• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Ignómine

Cuarenta años publicando -previamente escribiendo, cómo no- sus novelas. Eduardo Mendoza. Publicó la primera en 1975, La verdad sobre el caso Savolta. Y ha publicado la -por ahora- última en este 2015 que ya se está acabando, El secreto de la modelo extraviada.

De todas estas novelas, cinco (El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida, El secreto de la modelo extraviada) tienen por narrador y protagonista a un curioso personaje «ignómine»: nunca aparece su nombre. Teniendo él tan claro parentesco con el pícaro Lázaro, adopta en esto la actitud contraria. Recordemos cómo comienza La vida de Lazarillo de Tormes: Pues sepa V. M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antonia Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.

Con nombre o sin nombre, los dos son el mismo don nadie (dos de tantos don nadie) al que la vida machaca sin tregua; y sin conseguir acabar con sus ganas de seguir adelante, de sobrevivir, de vivir, por muy precarias y penosas que sean sus circunstancias.

Mendoza es un purista del idioma. Y lo mismo lo es este personaje suyo, sin duda tan querido para él; y para sus lectores. Un curioso y divertido contraste: la pulcritud y precisión expresivas de este pobre y zarrapastroso personaje.

Son novelas sin duda juveniles éstas: porque pueden ser muy educativas para los jóvenes y porque los mayores volvemos a sentirnos jóvenes leyéndolas, y con la risa juvenil aflorándonos a la cara sin contención.

Aunque sólo hubiera escrito estas cinco novelas del amigo ignómine, Mendoza ya merecería nuestro perpetuo agradecimiento. Pero su obra es mucho más amplia y más honda. Que cada uno vea a qué parte de ella le mete mano.

El fracaso educativo

Por el diario EL MUNDO -de hoy- me entero de que «El filósofo José Antonio Marina entregará a finales de noviembre el libro blanco sobre la profesión docente, un encargo del Ministerio de Educación que llega en el ocaso de la legislatura».

A ver cuánto contribuye este libro blanco a poner remedio en el desastre educativo. A ver qué sale de las próximas elecciones generales.

Acabo de releer una entrevista en ABC (octubre de 2010) a Xavier Sala i Martín. Este profesor, al parecer, iba a ser el asesor del PP en materia de educación. Por lo que decía en aquella entrevista, parecía que este Xavier Sala (catedrático de economía en la universidad de Columbia) tenía ideas interesantes en materia de educación.

Pero luego el PP ganó las elecciones y Rajoy llevó a Wert al Ministerio. A que acabara de estropearlo todo.

En la tarea social de la educación, es un incesante clamor la petición de amplio consenso entre los grandes partidos; y de la colaboración del mundo productivo (profesionales, empresarios, sindicatos) y de las familias.

El trabajo de Marina, su libro blanco, según parece, se centra en «la profesión docente».

Sin duda los profesores pueden mejorar, y la sociedad debe poner los medios para que así sea. Pero no olvidemos que ya se viene exigiendo mucho a los aspirantes a profesores: titulación universitaria, oposiciones, cursos de formación. Y tampoco olvidemos el estímulo, presión y acicate de estar cada día ante una tropa de alumnos que espera de ellos lo mejor: competencia en la materia, simpatía en el trato, optimismo en las dificultades.

Además, los profesores son sólo un vértice del rombo educativo. Los otros tres vértices son: los alumnos, los padres (las familias) y la doctrina. Entendiendo este último término en su sentido etimológico: lo que se enseña. O lo que disponen leyes, gobiernos, planes y programas que se enseñe. El caso es que no podemos mejorar el vértice alumnos sin mejorar los otros tres.

Y -el quid del asunto- no se puede mejorar una sociedad sin elevar la calidad de su educación.

Alivio

Mañana se cumplen dos semanas de la muerte del escritor sueco Henning Mankell. Murió dos días después que mi suegra, que no era sueca ni escritora: ama de casa, madre de cuatro hijas y un hijo, cuatro veces bisabuela. Mi suegra ha muerto a los 93; Hening Mankell, a los 67.

Yo ando ahora leyendo las memorias de Mankell, Arenas movedizas, un libro precioso. Podríamos decir que es el testamento literario del autor. Lo escribe tras recibir la noticia de que tiene cáncer, y ya con metástasis; y tras recuperarse en parte del impacto que tal noticia le produce.

Arenas movedizas es un libro libre, escrito al vuelo de la memoria, la sensibilidad, el talento y la grave enfermedad del autor. Está dividido en 67 capítulos: uno por cada año de la vida del escritor, ¿casualidad?, y cada uno un conciso tesoro para el lector.

El capítulo 41 se titula «Alivio». Y en él habla de la importancia que siempre ha tenido en su vida este sentimiento, con anécdotas concretas que lo corroboran. Aunque el episodio que más pormenorizadamente cuenta, no lo saca de su propia vida, sino de la del médico rural Edward Jenner.

Yo tengo casi la misma edad que tenía Mankell mientras escribía estas páginas (él nació en el 48; yo, en el 51). Y la estrecha coetaneidad hace mucho a la hora de comprender a un semejante.

Y pienso, mientras leo este capítulo 41, no sólo en el alivio, y en la importancia que tiene en nuestras vidas, sino también en su oponente, en su antónimo, que es también un parónimo: el agravio.

Quizá no había otro juego de adjetivos antónimos más relevante, en la cultura latina de la que procedemos, que los adjetivos LEVIS/GRAVIS; de los que proceden los sustantivos abstractos alivio/agravio.

Si nuestras vidas son un camino, está claro que son un camino con pocos tramos completamente llanos. Lo que abunda en ellas son las subidas y las bajadas. En las bajadas nos aliviamos, en las subidas sentimos el grave peso del esfuerzo.

Así hasta el final del camino.

No sé cómo se ha sentido Henning Mankell en los últimos días de su vida. Espero que se haya sentido en paz consigo mismo y con el mundo, que haya sentido un alivio profundo y definitivo. De mi suegra, acabada a una edad mucho más longeva, sé que para ella la muerte ha sido el retrasado alivio que esperaba con paciencia.