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¡En silencio!

Reconozco que es absolutamente miserable dedicar unos minutos a escribir cuatro líneas acerca de la labor de un maestrillo en las aulas; hoy por hoy, cuando los temas del paro y de la crisis económica nos tienen a todos acogotados, acongojados y acojonados.

Aunque quizá no son cuestiones tan distantes: educación y economía. Pongo por testigo a Arcadi Espada con su artículo de hoy en El Mundo (no sé para qué cojones escribe un asnalfabeto como yo cuando ya se encargan de esa tarea profesores como Espada).

En fin; lo que en unos es virtud, en otros es vicio: trátese de beber vino, yogar con dama o escribir prosa llana. Sigamos, pues, con nuestro vicio adelante.

¡Qué cruz de políticos educativos! Crucificados no pagan. “Habría que ahorcarlos”, afirma el académico Pérez-Reverte.

No tienen (los alumnos… los políticos tampoco) apenas vocabulario, no entienden lo que leen, son incapaces de escribir dos palabras sin cometer tres herejías… Pero deben redactar finos comentarios críticos sobre la “lectura comprensiva” que acaban de efectuar; porque se les supone el conocimiento y la madurez (y las demás virtudes teologales y cardinales) como se les suponía el valor a los soldados de la antigua puta mili.

Lo que me gustaría a mí decirles de vez en cuando a estos niños, con cara de muy mala leche: “Leed, leed, malditos. Y al que se mueva le disparo”. Como en aquella película de la carrera de caballos, en la que Gene Hackman, antes de comenzar la carrera, se va a relajarse con una fulana. La chica, desenvuelta y complaciente como es natural en su oficio, le pregunta, en tono de camarero a comensal: “¿Cómo quieres que lo hagamos, cariño?” Y el cowboy, compañero habitual de los mudos caballos, que, alarmado, comienza a temer la verborrea de la ninfa, le contesta cortante: “¡En silencio!”.

Pues eso es lo que me gustaría a mí decir a las criaturitas: “¡En silencio! No abráis la boca, que se os salen las palabras que acabáis de tragar como si fueran un jarabe nauseabundo.”

Semana Santa

Cuando en el siglo XVI aparecieron aquellos reformistas que juzgaron necesario un cambio hacia un cristianismo más espiritual y menos ritual, más personal y menos controlado, la jerarquía de la Iglesia, con el Papa a la cabeza se opuso a ello. Así, los católicos entraron en la Edad Moderna sin modernizarse.

Hoy aquellos ritos de entonces se han convertido en folclore; y el folclore, a su vez, en turismo y comercio.

Habrá, sin duda, católicos que, en esta llamada Semana Santa, encuentren motivos para su edificación espiritual. Éste que aquí teclea lo que menos ve en la Semana Santa es religión. Y, aun siendo él agnóstico, lamenta este hecho, porque percibe una notoria falta de anclajes morales en esta sociedad. Anclajes que también podrían venir de una religión acorde con los postulados cívicos democráticos, ya que, al parecer, la mayoría de la gente no puede vivir sin algún tipo de soporte religioso.

Por desgracia vivimos en una sociedad a la que cualquier soplo de leve brisa conmueve, y que no resistiría un vendaval. ¡Cuánto menos un cataclismo!

En fin, visitantes de Certe patet, os deseo para estos “días santos” salud y ocio. Ocio, naturalmente, entendido a la manera antigua, como lo entendía Cicerón en el siglo I antes de Cristo; o, al comienzo de la Edad Moderna, el agustino fray Luis de León, cuando se retiraba a La Flecha, y oía las veces que le llegaban, procedentes del cielo, de la tierra o del infierno, a través de su espíritu.

¡Autonomía…! ¡No mía…!

Soy profesor: me debo a mis alumnos. Lo sé. Y lo cumplo hasta donde llegan mis fuerzas. Y cobro a fin de mes. Y me siento reconocido y respetado por mis alumnos (este curso: sólo alumnos mayores). Hasta ahí, normal.

Pero… ¿y mis jefes? ¿Por qué desconfían tanto de quienes ellos han seleccionado –una exigente selección: título universitario, experiencia docente, oposiciones…–para ocupar estos puestos de peones de las aulas? Los políticos llegan a los altos cargos con muchas menos garantías de competencia… O llegan con la única garantía que interesa a los políticos: la lealtad –sumisión—al Partido. ¡Ah! Eso es lo que los políticos en el poder no ven en los maestros: sumisión. Y buscan el modo, ya que no hay sumisión, de imponer una mínimamente disimulada esclavitud.

Señores (esclavos) profesores: No hay más ética que la que impone el Gobierno. No existe el bien, sino el Gobierno. No hay otro lenguaje que el que impone el Gobierno. No existen las artes ni las ciencias sino por los cauces que determina el Gobierno. Nuestro Gobierno Autonómico, o sea, vuestro Gobierno.

Así que ya sabemos en qué consiste una Administración cercana al ciudadano: un monstruo dormita en las riberas del Betis. Y puede aplastarnos con sólo mover un párpado.

Et bien… On ne m’auras pas, moi. Vous ne m’aurez pas, moi. Je ne vous suivrai pas. Yo soy un profesor; y me debo a mis alumnos.