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Traducir

Fue una de las actividades a las que más tiempo dediqué en mis años de estudiante, y creo que nunca lo hice con pesar. Me gustaba entrar en un texto que desde fuera parecía un bloque de oscuridad, pero, en cuanto me introducía en él, me iba descubriendo un mundo de sentidos, de matices, de significados, de luces, de belleza.

Curiosamente, los primeros textos que traduje eran textos en español: textos de aquellos que los niños memorizan y repiten como un trabalenguas o un juego de magia, sin buscar un sentido, como si tuvieran entre las manos un trozo de obsidiana que acarician sin pensar en desentrañarlo. Eran las breves oraciones que enseñaban las madres, las abuelas, las catequistas; las poesías populares, las letras de las canciones, las fórmulas de los juegos. Eran como aquella frase que Juan de Mairena mandó traducir al lenguaje poético, la de «los eventos consuetudinarios».

Luego vino lo de traducir del latín, del francés, del griego antiguo, del portugués, del catalán, del español medieval.

Y ahora, entre mis entretenimientos de jubilado, está el de traducir del inglés. Cuando vuelvo a él después de haberlo dejado durante una temporada, lamento el abandono: de este juego, de esta diversión, de este alimento intelectual y espiritual.

Acabo de ejercitar mi pasatiempo en un texto de Noah Gordon, Fruitful Branch —está en la web del escritor—, y me siento gratificado y agradecido.

Un poema de d’Ors

Reconozco que en los últimos años —desde que dejé de dar clase en el instituto— casi no he leído poesía. Quizá porque la vida de los mayores es bastante prosaica: he puesto en consonancia mis lecturas con mi vida.

Otras personas, lectoras o no, tal vez pensarán que en el mundo hay demasiados problemas y tragedias como para entretenerse con poesías, una vez dejados atrás la infancia y el colegio. ¿Debo contestar ahora a esta hipotética objeción? Quizá sí. Pero, como es altamente improbable que quien piensa así entre en este blog, no lo voy a hacer.

O sí. Toda vida humana debe mantenerse, hasta el final, abierta a las experiencias del arte, y por tanto también de la poesía. Para no descender a un estado meramente animal.

Es verdad que la lectura de la poesía requiere algo más de preparación, un mediano —siquiera— aprovechamiento de los años de la enseñanza secundaria. Algún conocimiento de Métrica, una sensibilidad auditiva más atenta para apreciar los sonidos de la lengua, las secuencias que forman.

Los poetas de las últimas generaciones, con frecuencia, han querido apartarse de los ritmos muy marcados, machacones, reiterativos. Pero todos sabemos que no hay ritmo si no hay repetición. Y la poesía necesita ritmo, marcha. O no será poesía.

El autor del poema que voy a copiar ahora es Miguel d’Ors, quien, en este año de 2016 —no sé en qué fecha— cumple o ha cumplido los setenta. Este d’Ors, abuelo ya, nieto del novecentista Eugenio d’Ors, fue durante treinta años, hasta su jubilación en 2009, profesor de literatura en la Universidad de Granada.

Tuve yo una joven compañera de departamento en el instituto que había sido alumna de d’Ors en Granada. Pero esta alumna de d’Ors —antes lo había sido mía en el insti— no llegó a enterarse de que Miguel d’Ors era un excelente poeta hasta que yo se lo hice saber, unos cuantos años más tarde. Es evidente que d’Ors, en sus clases, no se entretenía hablando de sus propios poemas sino de los de otros poetas, lo cual le honra. Aunque parece ser que ese ninguneo de sí mismo, que el profesor d’Ors se aplicaba, era secundado por los otros profesores de la Facultad, que tampoco hablaban del poeta d’Ors.

Probablemente ha perjudicado a su éxito y reconocimiento su actitud como creyente: d’Ors es un Gonzalo de Berceo de su catolicismo. A mí, a pesar de que dejé de ser creyente en la remota adolescencia, eso nunca me ha parecido un obstáculo. No por convertirme en agnóstico o ateo dejé de leer los poemas de Fray Luis de León, de San Juan de la Cruz, o los deliciosos Milagros de Nuestra Señora del aludido Berceo.

El poema que voy a copiar es muy sencillo —la difícil sencillez es característica de d’Ors, como la de mezclar la broma con lo serio—. Se entiende muy bien. No hay que explicarle el contenido a nadie que sepa leer, y menos si ese lector tiene ya una edad.

Es un poema de treinta versos sin rima, salvo algunas asonancias, aparentemente casuales, y el pareado final; y con libre alternancia de dos tipos de versos: los endecasílabos —18 de los 30— y los alejandrinos —dos hemistiquios heptasílabos —siete más siete, que constituyen los otros 12—. Todo ello —más los numerosos encabalgamientos y pausas internas— hace que pueda parecer prosa a oídos poco atentos; pero no lo es. Insisto: son treinta versos meticulosamente medidos.

Al copiar el poema me voy a tomar dos libertades:

Primera: voy a separar las pseudoestrofas con una línea de asteriscos. Esto lo hago porque el procesador del blog me corrige automáticamente el interlineado. Pretendo, por tanto, que el lector vea mejor las partes —pseudoestrofas, porque son desiguales— en que lo ha conformado el autor.

Segunda: pongo doble barra para separar los dos hemistiquios heptasílabos en cada verso alejandrino.

Copio ya. Y ojalá les guste como a mí.

 

ELECCIONES

Salir en bicicleta // o escuchar a Bill Evans,

redondear un soneto // o cortarse las uñas,

hacer la compra o contestar las cartas

que en la mesa se aburren // hace ya dos semanas…

***

Hay que elegir, que preferir; no vale

quedarse en esa O // y arrellanarse en ella,

viendo pasar el tiempo // como desde una hamaca,

porque entonces el tiempo // va yéndose vacío,

dejando atrás la vida, // como un tren que has perdido,

y al fin acabas siempre en el comienzo.

***

Y elección es rechazo. En el remoto

fondo de tu memoria ya te ves

escogiendo: Francés // o Inglés, Letras o Ciencias,

Filosofía y Letras o Derecho,

unas oposiciones o una tesis,

esta ciudad o aquélla. Muy temprano

supiste que la vida se va haciendo

con renuncias, que vamos // dejando a nuestro paso

cadáveres de sueños, de existencias

que algún momento fueron // un futuro posible.

***

Todo lo descartado, me pregunto,

todo lo asesinado ¿a dónde va?

¿Alguien vive las vidas potenciales

que cada uno fuimos // dejando en la cuneta?

¿Hay en algún rincón del mundo alguien

que está ahora siendo lo que yo no quise?

¿Se me parecerá? ¿Será feliz?

¿Estará imaginándome ahora mismo?

***

(Ya sé que todo esto // son ocurrencias, pero,

por si acaso, un saludo, compañero).

15-IX-11

Miguel d’Ors, Atomos y galaxias

Ed. Renacimiento. Sevilla, 2013

Con Hombres buenos

Yo disponía en mi biblioteca de una bien provista sección sobre el siglo XVIII, que incluía libros contemporáneos, memorias, biografías y tratados modernos. Uno de esos libros en especial, recomendado por don Gregorio Salvador, La España posible en tiempo de Carlos III del filósofo Julián Marías, me había sido utilísimo para perfilar la forma de mirar el mundo de los protagonistas del viaje a París. Tenía los cuadernos de notas llenos de apuntes, y bien establecido el punto de vista de los personajes; pero necesitaba un respaldo final: la confirmación de que mi enfoque histórico del asunto era correcto. Así que telefoneé a Carmen Iglesias y la invité a comer.

—Resúmeme a Carlos III y su fracaso —le pedí.

—¿A qué nivel?

—Como si fuera uno de tus más torpes alumnos.

Se echó a reír.

—¿Me prefieres pesimista u optimista?

—Más bien crítica con lo que hubo.

—Pues hubo muchas cosas buenas, como sabes.

—Ya, pero hoy me interesan las malas.

Me miró con cara de lista.

—¿Novela nueva?

—Puede.

Siguió riendo un rato. Carmen y yo éramos amigos desde hacía doce años. Era menuda, elegante y endiabladamente lúcida. Condesa de algo. En su juventud había sido preceptora del príncipe de Asturias. También era autora de media docena de libros importantes sobre ideas políticas, y la primera mujer que ocupaba el cargo de director de la Real Academia de la Historia. Ante ese venerable edificio, casi esquina de la calle Huertas con la del León, la esperé una mañana tras conversar por teléfono. Hacía un bonito día, casi cálido. La idea era dar un corto paseo por el barrio antes de irnos a la taberna Viña Pe, en la plaza de Santa Ana.

Caminábamos en dirección a la calle del Prado, cerca del lugar donde había vivido el bibliotecario don Hermógenes Molina. Aquél, llamado de las Letras, era un barrio peculiar: el convento donde fue enterrado Cervantes quedaba a nuestra derecha, y a pocos pasos estaba el lugar de la casa que ocuparon Góngora y Quevedo. Algo más allá había vivido y muerto el autor del Quijote.

Arturo Pérez-Reverte, Hombres buenos (págs. 110-111)

Después de esta larga copiada, lo primero que tengo que decir es que me lo he pasado muy bien con la lectura de esta novela. Histórica, como casi todas las del autor. Y me ha tenido embebido, mientras me ha durado, por diversos motivos: el tema, la época, los personajes y lugares, la personalidad del autor, siempre presente. En conclusión: lectura sencilla, amena, con gancho.

Tengo la impresión de que Pérez-Reverte, en el panorama cultural español, es un personaje tan notorio que tiene lectores y detractores. Éstos últimos no lo leen pero sí hacen chistes —muy malos— contra él. Allá ellos.

En esta novela el autor ha practicado una técnica insólita y valiente: la de ir rompiendo periódicamente la ilusión de la ficción con páginas de «autorreportaje» en las que va desvelando cómo ha ido realizando las labores de documentación e invención acerca de su relato. A mí esto me ha parecido un gran acierto.

Para lectores poco avisados, yo advertiría que esos episodios de reportaje también son parte de la novela, de la ficción narrativa. Y el mismo autor nos lo hace ver con algún detalle palmario como el cambio de título de algunas de sus novelas anteriores. Así que, si esas páginas son también novela, no debemos buscar en ellas más verdad que la literaria o artística.

No obstante, yo, ahora, voy a intentar exponer mi duda sobre un pequeño detalle de coherencia cronológica en el uso de los tiempos verbales, para lo cual he marcado con color rojo algunas frases.

Cuando el escritor efectúa la redacción definitiva del texto que nos presenta, ¿Carmen Iglesias y él ya no son amigos?, ¿la ilustre historiadora no sigue siendo menuda y elegante?, ¿no sigue siendo la autora de media docena de libros importantes?, ¿no sigue siendo directora de la Real Academia de la Historia?, ¿el madrileño barrio de las Letras ha dejado, en tan breve tiempo, de ser un barrio peculiar?

Por supuesto que imagino un argumento de peso con el que podría replicarme el autor para intentar convencerme de que esos tiempos verbales están bien empleados. Sin embargo pienso que no llegaría a persuadirme del todo, que seguiría yo pensando que eso es meter todo el contenido de la novela en el saco de un tiempo lejano; y no me cuadra.