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Felicidad para todos

Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante

(Ev. San Juan, X, 10)

 

Para los niños:

Que tengan madre y padre, y abuelos y titos y primos: una amplia familia que les haga sentirse seguros y a salvo de toda intemperie. Que reciban regalos (no tantos que su misma abundancia los devalúe), y entre ellos siempre haya un libro adecuado a su edad.

 

Para los jóvenes:

Que, además de familia y sabios profesores, tengan amigos; buenos amigos: los que ven y admiran las virtudes del amigo, y son comprensivos con sus defectos. Que no sufran las penas del amor no correspondido, sino las alegrías del que sí lo es.

 

Para los padres:

Que se tengan y se sostengan el uno al otro. Que su trabajo les sea remunerado suficientemente, de modo que puedan aportar a sus hogares los medios necesarios para un desenvolvimiento digno.

 

Para los mayores:

Que no les faltan las fuerzas para apañarse a sí mismos y para ayudar a los próximos. Que tengan la satisfacción de verse escuchados atentamente cuando hablan, para que el caudal de su experiencia no se convierta en desperdicios.

 

Para todos:

Que ningún mal golpe de la mala fortuna les sea asestado en los días felices; y el tiempo de la dicha cumpla con sus funciones de aportar únicamente, en toda su gama de matices, felicidad.

 

Toda una biblia

En mayo de 2015 me regalé De animales a dioses, de Y. N. Harari. No sé —cuestión secundaria, ciertamente— a partir de qué edición ha empezado a aparecer con el antetítulo Sapiens. En la mía no aparece. Bueno. El caso es que lo he leído y lo he releído. Y pensado que ningún libro me había parecido tan luminoso y tan divertido en los últimos veinte o treinta años. Siendo un libro de historia, yo lo encuentro de un alto nivel literario. Tratando de temas tan serios, está completamente sembrado de sonrisas.

Iba ya a comenzar, sin mayor postergación, mi tercera lectura del mismo, cuando me llegó en la prensa la noticia y la reseña de lo que sin duda es su segunda parte: Homo Deus. Si el primer volumen apareció con el subtítulo de «Breve historia de la humanidad», este trae el de «Breve historia del mañana».

Ya le he dado el primer repaso. Ahora los dejaré reposar una breve temporada y, a continuación, espero seguir teniendo salud y vista suficientes para releer seguidos los dos volúmenes, tan bien cuidados ambos, en su presentación y encuadernación, por el grupo editorial al que pertenece Debate.

¿Tenéis, entre vuestros familiares o amigos especiales, a alguien con inquietudes intelectuales, con afán de aprender, capaz de disfrutar leyendo? Regaladle los dos volúmenes. Ahora que se aproxima la compra de la lotería de Navidad, en la que siempre participamos y en la que nunca nos toca nada sino pagar, cambiemos nuestra participación en el espejismo de la lotería por la adquisición de los dos valiosos volúmenes. Para un familiar o amigo, o quizá mejor para nosotros mismos. Este magnum opus de Harari no es un espejismo, sino un espejo en el que vemos reflejado lo que anuncian sus subtítulos. Por supuesto, no pensemos que en el segundo volumen el autor se dedica a lanzar aventuradas o desventuradas profecías sobre el futuro de la humanidad. Simplemente nos enseña a entender mejor nuestro presente, a mirar al futuro con un atisbo de luz.

Uno, que no ha rechazado de manera sistemática aquellos libros en los que el buen humor escasea o está ausente —los libros de Antonio Muñoz Molina me encantan, y mira que es sosito el muchacho— tiende a valorar más positivamente aquellos en los que el autor ha sabido imbuirse de un sabio sentido del humor para dirigirse a sus lectores. Encerrando con llave sus acritudes y enfados. ¡Quién no padece de frustraciones, negros días, desconsideraciones, malas patas y agrias leches! Pero al lector hay que hacerle llegar lo mejor.

Es lo que ha hecho Harari.

Shostakóvich

El la película de Spielberg El puente de los espías, que algunos hemos visto recientemente en la tele, hay una escena en la que aparecen el espía ruso, ya preso y juzgado por sus delitos de espionaje, y su abogado, oyendo, de un doméstico y modesto aparato de radio, ambos con atención casi religiosa, una pieza musical de Dmitri Shostakóvich. Al final de la cual el ruso, con emoción contenida expresa: «Dmitri Shostakóvich, qué gran músico».

Efectivamente, dicho sea también desde mi oceánica ignorancia en la materia: un gran músico. A pesar, o quizá en parte por ello, del constante sufrimiento a que se vio sometido viviendo en la peligrosa Rusia de Stalin, en la que era tan fácil que un artista recibiera —en las horas en que sabes que no es el lechero— una visita de la policía política, y desapareciera para siempre.

Hemos tenido ocasión, también muy recientemente, de leer la novela, totalmente fiel a la historia, que Julian Barnes dedica a la vida de este músico: El ruido del tiempo. «El arte es el susurro de la de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo» (pág. 105).

Pero el miedo constante, y fundado, no impidió a Shostakóvich ir construyendo su ingente y magnífica obra.

A mí, en lo poquísimo que la conozco, me llama la atención la ambigüedad permanente, la incitación a la risa entreverada con el llanto, a la contemplación de lo heroico mezclado con lo bufo. Algo propio del artista que se ha visto obligado a vivir vigilado por el régimen, a expresar con mucha cautela y disimulo sus verdaderos sentimientos. En esto, al escritor español que más me recuerda es a Cervantes: otro artista inmerso en un mundo lleno de ignorancia, de prejuicios, de ejercicio arbitrario del poder político y religioso, añadido todo ello a la penuria de medios materiales. Y siempre poniendo una sonrisa en la tristeza.

Disfrutemos, mientras podamos, a pesar de los problemas, de la música de Shostakóvich, de la literatura de Cervantes.