• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Por todas partes se nota la crisis

En llegando la temporada de verano, me baño en la playa a las ocho de la mañana. Me presento en la orilla como un centauro mecánico, o un canguro con ruedas, es decir, yo en mi bici. Y estreno la playa nuestra de cada día. Cuando acaba de pasar el tractor municipal de la limpieza, cuando Apolo es un niño todavía, y cuando el único compañero humano que se pasea por la arena es el buscatesoros, que va oscilando su trompa de oso hormiguero mecánico –ahora me doy cuenta de que tendría que haber titulado esta entrada “El centauro y el oso hormiguero”, o “El oso hormiguero y el centauro”, tanto monta.

El oso hormiguero es un hombre que ronda la edad de la jubilación, un jubilado imparable o un parajubilado; que, me temo, no ha sacado una verdadera sortija de oro de la arena desde hace treinta años o más, desde que yo encontraba monedas en el chorro descubierto que bajaba por mi calle de San Luis, en Gójar patria querida.

Lo que en la playa me ha chocado esta mañana ha sido que mi compañero Odyssey no era el pureta de todas las mañanas, sino un apolíneo ragazzo que no pasaba de los veinte. ¡A las ocho de la mañana de un sábado veraniego!, ¡y en feria que anda esta ciudad! Un ganimedes enganchado a la trompa mecánica, animado por la resoluta esperanza de que alguna de las anillas de latas de cerveza no sea tal, sino una alianza de platino con diamantes.

Cómo se nota que los vientos de desolación están barriendo nuestras casas –unas más que otras: es cierto–.

Ojalá hoy haya tenido suerte mi vecino de playa, mi marinero (¡alas del amor!) varado en las penurias de la arena.

Mis hermanos mayores

Mis hermanos, sin más; aunque es verdad que son mayores que yo, y que ya están, además de mayores, jubilados. Y también verdad que están viviendo una jubilación feliz, son abuelos que disfrutan cada día de la alegría de sus nietas, de la dicha de ver que sus hijos se ganan la vida honradamente.

Fueron mis hermanos mayores cuando yo era un niño. Me protegían, me metían como mascota en sus pandillas de adolescentes, me construían las mejores armas: espadas (hoja de vástago de almendro) y tirachinas (horquilla de olivo) que eran objetos de admiración o envidia para los de mi edad.

Gracias a mis hermanos fui el niño con más pelotas del Barrio San Luis… Ellos trabajaban en la Huerta de Gracia (casero: mi tío Antonio), lindante con el Seminario de San Cecilio; ambas fincas, la que cultivaba patatas y cebolletas y la que cultivaba vocaciones sacerdotales, abiertas a la placeta de Gracia. Cuando una pelota –verdaderos balones de reglamento había pocos—caía desde el campo de fútbol del seminario a las verduras de la huerta, mis hermanos, en lugar de devolverla a sus dueños, la camuflaban entre los caballones para, cuando daban de mano, llevármela de regalo. Y aquí sí que cundía la dentera entre mis iguales.

Mas tarde, cuando yo fui seminarista en el San Cecilio, mis hermanos ya habían dejado de trabajar en la huerta de Gracia, se habían marchado a cultivar flores en los invernaderos de los alrededores de Ginebra, y me mandaban postales del lago Lemán.

Mis hermanos mayores fueron el zumosol de mi infancia, a pesar de que de cuando en cuando me dejaban ir un cogotazo o un insulto triple, que sonaba en mis oídos como un copo de pinchos.

Ahora mis hermanos tienen partida en dos la finca en la que nos criamos los tres. Yo no hubiera querido mi tercio ni regalado y embutido en pastel de cerezas… Me parecía que quedarse a vivir en el sitio en que se ha nacido era una degradación: dejar de ser persona para convertirse en vegetal.

Ahora mis hermanos son razonablemente felices, son mayores que llevan sus leves males con paciencia, y sus abundantes bienes con alegría.

Bill Clinton llegó a nuestra ciudad a contemplar el ocaso; no recuerdo bien si desde la plaza de San Nicolás, en el Albacín, o desde la torre de la Vela, en la Alhambra. Sus asesores no sabían que desde la finca de mis hermanos, el Olivar de Jesús, el ocaso es más hermoso.

Fuerza e inercia

Las sociedades como las personas, y éstas como aquéllas, se rigen por una de estas dos tendencias: el centripetismo o el centrifuguismo. No existen otras posibilidades… a no ser la de la inercia, que corresponde, como todo el mundo sabe, a los cuerpos muertos.

Al feto se le hace angosto el útero materno. Necesita salir a un espacio mayor: tendencia centrífuga.

El tierno infante que se ve exiliado del que fue su mundo, el cálido y acogedor vientre materno, tiende a volver a él. Con ese deseo el niño abraza a la madre, hunde su rostro en el materno seno: tendencia centrípeta.

El adolescente se ha hecho mayor y siente que el territorio a que se limita en compañía de su familia es demasiado reducido, en su interior le hierve el deseo de romper amarras, de iniciar su singladura oceánica, su vuelo infinito: tendencia centrífuga.

El joven ha soltado amarras, ha iniciado su propio vuelo en el cielo infinito. Y a la tercera vuelta que ha girado juguetón, sin rumbo fijo, libre y curioso de todo, por los espacios siderales (tendencia centrífuga), ha comenzado a sentir la pena de ser un cuerpo inconsistente, la añoranza de algo más fuerte que sus deseos de libertad (tendencia centrípeta).

El hombre se hace mayor. Nota que los afectos arraigan en él con menos fuerza. Ve pasar ante él esa belleza que antes le arrastraba; y no corre tras ella. Y tampoco la atrae hacia sí. Percibe que no tiene fuerzas para mantener junto a él a los que ama ni para cruzar los espacios junto a ellos. Ve que la vida va, sigue su curso. Este señor (senior…) ha comenzado ya la caída hacia el tercer estado: el de los cuerpos inertes.