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La mierda como arma ofensiva

La mierda o el pipí. Cualquier repugnante desecho proyectado contra el oponente puede provocar su desbandada y su derrota.

Lo saben nuestras vecinas las gaviotas, que, por defender paranoicamente a sus crías se pasan la primavera y el verano bombardeándonos con sus cacas. Y hay otras muchas especies igual de agresivas y con el mismo tipo de armas ofensivas.

Cuando éramos adolescentes, a mi amigo Falín no le gustaba que formáramos conciliábulos en los que charlar sine fine de lo divino y de lo humano: mariconadas para él, que era un hombre de acción. Se acercaba, soltaba una ventosidad descomunal y nos decía:»Respirad deprisa, que se acabe pronto.» Y con su guarro explosivo desbarataba la reunión.

En la novela juvenil de Isabel Allende La ciudad de las bestias, la mítica bestia selvática del Amazonas también ataca con su caca, insoportable para la biología humana: «Por el espantoso olor supieron que no era lodo, sino un charco enorme de excremento» (pág. 120).

Y en una entrada reciente de su blog, la misma Isabel Allende hace un gracioso relato del tremendo trauma que se produce en la familia cuando su perrita Dulce es agredida por un zorrillo, que «le disparó un chorro a la cara», y no de agua de rosas.

Ahora vemos, en este maloliente país, cómo los políticos se atacan unos a otros lanzándose sus mierdas, o destapando las de aquellos más tímidos, para avergonzarlos reprochándoles que son tan cacosos como los demás.

De modo que quizá no haya más remedio que concluir que el mundo no ha salido todavía de su fase anal, o que la tierra no es sino una diminuta bolita de estiércol, como la de los escarabajos peloteros, que va deambulando por el universo, y espera el momento propicio para estamparse contra otra de las bolitas flotantes, para dejarla perdida de caca.

¿Rutina?

Recientemente he visto citado varias veces el siguiente verso de Juan Bonilla: «Tarde o temprano a la rutina se le cae la t». ¿Casualidad? Sólo en parte. Resulta que Juan Bonilla ha vuelto a publicar su poesía reunida, ahora con el título de Hecho en falta. Yo me compré y leí, atentamente y con anotaciones en los márgenes, su antología de 2009, Defensa personal; y, al año siguiente, su nuevo libro de poemas, Cháchara. Después de este, yo no tengo noticia de que Bonilla haya publicado algún otro -de poemas-.

A mí Juan Bonilla me parece un poeta inspirado, pero no depurado: echo en falta, en algunos de sus poemas, un mejor acabado, una revisión más atenta. Otros, en cambio, me parecen sencillamente perfectos.

Pero yo no quería hablar hoy del poeta Juan Bonilla.

Tampoco quería hablar de su poema «Rutina», el que empieza con ese verso que citábamos.

Tampoco iba a hablar de la pareja de parónimos ‘rutina’ y ‘ruina’. Al segundo ya le dedicamos aquí una entrada, hace algún tiempo. Del primero no me resisto a comentar que los estomagantes pedagogos de estos tiempos lo emplean mal, como sinónimo de hábito, cuando en la definición del Diccionario tiene unas claras connotaciones peyorativas: «hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas».

¿De qué Diccionario hablamos? Pues del de la Real Academia, que ya no es tal; lo que ahora nos venden o nos regalan -acaba de salir la 23.ª edición- es un diccionario elaborado y avalado por la Asociación de Academias de la Lengua Española -hay veintidós, repartidas por el mundo-. Por eso algunos creen que hay que abandonar ya, de una vez, el acrónimo DRAEDiccionario de la Real Academia Española-, y decirle DILEDiccionario de la Lengua Española-. Yo, por mi parte, daría paso al acrónimo DALEDiccionario de las Academias de la Lengua Española-. Porque una cosa es quitar la R de Real -que sólo está en la Española- y otra cosa es quitar la A de Academias.

Pero yo tampoco me proponía hoy hablar del DALE ni de ninguna de las palabras contenidas en él; bueno, sí, quería hablar de una letra de nuestro idioma, la r, y de su variante el dígrafo -rr-, y de sus nombres. Quería hablar de esa pareja de fonemas o sonidos del idioma: el vibrante múltiple que suena en ruina, rutina y ceporro, y el vibrante simple que suena en lira, marino y pareja.

Pero se me ha acabado el tiempo. ¡Os habéis librado, queridos lectores!

Nunca he comido angulas

Lo cual no me produce pena en absoluto. ¿Que por qué las menciono? Porque me he acordado de que, hace muy pocos días, cierto pianista entrevistado en la radio las ponía como ejemplo de algo que, aunque guste mucho, puede llegar a cansar.

Es verdad. Alguna variedad en los platos de pescado, de carne, de legumbres, resulta necesaria. De ahí a estar necesitando cada día platos nuevos, guisos distintos, sabores sorprendentes, hay mucha distancia.

Hay personas de gusto inquieto, tanto en la comida como en lo demás. Son personas que, al cabo de una temporada de despertarse en la misma habitación, de besar los mismos labios al levantarse, de oír las mismas voces mientras desayunan, sienten un tedio insoportable. Personas que mueren por complicaciones producidas por la obesidad porque no tienen la oportunidad de recorrer cada tarde una senda distinta, lo cual es razón suficiente para que no caminen. Cambiar de ambiente, de amigos, de comida, de empleo, de colegas… Cambiar es vivir.

En el otro extremo están los que rápidamente se adaptan, se aficionan, se encariñan. Y ven el cambio como una amenaza a su estabilidad, a su felicidad. ¿Por qué leer a otros autores, si con la medio docena que frecuento y que guardo en mi biblioteca me siento entretenido y alimentado? ¿Por qué buscar otros lugares para caminar si los que recorro a diario me ofrecen continuamente aspectos nuevos, encuentros inesperados, paisajes cambiantes? ¿Cambio de pareja? No; gracias. ¿Cambio de amigos? No; gracias. ¿Cambio de hijos? ¡No; gracias!

¿Cuál es la actitud más sana, más sabia? Probablemente la que proponía Santo Tomás: In medio virtus est, en el término medio está la virtud. Por consiguiente, entre siempre angulas y cada día un pescado diferente, que cada cual busque su punto de equilibrio.