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De PES a PER (o viceversa)

Diálogo entre un PER (periodista) y un PES (profesor de educación secundaria).

PER.- ¿Cuántos años lleva usted ejerciendo de profesor de secundaria?

PES.- Cuénteme las arrugas de la cara.

PER.- ¿Verdaderamente es alarmante la situación de los institutos en nuestro país?

PES.- No hay alarma. Ni siquiera hay una preocupación social apreciable, como no sea en el ambiente de los profesionales e la docencia. O sea, que la situación, precisamente por no haber creado alarma social, seguirá empeorando.

PER.- ¿Qué le parece el reiterado llamamiento del ministro Gabilondo para un gran acuerdo de Estado en materia de educación?

PES.- Que no es creíble. Más bien parece una estratagema para que el Gobierno no tenga que cargar con toda la responsabilidad ante el desastre. ¿Por qué no pidieron este amplio consenso para elaborar la LOE, tan reciente? El Gobierno ya ha visto que la LOE  no va a arreglar nada; que la cuesta abajo, sin frenos y marcha atrás continúa y va a continuar.

PER.- ¿Todo lo malo de la educación es culpa del Gobierno?

PES.- Por supuesto que no. La calidad de los políticos en el Gobierno y la calidad del sistema educativo son resultado de un estado social. Y nuestra sociedad actual es el resultado de la abundancia material y de la irresponsabilidad moral.

PER.- ¿Cómo son los profesores actualmente?

PES.- Están, en general, mucho más capacitados que los que ejercían la docencia cuando yo era estudiante. Pero el medio en el que se desenvuelven es enormemente diferente. Cada día intentan realizar su tarea en unas aulas en las que campa la indisciplina. Y recordemos, una vez más, el sentido de esta palabra tan desprestigiada en estos tiempos: disciplina procede del verbo latino disco, ‘aprender’. Disciplina es la actitud adecuada para aprender. Es muy duro trabajar minuto a minuto, cada día, en ese ambiente de desorden y falta de respeto. Además, los profesores tienen que atender a una cantidad incesantemente creciente de absurdas tareas burocráticas; que no llegan a cumplir porque son absurdas y porque su jornada no daría para tanto aunque le sacaran a cada una veintitrés horas de dedicación. Incumplimiento que, para más inri, los convierte en unos fuera de la ley.

PER.- ¿Cómo son los adolescentes de ahora?

PES.- Los hemos criado en la abundancia y la irresponsabilidad moral a las que aludía antes. Los hemos mentalizado para que disfruten del bienestar. Les hemos dicho: “Lo importante eres tú”. Y la más mínima contrariedad los exaspera y los pone agresivos. Con lo dicho me refiero a un porcentaje alto de muchachos. Hay, no obstante y por fortuna, una cantidad no pequeña de jóvenes que, aguantando cada día en un ambiente escolar tan duro para los que asumen sus obligaciones, llegan a un grado de preparación, en todos los aspectos, excelente.

PER.- ¿Qué podemos hacer los que no tenemos ningún poder político para mejorar la educación en nuestro país?

PES.- Hay que seguir trabajando en todos los frentes: político, social, académico, familiar. No tenemos derecho a rendirnos. Pero debemos abarcar con nuestra mirada una perspectiva amplia. Así veremos que, si bien vivimos en una sociedad decadente (“Occidente tiene decadente hasta el nombre”, decía Enrique Baltanás en una de sus volaterías), también es una sociedad abierta a la influencia y el mestizaje. Es posible que se vaya produciendo un cambio sociocultural no traumático; y que el resultado sea una sociedad más cohesionada en torno a valores básicos como libertad, democracia, honestidad; más capaz tanto para el disfrute de la vida como para el sacrificio éticamente inevitable; una sociedad audaz cuando mira al futuro y respetuosa cuando mira al pasado… No hay que desesperar, a pesar del Gobierno y de la oposición. Yo recuerdo con frecuencia ese verso de Carlos Edmundo de Ory: “El hombre nunca es tarde”.

PER.- Muchas gracias, señor PES.

PES.- A usted, señor PER.

Cruz y aula

Este profe bloguero tiene la impresión de que hace ya muchísimo tiempo que desaparecieron de las aulas, en los institutos españoles, no sólo los símbolos de la religión católica, sino cualesquiera otros símbolos que testimoniaran pertenencia o adscripción a una religión, a un Estado, a una sociedad, a una cultura.

¿Está uno contento de tal ausencia de símbolos? No pienso que sea tan mala su presencia, al contrario. Además, en el caso de los símbolos religiosos, es muy incoherente que se pretenda garantizar la enseñanza de las distintas religiones que profesan los alumnos –en la práctica no se cumple—y a la vez se obligue a erradicar los símbolos de estas religiones.

No hemos visto que la Unión Europea fuera eliminando banderas de países que asumían la de la Unión, sino que unía estas banderas a la de la Unión. Y lo mismo en la ONU.

¿No sería oportuno, para el aprendizaje de la convivencia pacífica, que en las aulas pudieran coexistir fraternalmente los símbolos de las distintas religiones con los símbolos que representan la negación–¡que no el rechazo!—de cualquier religión?

Con una condición indispensable: todos los credos, diffidos y discrepos, para ser legales, deben acatar las leyes de los Estados democráticos en los que estén asentados o pretendan asentarse.

Recuerdos y olvidos

Es el título, creo, de uno de los muchos libros de Francisco Ayala que yo no he leído. Espero que aún no sea demasiado tarde para paliar tal carencia. Pero de lo que yo quiero escribir ahora unas líneas es de unos recuerdos y de unos olvidos más cercanos a mí.

· Mi cuñado Pedro es profesor de Tecnología en un instituto de la provincia de Granada. Él y algunos compañeros suyos han formado un grupo musical, un conjunto… Me manda unos enlaces para que pueda ver unos vídeos correspondientes a una de sus actuaciones. Al final del concierto, uno de ellos va diciendo los nombres de los músicos: Fulano de Tal y Tal a la batería… En seguida mando un e-mail a mi cuñado Pedro: en la mili, en el campamento de Cerro Muriano, entre principios de enero y mediados de marzo de 1976, cuando “juramos bandera” y nos repartieron, mi mejor amigo fue un recluta motrileño, que ya era maestro como yo ya era licenciado en Filología Románica, que se llamaba Fulano de Tal y Tal. Mi cuñado Pedro habla con su colega el batería: efectivamente es la misma persona, pero no recuerda absolutamente nada de aquella amistad conmigo.

· Ayer sábado, por la mañana. Transito a pie, con mi hija Hebe, por una de las calles de nuestro pueblo de Granada. Un conductor, al rebasarnos, hace sonar el claxon: lo miro y veo que es un viejo amigo que saluda; un amigo al que he visto con cierta frecuencia en los últimos años. Pero en el coche, que se va distanciando rápidamente de nosotros, va también una mujer, que vuelve hacia atrás la cabeza y dice adiós con la mano, hasta que ve que la he reconocido y le devuelvo el saludo. No era difícil que la reconociera: era la esposa de mi amigo; pero, en los últimos veintitantos años, sólo la he visto una vez. Aun así, ella me manifestó de manera sencilla y espontánea que no había olvidado nuestra amistad de juventud.

· Ayer sábado, una hora más tarde. Estoy en una residencia de ancianos. A un metro de distancia de mi vista, un señor vestido de negro, o de un gris casi negro, habla con alguien del personal de la residencia. Y yo me quedo quieto parado, en espera de que termine su conversación para saludarlo: fue compañero mío en el seminario de Granada, y luego en el Instituto, y luego en la Facultad de Letras. Lo reconozco aunque no nos hemos visto ni una sola vez en más de treinta años. En ese instante no recuerdo su nombre ni el recuerda el mío; un olvido lógico que en seguida subsanamos. Fue un encuentro muy breve (cada uno tenía que ocuparse de sus asuntos), pero suficiente para que intercambiáramos información importante acerca de lo que habían sido nuestras vidas en tres décadas. Y nos despedimos con afecto fraternal.