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Dudas

Ando dudando, mientras me tomo el café, sobre el tema del que escribir aquí hoy…

· Me gustaría compartir con mis “legentes” una duda radiofónica… ¿Por qué Fernando Argenta, cuando se despide al final de su programa, recomienda los que siguen en Radio Uno, de RNE, y jamás menciona el que sigue en Radio Clásica? ¿Está enemistado con Ana Vega Toscano y no quiere hacerle publicidad al programa de ésta, “Café del arte”?

· Me gustaría escribir una “Carta abierta al Sr. Inspector”. Al Inspector de la ESO de mi IES, está claro. Pero en este blog no se editan cartas abiertas, sólo se echan al mar botellas mensajeras. Aun así, querido (es un decir) Inspector, me repito una vez más: la realidad está en las aulas y en los pasillos, no en los papeles que usted viene a leer: eso son sólo sombras (recuerde: la caverna platónica…). Claro que usted es un mandado (¿y quién no?).

· Me gustaría hacer algunas consideraciones acerca de por qué en este país se legisla tanto, para que a continuación cada una de esas leyes aprobadas sea palmariamente ignorada. No creo que se trate de una ingenua paradoja. Más bien opino que el Gobierno, con sus Cortes, procura mantenernos a todos al margen de la ley (“Je suis [et toi aussi] un hors la loi”). Así, todos tenemos motivos para estar calladitos. O podríamos exponernos a un escarmiento ejemplar.

No sé… Mejor no escribo nada.

La torre de mi pueblo

Repique de campanas en la radiante mañana del domingo. Son las diez menos cuarto… De modo que supongo que estarán llamando a misa. Y anunciando, de paso, la alegría primaveral del primer fin de semana de mayo, en el que la Cruz de la Pasión se transforma en la Cruz de la Fiesta.

Cuando yo era monaguillo –otra de infancia…—, subí con frecuencia a esa torre, con mis colegas, para repicar manualmente: había que colgarse de la campana para iniciar el giro, y luego, para mantenerlo, meter rítmica y hábilmente la mano y propinarle el leve empujón que requería. Las primeras veces, claro está, el objetivo inmediato era sobreponerse a las fuertes impresiones de la altura y del estruendo…

Mi pueblo era entonces vetusto, pero la torre de su iglesia distaba, y sigue distando, de parecerse a la de Vetusta. El párroco no se subía allí a contemplar sus dominios, como don Fermín de Pas contemplaba los suyos. Al párroco de mi pueblo le bastaba hacer un recorrido de diez minutos por las polvorientas o embarradas calles para comprobar que seguía siendo el reverendo.

Algunos años más tarde, siendo ya un servidor seminarista, aprendía canciones que cantaba a coro con sus colegas; canciones, cuando no eran propiamente de iglesia, rurales y melancólicas, y siempre sin asomos de impudicia. Muchos años más tarde, cuando fui padre de niñas pequeñas, se las canté a ellas como nanas, y ellas, a su vez, terminaron aprendiéndolas. La letra de una de estas canciones dice así:

La torre de mi pueblo

no la puedo olvidar;

no la puedo olvidar

porque le tengo amor.

No quisiera morir

muy lejos de ella, no.

Subiendo por la cuesta

con la gavilla voy…

con la gavilla voy

tejiendo mi cantar;

con espinas al pie

y en el pecho un pesar.

Cantada, bien cantada, suena mucho mejor.

La torre de mi pueblo fue restaurada hace algunos años; y la verdad es que cuando se la contempla iluminada por el sol poniente, erguida sobre la vegetación renovada de la primavera, tiene su encanto: un encanto algo recóndito, íntimo, similar al de una joven campesina de otros tiempos, de austero atuendo, deslucido por los soles, pero, como la mujer manchega de Machado, con frescura de bodega en sus adentros.

¡Ojo, que nos joden!

Esta tarde quería escribir algo en serio porque me siento melancólico, a pesar de este Puente Mayor con que Mayo entra. Pero las tonterías verbales me pueden. Es que también escribir algo en serio en la intimidad de este blog, es como permanecer en casa con el traje y los zapatos puestos, y el nudo de la corbata bien apretadito. Aquí mejor soltamos unos cuantos eructos verbales y luego nos vamos a beber cerveza, para seguir eructando. Además, cuando el panorama se ensombrece, mejor aprovechar lo que se pueda para el disfrute. Como pensaba Manolo el Barrabaso cuando decía: “Voy a comprar una peseta de mortadela pa mi mama, pa que, si se muere, se muera harta”.

O sea, riamos, comamos, bebamos… porque el panorama es sombrío: recrudecimiento de la hambruna mundial, aumento de la mala leche entre incivilizaciones, caída en picado del coeficiente intelectual de la ciudadanía… Pronto en este país la gente de inteligencia normal será una exigua minoría, gente extraña y sospechosa de cualquier delito, leer libros por ejemplo. Me temo incluso que habrá controles policiales para poner a buen recaudo el exceso de seso, como ahora los controles de alcoholemia para los conductores… Y todo esto, planificado, promovido y ejecutado por el Gobierno.

En fin, comámonos, mientras podamos, nuestra peseta de mortadela.