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Un poco de todo

Cuando, hace hoy cinco años, los PSOE volvieron a ganar las elecciones, una vez ocupados los cargos cuspidales (no está en el DRAE), éstos hicieron tabla rasa en RNE. Había estado dirigiendo la tertulia nocturna (de las 22 a las 24, creo recordar) Manuel Antonio Rico (¿dónde andará ahora don Manuel Antonio?). Les dieron la patada de las siete leguas; y a RNE le pusieron un nuevo eslogan: Radio Nacional de España: la radio de todos.

RNE sigue haciendo buena radio. No obstante, yo, desde aquellos entonces, soy más de Onda Cero. Y me llama, últimamente, la atención, cuando pongo RNE, siempre a partir de las 14, lo que se parecen todos los locutores por su acento. Todos, por ejemplo, hacen una /s/ prepalatal y no alveolar, todos procuran acabar los grupos fónicos con consonantes nasales, lo que les da un cierto deje gangoso…

La radio y la televisión son estupendas. Y estúpidas a veces. Por ESO yo me he pasado al bando de mis alumnos; aprendo de ellos y… LEO, LEONIS.

Así, esta mañana, sin ir más lejos, he releído dos poemas que vosotros también podéis leer sin salir de este blog: la “Epístola moral a Fabio”, de Andrés Fernández de Andrada, y el “Canto a Teresa”, de Espronceda. Por cierto, lo que no puedo hacer con la prepalatalidad ni la nasalidad de los locutores de RNE, lo he hecho con la declamatoriedad y la extimpanintidad (tampoco en DRAE) del poema de Espronceda. La copia que aparece en este blog está notoriamente aligerada de signos de exclamación. Con ello y con algunas otras alteraciones en otros signos de puntuación, he acondicionado, creo, para los gustos de hoy, este poema plañidero de cínico final.

Espronceda, un poeta con todas las letras en sus puntos de articulación, se quedó anticuado muy pronto. Porque llegó Bécquer, totalmente moderno: tenía el mismo gusto que siguen teniendo mis alumnos actuales: ante todo la brevedad. En Bécquer, brevedad porque el poema gana en intensidad. En éstos de la ESO, brevedad como en las dueñas chicas del Arcipreste: “del mal, tomar lo menos”.

Concluyendo, que es gerundio. Hay que ver la radio, y oír la televisión. Y leer… siempre que haya ocasión. Y hacer otras cosas. Yo, ahora mismo, voy a dejar de teclear y me voy a poner a escuchar al mirlo que, parado en lo alto de la chimenea de mis vecinos, parece que tiene el síndrome del capitán pirata.

¡Ojo con marzo!

Los labradores, o labraores, de mi pueblo, los de entonces, aquéllos que “no paraban de llorar: / unas veces por la seca / y otras por la remojá”… aquellos labraores decían que marzo eran tres meses: marzo, magarzo y el mes de marzo.

Entiendo que el dicho tenía que ver con las infinitas variaciones que este mes podía y puede ejecutar, desde el avieso temporal y la ventisca hasta la placidez de los días más radiantes de sol y de esplendente campiña. Un mes donde todo en la naturaleza es posible (marzo ventoso, marzo mayea…). Un mes como para que un campesino no se aburra.

Ni sea burro. Que, a propósito, el Arcipreste de Hita, en su libro maravilla de las maravillas (ése no es el título…) decía que marzo tiene tres demonios: uno se mete en los burros, otro en los frailes y otro en las mujeres. No dice, pero se sobreentiende, que son tres demonios hermanos, amantes desaforados, los tres, de la coyunda.

Marzo es un mes belicoso, marcial, como su propio nombre indica. Los romanos lo consagraron a Marte, el dios de la guerra: en marzo iniciaban sus campañas militares. Era el mes de comenzar a abonar la tierra con sangre; porque el agua, ya se sabe, quita la sed pero no el hambre. Sangre de jóvenes guerreros. Y si no era suficiente, se echaba mano de la de ancianos, mujeres o niños: la tierra necesitaba una gran transfusión.

Ojo con marzo, insisto. En marzo de 2003, el Gobierno de USA inició la segunda invasión de Irak… Han transcurrido seis años. E Irak sigue siendo un gran banco de sangre para la tierra.

Y… para no ir más lejos: ayer mi cuñado Millán estaba tan tranquilamente en el velatorio de su primo Fernandico, disfrutando del inconfesable disfrute de que la artera arquera no hubiera dirigido su flecha contra él sino contra otro blanco (negro), aunque fuera su primo y fuera unos años más joven… Estaba así de tranquilo cuando le sonó el móvil: lo llamaba su hermano para decirle que su mujer (la de se hermano) acababa de ser acabada por otra flecha. Ayer mi cuñado Millán no tuvo más remedio que proferir un rotundo dicterio contra la artera arquera. Porque vio que, si seguía apuntando sus flechas hacia su zona de movimiento, alguna, ¡dónde esconderse!, lo ensartaría.

Vuelvo a insistir y termino: no os fiéis de marzo: ni de sus idus ni de sus calendas ni de sus nonas. ¡Ni de la madre que lo parió!

Terra certe patet

No siento más amor por la bandera blanca y verde que el que pueda sentir por la de la patria querida de Asturias, que, me parece, es de un color celestito muy guapo; o por la del Vaticano, que tiene, según creo, los colores del huevo frito.

No me gustan las banderas: me gusta el campo abierto. Y por eso este puente de los estudiantes y de los maestrillos no lo celebro como el puente del Día de Andalucía, sino como el puente de San Matías, que trae el sol a las umbrías y el boleto de salida para el invierno.

Para celebrar San Matías, acabo de darme una buena y animosa caminata por el campo, entre secanos abandonados a los matojos, y cuidados cultivos. He pasado, por ejemplo, junto a la viña de mi amigo Eustaquio, que ahora duerme el sueño necesario para su próxima belleza y fecundidad. El que ahora está hermoso es el enorme almendro que tiene en medio de la viña: un gigantesco globo de flores blancas.

No me gustan las banderas como no me gustan las fronteras. Me crié en estos campos adonde ahora he venido a pasar el puente. Y el campo no tiene bandera: tiene coles, almendros, vides; y también muchos pájaros, que tampoco entienden de banderas, sino de trinos. Luego me cogieron los curas por su cuenta y me dieron una educación católica. Hace mucho tiempo que dejé de de considerarme católico, pero el adjetivo católico me sigue gustando; más que nada por su etimología griega: para todos. Como quiero yo la tierra de la Tierra.

Al agnóstico y pacífico profesor de una lengua hispánica que ahora soy no le gustan las banderas. Porque donde hay banderas hay fronteras; y donde hay fronteras hay policías impidiendo el paso o, por lo menos, incordiando.

El nombre de este blog salió de unas palabras de Dédalo versificadas por Ovidio: caelum certe patet: el cielo ciertamente está abierto. Pues bien, yo deseo para estos tiempos nuestros una tierra de la que se pueda decir lo mismo: terra certe patet.