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El espantapájaros, el pastor y la bandada

Si me preguntan, hoy por hoy –o por mañana–, qué es lo que más me gusta de este mundo, de contestar sinceramente, diría que la risa de mis hijas. La risa… e incluso la sonrisa.

Pero a mis hijas mayores las veo poco, son universitarias, no están en casa.

Ellas ausentes, pues, me redimo en la risa de mi hija menor. Y en la de mis alumnas (son mayoría las chicas en los cursos de bachillerato).

A veces siento envidia de los escritores; o sea, de los que viven de lo que escriben. Y me consuelo pensando que también la de profesor es profesión envidiable.

Ya lo he contado en este blog: uno de mis trabajos de niño fue el de espantapájaros. Había que evitar que las canoras avecillas se comieran lo sembrado. Ahora, en mis ocupaciones como profesor y padre, siento que me he convertido en guardián de la bandada, a la que debo llevar a pastar a los mejores sembrados, para que se alimenten de los mejores brotes y semillas, para que estén saludables y se rían.

Ojalá mis hijas tengan ahora profesores que propicien su risa, que las lleven a los pastos más almos, y que disfruten cuando vean que se ríen… de los espantapájaros.

Te… amo, te… harto, te… ato, te… ¡atro!

A mi compa y amigo Tomás Barroso

El teatro de mi ciudad es secular: pasó un siglo cayéndose a pedazos; y ahora está pasando otro siglo levantándose a pedazos. Espero que algún bisnieto mío me pueda mandar un e-mail al otro mundo (gonfertonio@otromundo.pa –pa de paraíso, naturalmente–) notificándome que ha asistido a la representación de una obra en el Florido; La gaviota, de Chejov, por ejemplo. Yo le preguntaría, en mi e-mail de respuesta, si la descripción “desde dentro” de lo que es la vida de un escritor de éxito seguía sonando tan verdadera en las alocuciones de Trigorin; le preguntaría si todavía la vocación de actriz desataba en la tierra pasiones tan furibundas como la de Nina; si actrices de éxito tan aplaudidas como Arkádina continuaban poniendo tanta carne propia en sus personajes como para llegar a la cincuentena convertidas en ninots de sí mismas; si jóvenes tan lúcidos como Tréplev se suicidaban todavía.

Mientras tanto aquí, en esta ciudad de teatro en obras no precisamente de teatro, hago como mi abuelo Miguel cuando me decía: “Anda, Antonio, ve por el libro y me lees un ratico”… Yo me voy a clase con mis alumnos optativos de Literatura y les digo: “Venga, coged El tío Vania y me lo dramatizáis un poquito”.

Un sermón

Es domingo. El desayuno, el aseo… Estoy leyendo. De pronto estornudo… y siento que tengo que escribir algo, a manera de sermón dominical (recuerden que estudié durante cinco años para cura), sobre la vanidad humana.

Empiezo. La vanidad es la variedad corriente de la soberbia, el primero de los siete pecados capitales. Soberbios pueden ser pocos… Esos pocos que han conseguido lo que llamamos “triunfar en la vida”, es decir, que todo el mundo los considere grandes: grandes actores, grandes escritores, grandes deportistas… Un soberbio se permite contestar a un elogio con una frase despectiva para quien le dirige el elogio: porque la sinceridad es privilegio de la grandeza…

El vanidoso sabe que “no ha triunfado en la vida”; pero no por falta de talento… No: su talento no ha fallado, su talento ha estado siempre en él; pero han fallado otras cosas: la suerte, los padres, los profesores, la ciudad en la que vive, el clima…

A un vanidoso le haces un elogio y enseguida percibes cómo se esponja, abre todos los poros de su cuerpo para aspirar el perfume de la alabanza… Ahora ya está lleno de sí, es decir, de aire. Ahora podría estar hablando de sí mismo durante una hora como quien suelta una interminable pedorreta.

Según este que pudo llegar a cura y no pasó del seminario menor, no hay sino dos tratamientos contra la vanidad. Uno llega sin querer: se llama necesidad. Cuando el vanidoso ve que hay grave riesgo de que falte lo básico para la subsistencia, se olvida de sus infulatulencias (me estoy aficionando a inventar palabras…) y se pone a lo prioritario: a buscar el papeo para él y para los suyos como sea.

Para el segundo tratamiento es para el que esta entrada sermonera de hoy quiere aporta algo. Este segundo tratamiento se llama formación moral, o ética. ¿Y qué podemos hacer para dar vigor a los principios morales por los que debiera regirse nuestra vida en el tema de la vanidad? Muy sencillo: observar a nuestros vecinos atentamente (para ello hay que dejar de atender, por lo menos a ratos, a nuestro propio ombligo). No tardarán en presentarse situaciones cuyo paradigma ha quedado anteriormente presentado: elogio, inflamiento y pedorreta. Entonces tendremos ocasión, si los observamos con atención, de ver lo feos que se ponen nuestros vecinos en dicho trance; lo penosos, patéticos y desagradables que resultan. Y no querremos comportarnos como ellos.

Queridos hermanos: el sermón ha terminado. Podéis ir en paz.