• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Yatrógeno

Es un adjetivo que encuentro leyendo La doctora Cole, tercera novela de la trilogía de Noah Gordon sobre la saga de los médicos Cole.

El lector no tiene que molestarse en buscar su significado en el diccionario, ya que el narrador lo incluye inmediatamente en un paréntesis. Pero a mí el adjetivo, cuyos dos componentes etimológicos griegos me resultan evidentes (iater, médico; genos, origen), a mí me invita a comprobar si lo recoge la Real Academia en su Diccionario. Y no, no lo recoge. Los académicos tienen miedo a un engorde excesivo del diccionario a base de tecnicismos, prefieren que cada ciencia aguante su jerga; y, sólo cuando los términos se difunden fuera del ámbito de los especialistas, los dejan entrar.

No importa. Tenemos Internet y Google, que rápidamente nos llevan a un diccionario en el que sí viene recogido el adjetivo yatrógeno, y el sustantivo que lo patrocina, yatrogenia o iatrogenia:

Yatrógeno m. producido por el médico, por las técnicas empleadas o por los medicamentos administrados durante un tratamiento.

Iatrogenia

  1. conjunto de todas las patologías o complicaciones producidas por la propia actividad médica.
diccionariomedico.net

Ahora, del término pasemos a la realidad a la que alude (pasemos al referente, diría un lingüista). Resulta algo sobrecogedor, si nos paramos a pensarlo, que quien nos tiene que curar nos haga enfermar.

Sin duda este peligro ha ido disminuyendo a través de los siglos, según la ciencia médica y la tecnología han ido avanzando. Pero, dada la importancia del tema, no nos extraña que sea recurrente en esta trilogía sobre médicos. En el segundo volumen de la misma, Chamán, ya se nos presenta bien patente el problema desde el principio:

Oliver Wendell Holmes […]. Pasó varias semanas investigando el tema, visitando bibliotecas, consultando sus propios archivos y pidiendo historiales a médicos que ejercían la obstetricia. Como quien trabaja con un complicado rompecabezas, reunió una serie de pruebas concluyentes que abarcaban un siglo de práctica médica en dos continentes. Los casos había surgido de forma esporádica y habían sido pasados por alto en la literatura médica. Sólo cuando fueron analizados y reunidos se reforzaron mutuamente y proporcionaron un enunciado sorprendente y aterrador; la fiebre puerperal era causada por médicos, enfermeras, comadronas y personal de hospital que, después de tocar a una paciente contagiosa, examinaban a mujeres no contaminadas y las condenaban a morir a causa de la fiebre.

(Cap. 4)

El texto nos ha situado en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XIX. Desde entonces la cosa ha mejorado bastante.

Para concluir, me pregunto si no debería existir un término equivalente o, mejor, unos cuantos términos equivalentes que remitieran a los daños que proceden de otras profesiones o dedicaciones de las que sólo esperamos recibir (o a las que sólo esperamos aportar) beneficio:

-Los padres en la crianza de los hijos.

-Los encargados de la formación religiosa: sacerdotes, pastores, imanes…

-Los educadores en general.

-Los empleados de la Administración pública: policías, burócratas…

-Los políticos en el ejercicio de tal poder.

De todos ellos, por principio, solo esperamos beneficio. Y cuántas veces nos dan lo contrario.

Solución: no hay ninguna de tipo radical o definitivo. Sólo sirve el esfuerzo continuo, la atenta vigilancia, el celo profesional, la colaboración honrada. Y, poco a poco, se van logrando mejoras.

Peli/libro

Peli

Hace pocas veladas, en casa, yo solo ante la tele, buscando algo que ver, opté por Valor de ley, a pesar de que estaba ya empezada y de que la he visto varias veces.

Desde siempre el wéstern ha sido uno de mis géneros predilectos en el cine. Desde que, siendo apenas un crío, lo veía en mi pueblo, bien en el Corralón del Quini -verano-, bien en la Cuadra del Comparito -invierno-: ambos acabada expresión de lo paupérrimo.

No acabé de ver la peli elegida. Apagué la tele cuando aparecen las serpientes -tema sabia y recurrentemente anticipado en el film- y comienza la parte más heroica para el protagonista masculino, el magnífico Jeff Bridges, la parte más agobiante para el espectador. Renunciaba igualmente a ver el salto final en el tiempo, que no acaba de parecerme un acierto en la película.

Libro

Un poco por casualidad, ando leyendo estos días Chamán, de Noah Gordon. Comencé a leerla, es una novela, y me enganchó sin remedio. No voy ni siquiera por la mitad -continuamente se interponen otras lecturas, otros entretenimientos, otras ocupaciones-, pero, cada vez que la retomo, lo hago con el regodeo de quien se deja caer en un vicio inocente.

Por lo que llevo leído ya de este libro, tengo formada y afirmada la idea de que me está proporcionando un conocimiento más rico, más aproximado a lo que fue la realidad histórica de Estados Unidos a mediados del siglo XIX -el avance imparable de los blancos hacia el oeste, el acoso y eliminación de las poblaciones indias, la vida diaria de los primeros colonos y de los últimos indios, las actuaciones del ejército- que todas las películas del género que llevo vistas en mi vida.

Así que ahora mismo suelto este teclado y me paso a mi Kindle.

Títulos

A los títulos de mis cuadernos de poemas me refiero; a los cuales no llamo libros puesto que no están, ni llevan camino de ello, editados como libros.

Si el visitante de este blog abre la pestaña de nombre Versos, verá que aparecen los títulos de nueve cuadernos:

-Eternamente

-Recogido en la playa

-Cuando llega el dolor

-Calendario de otoño

-Cálamo cano

-Haz de leña

-Pasatiempos

-Grajo gris

-Frutos secos

El titulado Sonetos no cuenta, pues los sonetos que recoge han ido apareciendo, cada uno en su momento, en los otros cuadernos. El cuaderno en el que actualmente guardo los versos que escribo, muchos de ellos ya presentados aquí, en Certe patet, se titula Pureta pirado.

Hace ya bastantes años, no sé cuántos, ideé, como título general para todos ellos, el de Antofonías, que, aunque en principio sólo quería significar «los sones de Antonio», tiene también ciertas resonancias litúrgicas -parecido a antífonas– y de artilugio particular, como greguerías.

Pero, en los últimos meses transcurridos, se ha ido imponiendo en mí el deseo de titularlos Algos. La referencia literaria que contiene tal palabro se encuentra en Don quijote, II, 29.

Hace poco aparecía en el periódico El País una entrevista a Francisco Rico, en la cual decía dos cosas que me llamaron especialmente la atención:

-Yo ya no leo el Quijote, me lo sé de memoria (cita de ídem, como la siguiente).

-A los que se proponen leer el Quijote les recomiendo que empiecen por la segunda parte.

Pues bien, yo, autorizándome en Rico, sugiero ahora, a quien estas líneas lee, que lea el capítulo 29 de la segunda parte; y a lo mejor le resulta tan divertido y sabio que sigue y sigue, y pasa de II, 74 a I,1; y cuando quiere acordar, se ha metido en el alma la magna obra de nuestras letras.

Mejor eso que leer las poesías de Antoñico el gojareño, dónde va a parar.

De todas formas, ahí están mis versos. He escamoteado, o censurado, o excluido, los dos primeros cuadernos (Nictario de caracol y Albores): por humanamente inmaduros, insoportablemente quejumbrosos y técnicamente descuidados. Aunque, quién sabe, quizá literariamente los mejores.

Todos los poemillas que he escrito a lo largo de mi vida, para mí, personalmente, han tenido un valor: el de hacer que me sienta mejor, más contento conmigo mismo. Un valor terapéutico, o literapéutico, por tanto.

Cuando yo muera, en ellos quedará bastante más de mí que en mi cadáver (que bien podría ser almuerzo para las aves de rapiña o pienso para el ganado), y serán bastante más fácilmente conservables, si eso a alguien le interesa: tal vez ocupen menos memoria informática que una simple fotografía.

Y si a nadie interesan, comprendo que nada más lógico: al final, el ancho olvido es el agujero negro que a todos nos aguarda.