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Mis contactos con la inspección educativa (hasta hoy)

· Año ochenta y muchos o noventa y pocos. Estoy en una clase de 2º de BUP. Llama a la puerta el Director acompañado de un señor (la discreta mirilla de las puertas es de cuarenta por cuarenta centímetros, aproximadamente). Los visitantes no llegan a pasar al aula. En la misma puerta, mi Director me presenta a su acompañante: el Sr. Inspector; el cual me pregunta por el número de alumnos del grupo. Se lo digo. Me pregunta si normalmente acuden a clase. Le contesto que son muy raras las ausencias. Sonriente, me tiende la mano y nos despedimos.

· Año noventa y muchos o dos mil y pocos. Tercera hora de clase, la que precede al recreo. Estoy en la sala de profesores: tengo “un hueco”. Un señor de mediana edad, mascando ostentosamente chicle con aire distraído, entra en la sala. Curiosea, pregunta por la hora del recreo, se sienta… Cuando ya ha sonado el timbre de salida de clase y la sala de profesores se ha ido llenando de éstos, este buen señor pide atención: “Soy el inspector. Escuchen un momento. He sido el inspector de este instituto en los últimos nosecuantos años –el “nosecuantos” es mío; él sí sabía cuántos–. Ahora me han dado un nuevo destino y vengo a despedirme y a prestarles oídos por si me quieren contar algún problema”.

· Año dos mil y unos cuantos más. Para la renovación de la Dirección de nuestro Instituto, se presentan dos candidaturas: el Director en ejercicio y otra compañera que también, ahora, opta al cargo. El Sr. Inspector informa, organiza y dirige un complejo proceso de selección de uno de los dos. Proceso en el que a mí me toca un papel destacado –burocráticamente destacado, aunque no recuerdo cuál–: por ser el miembro de más antigüedad del claustro. Por si les interesa, salió elegido el que ya venía siendo Director.

· Algún año más tarde. Soy el Jefe de Departamento de Lengua y Literatura. Una compañera (una querida compañera) está en período de prácticas. El Sr. Inspector asistirá a una de sus clases, y entrevistará al Director y al Jefe del Departamento de Lengua y Literatura, para que informen de ella, y para que le entreguen, además, informe por escrito. El Inspector ha pedido previamente que, para su visita al aula, la profesora en prácticas elija un grupo de alumnos “buenecito”. Pensando, no en ella, sino en él: que es ya mayor, y no quiere exponerse a riesgos de infarto.

· Lo más reciente: hace tres años. El Sr. Inspector ha elegido nuestro Centro para hacer un concienzudo estudio de la situación educativa. Va a asistir a diversas clases de Lengua y de Matemáticas –sólo de Lengua y Matemáticas–. “Estote parati”, advierte el Sr. Director, en castellano. Efectivamente, el Sr. Inspector asiste a una clase mía de 3º de ESO –un tercero muy bueno. Ahora están, los alumnos que quedan, en 2º de Bachillerato–. Mejor dicho: asiste a media clase. Observa lo que hacemos, requiere a algunos alumnos su cuaderno… Y a mitad de la clase se marcha a otro grupo. Cuando acabó todo el proceso de escrupulosa evaluación, nos dio una charla; y nos dejó una copia de su informe (se ve que a él sus superiores le exigían un informe por escrito).

Y no hubo más…

RS versus RC

En mi entrada anterior reconocía (¡confesaba!) que yo no soy creyente. Opino, además, que la enseñanza de la religión, de cualquier religión, debería tener lugar fuera de los centros educativos estatales en un Estado laico; o aconfesional.

No obstante, me parece poco decente el mal trato que desde la Administración se dispensa a los profesores de Religión Católica. ¿Sólo a los de Religión Católica?, ¿Cómo es eso? ¡Ah! Es que de otras religiones no hay.

En mi instituto –después de veintidós años ejerciendo en él mis buenas intenciones docentes bien puedo llamarlo mío–, entre los chavales de cualquier nivel, desde 1º de la ESO hasta 2º de Bachillerato, hay alumnos de:

-RC: Religión Católica.

-RE: Religión Evangélica.

-RI: Religión Islámica.

-R que R: la Religión es un Tostón.

Pues bien, sólo tienen profesor, ¡qué privilegio!, los de RC. Pero los socialistas, que son una religión aparte que quiere imponerse como única religión, fastidian continuamente con diversas marrullerías a los únicos profesores de religión del instituto que no pertenecen a la RS, la Religión Socialista. Y a mí me da pena.

El profesor de RC de mi instituto –de su instituto: si yo llevo veintidós, él lleva veinticuatro años ejerciendo en sus aulas, desde que se inauguró—es el párroco de la parroquia del barrio: la Parroquia del Espíritu Santo. Y es un santo varón; al que quiere de corazón no sólo toda la gente de su parroquia, sino cualquiera que tiene la suerte de conocerlo.

¿Y los alumnos de las demás religiones que no son ni RS ni RC? Lo llevan todo con paciencia. Ellos saben –como yo sé—que Dios es consciente de que el ser al que dio corona y título de Rey de la Creación, le salió un poco estúpido; pero tiene que sobrellevarlo, ¡también Él, qué remedio!, con muchísima paciencia: al fin y al cabo es hijo suyo.

La superioridad moral de la izquierda

Creímos en ella mientras estuvimos sometidos a la dura derecha del franquismo. Pocas jornadas habrá habido en la historia de España que hayan despertado la ola de optimismo o de entusiasmo que suscitó el triunfo socialista del 82. Pero después de una década de gobierno felipista cundió por doquier el sentimiento del desengaño. No era esto, no era esto lo que nos prometíamos: los líderes socialistas aupados a los modos de vida de los oligarcas, la disculpa de los casos de inmoralidad y de corrupción cuando los merecedores de la ignominia estaban en las propias filas, las actitudes de quienes se sienten por encima del común de la ciudadanía.

Cundió el desencanto y los socialistas perdieron las elecciones del 96. Y pudimos comprobar que España, con el Partido Popular en el Gobierno, no caía en un franquismo revivido. Los españoles no perdieron ni un ápice de las libertades ciudadanas, la economía del país remontó y sintonizó con la de la Unión Europea; y, aunque con demasiada lentitud y vacilaciones, salió una Ley de Educación que iba a poner fin a los mayores males derivados de la LOGSE.

Luego volvieron a ganar los socialistas. Dos victorias poco limpias, por cierto: la primera fraguada aprovechando turbiamente la conmoción del 11M (culpando de los atentados al Gobierno de Aznar  por su apoyo al Gobierno norteamericano en la guerra de Irak: aquella jornada de reflexión tan poco pacífica…); la segunda, negando una crisis económica que ya había visto llegar todo el mundo (aquel triunfo de Solbes frente a Pizarro: véase ahora en qué ha quedado).

Educados en el nacionalcatolicismo –hablo de muchos de mi generación-, creímos en Dios y en la Iglesia Católica. Luego dejamos de ser creyentes. Pero no demos de ser ingenuos, y creímos en la izquierda redentora. Hasta que nos caímos del guindo.

¿Superioridad moral de la izquierda? ¡Y un cuerno! Llegan al poder y lo que de verdad les preocupa es afianzarse en el poder. “Los ideales pueden esperar. Lo primero es asegurarse de que ningún partido tenga suficiente fuerza como para desalojarnos del Gobierno.”

Pero ya veis: los gobiernos se ganan y se pierden. Es lo normal en la democracia. Y normal que quien pasa unos años ejerciendo un cargo público, vuelva a su antiguo puesto de trabajo a ganarse el jornal como cada quisque. Lo que no deberíamos considerar nunca normal ni gobernantes ni gobernados es la pérdida de la vergüenza cívica, del sentido personal de la honestidad.