés.

A los maestrillos la Junta de Andalucía nos viene predicando, cada curso con más ahínco, que en sus dominios sólo podemos comunicarnos en dos idiomas: en el andaluz de Dos Hermanas o en el inglés de cualquier sitio. Y mi mujer, que sabe estar en la onda de la obediencia debida, cada día habla un andaluz más hermano de Dos Hermanas; y está aprendiendo el inglés con acento de Sydney (no sé si Pollack o Lumet). Yo, sin embargo, aunque sólo soy cinco años mayor que mi mujer y dos años mayor que Aznar, he entrado ya en el territorio del Ya-pa-qué, que es lo que musitan los cerdos cuando los degüellan. Primero gritan “¡Acudid!” (en mi ayuda, se entiende). Y a los dos minutos, cuando ven que se mueren sin remedio, renuncian a la ayuda: Ya-pa-qué.

Dicen que Catón el Censor –lo contaría Cicerón, seguramente- aprendió griego cuando tenía ochenta años… Pero yo, que ni soy otro Catón ni tengo ochenta años, no pienso emprender ningún aprendizaje idiomático a estas alturas. En la Facultad estudié portugués; y no me ha servido absolutamente para nada. Estudié latín; y sólo me ha servido para dar unas clases residuales en el instituto. Estudié francés; y sólo me ha servido para saber que el café y la cerveza están en París el triple de caros que en esta ciudad.

Del inglés, que al final se ha impuesto como idioma mundial, no sé una palabra… La mejor manera –aunque puede resultar bastante traumática- de aprender un idioma es la inmersión. Y yo no me voy a “inmergir” (y menos a sumergir). Me voy a conformar, en los años que me queden de vida, con ir pillando algo de inglés… por aspersión. Aunque sé que mi inteligencia ya se ha vuelto una tierra tan árida, que ese hisopo de letras anglosajonas, del que de tanto en tanto me va a llegar una accidental rociada, difícilmente va a lograr que germine en ella, en mi inteligencia, una frase por breve que sea; una frase, por ejemplo, como “Nadie ha dicho que vaya a ser fácil”.

¡Cómo vivir sin dogmas!

Mi amigo JS me dice que un hijo de su amigo J se ha vuelto de derechas. Y para decírmelo baja el tono, asordina la voz, y me da la impresión de que mira de reojo a izquierda y derecha; incluso a izquierda, derecha, izquierda, antes de decirlo, no vaya a ser que haya oídos indiscretos que tan grave declaración escuchen: “Se ha vuelto de derechas”; tan terrible como hubiera sonado hace unas décadas “se ha metido a puta”, o “se ha declarado maricón”.

Cuando los curas tenían el poder, o mucho poder al menos, los dogmas eran los dogmas de la Iglesia. Cuando Franco estaba vivo, los dogmas incuestionables eran los del “Movimiento”, que, unido a la Iglesia, erigió, con su panoplia de dogmas, el Nacional Catolicismo.

Ahora en España, o en lo que va quedando de España, hay otros dogmas. Por ejemplo: negar el Cambio Climático equivale a una declaración de ateísmo de los años cincuenta. Y hacer un chiste sobre ciertas sensibilidades ecológicas es tan grave como era en los años sesenta contar una historieta en la que un capellán castrense bendice con su personal hisopo a la complaciente feligresía del prostíbulo.

Ahora cualquier adolescente de la ESO  es ecologista; por eso, no le deis para cenar un bocadillo de jamón, queso y tomate: llamad a Telepizza, que es lo ecológico; no le digáis que vaya andando a visitar a su abuela, que vive a dos kilómetros: llevadlo en coche, que es lo ecológico.

Ahora mis admirados escritores progresistas, ecologistas a machamartillo, despotrican contra los gobiernos que  no tienen sensibilidad ecológica, pero jamás considerarían un exceso cruzar el Atlántico para pasar un par de días de asueto en NY; ni tampoco costear una cuádruple vivienda, cada una en una punta el planeta: lo necesitan para vivir sin sentirse apretujados. Y además, una cosa es el ómnibus ecológico y otra cosa es la cartera: quien paga, puede.

Por tanto, ¿qué diré para terminar mi sermoncillo de hoy? Diré: ¡Gran ojo con los granujas! O diré evangélicamente: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, farsantes!”. O diré evangélicamente en latín: “Et exiens vidit turbam multan Iesus, et misertus est super eos, quia erant sicut oves non habentes pastorem”.