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Baños

Mi dermatóloga me tiene encarecidamente recomendados, prácticamente prescritos, los baños de mar. Y es que el mar, aparte lo terapéutico, es una delicia. Aunque si lo tomamos con exceso, como todo lo excesivo, será dañino. A mí pasar un día en la playa, incluso una tarde entera o una mañana, me parece demasiado. Naturalmente, hablo desde mi edad, que no es precisamente la de la adolescencia. Yo, con media hora nadando, o simplemente flotando a lo cetáceo, estoy mejor que bien despachado. Y a casita (la suerte de vivir junto a la playa).

Hoy, mientras iniciaba mi sesión de lectura después del reconfortante baño, he recordado, por contraste, lo difícil que podía ser, para mí y para mis compatriotas de la patria mínima, encontrar en verano una poza –hablo ahora de mi infancia y primera juventud—donde meternos, con lo mucho que se puede llegar a desear ese sencillo disfrute en las tiernas edades, más aún si se ha estado faenando en las labores agrícolas desde el amanecer. Acequias sin agua, estanques de riego vacíos, barranco seco… El maldito estiaje de los secanares granadinos. Qué suerte cuando el estanque de Media Oreja estaba lleno… y nos dejaban bañarnos, lo que no siempre sucedía. No nos importaba que el agua estuviera helada… Incluso apostábamos a ver quién aguantaba más bajo el caño que la sacaba del pozo, tan fría como si llegara directamente de la laguna de Las Yeguas.

Y lo de aprender a nadar en aquellos medios… y con aquellos maestros… Pocos accidentes graves padecimos, lo que me lleva a deducir que, si Dios no existe, al menos los ángeles de la guarda “apatrullan” sin tregua cuando hay muchachada que proteger. Ya sé: alguna que otra vez la protección de los ángeles custodios falla… ¡Pues a ver si falla menos la protección humana! Que este verano, con la de casos espeluznantes que llevamos de niños abandonados en los hornos de los coches, mucha pachorra tenemos que tener para no sentirnos avergonzados de ser humanos. ¡Más atención a los baños de los pequeños!

Educación

Mi hija mayor (estudiante de Traducción e Interpretación, 21 años) está trabajando este verano en Disneyland Resort Paris, concretamente en una de las tiendas del complejo. Y nos comenta que los clientes que se comportan con peor educación son los españoles.

Con veintidós años, cuando era estudiante de Filología Románica, hice yo mi primera visita al país vecino. Y todo lo que iba viendo me parecía muchísimo mejor y más interesante que lo que conocía de la España de Franco: entre tantas cosas, la discreción con la que los franceses aceptaban la marabunta de ruidosos y vociferantes españoles que llegaban a trabajar en las viñas y en las bodegas de sus zonas vitivinícolas. Quizá porque sabían que se acababa la temporada y los españoles regresaban a su tosca España, contentos por los francos que habían ganado, y dejándolos a ellos contentos por el trabajo realizado.

España (olvidemos por un momento la crisis en la que, como en un oscuro túnel, estamos entrando)… España se modernizó y se europeizó con la democracia… Pero se ve que construir autovías en una nación es más fácil y más rápido que hacer que esa nación vaya progresando también en civismo.

En esa opinión me reafirman los comentarios de mi hija, o los artículos de Pérez-Reverte en XLSemanal (les recomiendo especialmente el titulado “El síndrome de Lord Jim”, publicado el 14 de enero de 2007), o las pandillas de muchachos que, en verano, a cualquier hora de la noche, llegan a mi calle dando voces y con la música del coche a toda pastilla, ignorando por completo a la gente que duerme ahí al lado: niños, ancianos, adultos a los que les sonará el despertador a las 6:30 porque les aguarda una jornada de trabajo…

Pues eso: que es bastante más fácil llegar a tener ropa nueva y veinte euros en el bolsillo que llegar a tener en la masa de la sangre unas cuantas normas básicas sobre lo que supone vivir en sociedad.

Familia

Dicen las buenas lenguas que maestros y profesores llevamos mejor que otros el paso del tiempo porque la juventud de nuestros alumnos, como todo, se contagia, nos contagia. No obstante, bienvenidas las vacaciones, aunque por un tiempo nos perdamos ese trago diario de poción rejuveneciente.

Máxime cuando puede ser sustituido por el contacto con el recrío familiar… Vamos al pueblo pensando en las abuelas; en lo viejas que están. Con la esperanza de que lo que les reste por vivir les merezca la pena. Vamos pensando en ellas… pero luego quienes se ganan nuestra atención son los retoños nuevos de la familia: esas cuatro nietas de mis hermanos, de entre ocho meses y tres años (lamento retrospectivamente no haber visto a las dos pequeñas de mi cuñado, el hermano de mi esposa). Mirar cómo Aitana le hace fiestas al abuelo; cómo Jimena se empeña en manejar sola el triciclo, sin la ayuda de su padre, aunque no le llegan los pies a los pedales; cómo Lucía pronuncia esas frases rotundas de cariño; cómo Martina comienza a ejercer su autonomía desafiando imposiciones… Y tenerlas en brazos, hacerles una broma y que se rían… También ver a los padres de estas criaturas, asumiendo serenos y fuertes la querida carga…

Si no hay niños, los maestros nos quedamos sin trabajo, sin sueldo, sin rejuvenecimiento. Si no hay niños, los pueblos se acaban, sumidos en la tristeza. Mientras hay niños, hay esperanza, hay fe, hay caridad, hay días, hay Dios.