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Al mal tiempo, buena lectura

Según un proverbio nórdico, el mal tiempo no existe, sino la ropa inadecuada. Pero como nosotros no somos nórdicos sino muy sureños, echamos mano de algunos pretextos para no exponernos a las inclemencias meteorológicas, y dejarnos ganar por la comodidad de estar en casa con un buen libro. El que nos guste, y mientras no nos canse.

Leer una novela o un ensayo no debería ser nunca un ejercicio obligatorio; ni tampoco oír canciones populares o conciertos de Mozart, ni ver películas, aunque sean maravillosas, ni visitar museos y exposiciones.

En las últimas décadas se pusieron de moda en los institutos (en los IES) de Andalucía unos planes de lectura obligatoria, disparate entre otros muchos disparates. En la clase correspondiente a cualquier asignatura llega un momento, regular y normativamente establecido y:

-Queridos y queridas, guardad el libro y el cuaderno de Matemáticas y sacad la novelita.

Y la mayoría de las queridas y queridos ni estudiaba en el libro de texto ni leía la novelita. Porque se puede obligar a un muchacho a que amague la cabeza sobre el libro, pero no a que lea. Como Sancho Panza, cuando fue gobernador de la ínsula Barataria, no podía hacer dormir una noche en la cárcel al tejedor de hierros de lanza. Podía, eso sí, tenerlo la noche entera en la cárcel; pero si él prefería mantenerse despierto…

Y ya que hemos recordado el libro de los libros de la literatura española, recordemos también que acaba de salir una edición escolar, juvenil, aligerada, de Don Quijote de la Mancha, avalada por la Real Academia y realizada por el académico Arturo Pérez-Reverte. Puede ser una buena opción, no solo para los jóvenes.

Yo ayer comencé el último -por ahora- de otro académico, Antonio Muñoz Molina, Como la sombra que se va. Y ya estoy tardando demasiado en escribir este apunte, antes de coger mi nuevo libro y enfrascarme en su buen tiempo.

Política

Creo que no asomo mucho, por esta certepática ventana, mis opiniones políticas, pero las tengo. Las tengo, pero son mentales, no lapidarias. Están, por tanto, como todo lo mental, sujetas a variación y cambio. Aquello de «yo no me cambio de chaqueta» es hoy un arcaísmo casi completamente olvidado. Hoy nos cambiamos de chaqueta; no tan frecuentemente como nos cambiamos de calzoncillos o de bragas, pero nos cambiamos. Nuestras opiniones, políticas, sociales o culturales, van cambiando, evolucionan, como todo lo vivo.

Sintetizaré ahora mi estado de opinión política (y social).

Las dos opciones que se plantean, en una sociedad desarrollada actual, son moderadas, sometidas a las limitaciones que imponen el Derecho Internacional y los derechos fundamentales del ser humano. Y tienen sus respectivos nombres: liberalismo y socialdemocracia. La primera implica menos intervención del Estado; la segunda, más. Las dos opciones pueden ser, valga la rebuznancia, óptimas: si lo son los ciudadanos y sus representantes en los cargos públicos. Y pésimas: lo serán siempre que lo seamos los paisanos -y por ende los cargos públicos-.

España ha sido tradicionalmente un país de pícaros, de frailes y de hidalgos.

Los primeros no trabajan porque prefieren vivir del trapicheo. Los segundos no trabajan porque están dedicados a más altas ocupaciones. Los terceros no trabajan porque su noble cuna les ha proporcionado ese inalienable privilegio.

No obstante, España ha tenido también, en todas las épocas, su cuota de «tontos»: los que han cumplido siempre con todas sus obligaciones laborales y sociales, mejor o peor remuneradas.

España ahora no pinta bien (y no parece que la UE vaya a estar, en un futuro próximo, en condiciones de salvarnos de la quema). Como escribía Hermann Tertsch en una columna reciente, «La tragedia que supuso el paso de José Luis Rodríguez Zapatero por la historia de España ha tenido perfecta continuidad con Mariano Rajoy.»

Los muchachos de Podemos, que dicen hoy «Todo para los ciudadanos», probablemente hicieran mañana que Todo, para el Estado. Y aquello de Stalin: un individuo no es nada y unos cuantos millones son un dato estadístico.

Esperemos que, una vez más el día de mañana, en España haya tontos suficientes para tirar del carro.

Multiplicarnos la vida

Es imposible. Es verdad que a veces, o con frecuencia, tenemos la impresión de que eso está ocurriendo: que no estamos viviendo una vida sino mil. Cuando vemos una película que nos arrebata, o leemos una novela que ídem. No nos dejemos engañar por nuestro entusiasmo momentáneo; estamos viviendo únicamente nuestra vida, que es inmultiplicable lo mismo que es indivisible -eso es lo que significa el sustantivo ‘individuo’: indivisible-.

Podemos, eso sí, en la edad y condiciones adecuadas, reproducirnos, procrear, o crear algunas obras que nos sobrevivan y sigan siendo de alguna utilidad a individuos venideros.

Pero nuestra propia vida es única, y va corriendo, como un arroyo -el río manriqueño- a su desembocadura. Y, mientras la ocupamos en una tarea, afición o pasatiempo, no la ocupamos en otro. Si estamos leyendo, o releyendo, una novela de seiscientas páginas, no podemos estar simultáneamente visitando a nuestra suegra, o podando un árbol, o revisando y ajustando la bicicleta, o tomando unas cañas con unos compadres.

Basta con que un día nos salgamos de nuestras actividades habituales, de nuestro pequeño mundo cotidiano, para que nos demos cuenta de lo limitados y torpes que somos en una ilimitada gama de posibilidades próximas: conducir -¡y aparcar!- en nuestra propia ciudad, arrancar una motosierra, guisar un potaje de lentejas. Actividades en las que otra mucha gente corriente luce con serenidad.

Nada nos multiplica la vida, pero muchas cosas nos la pueden hacer más rica y agradable, más fecunda y feliz. Y en ellas nos debemos emplear cuanto podamos, con una sola cortapisa: que no generen daños a terceros. Porque nuestra felicidad no está por encima de la de los demás, sino al mismo nivel. Y si pensamos en aquellos que estamos procreando, o en aquellos a cuya procreación y crecimiento estamos colaborando, entonces nuestra felicidad, nuestra vida individual, no está al mismo nivel, sino siempre por debajo. Según la frase de San Juan bautista cuando preparaba la llegada del Mesías: Illum oportet crescere, me autem minui, Es necesario que él crezca y que yo disminuya.