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La Templanza, de Dueñas

La tercera novela de María Dueñas, La Templanza, está a la altura de las dos que la preceden. Aunque no escribiera una cuarta, la autora merecerá, hoy y siempre, un puesto de honor en la narrativa hispánica.

Ciudad de México, La Habana y Jerez son los núcleos de lugar en los que se estructura la historia. El tiempo, en torno a mil ochocientos sesenta y algo.

María Dueñas construye y escribe historias optimistas: tenemos motivos para confiar en la capacidad humana, que va avanzando bien hacia el futuro; y, en el ámbito individual, no hay que rendirse nunca, hay que luchar mientras la sangre fluya por arterias y venas.

Son un canto a la vida estas novelas. Esta tercera lo es sin duda. Un «gracias a la vida». Y siendo ello así, no resulta chocante, al contrario, que las últimas cuatro páginas del libro, bajo el epígrafe de «Agradecimientos», estén redactadas con la misma firme pulcritud de todo el libro. Insisto: no son una enumeración o listado, sino parte de la obra. Y merecen ser leídas con la misma atención, si no más, que todo lo anterior. Aunque los nombres individuales correspondan a personas que nos son desconocidas, leámoslos con atención, pronunciémoslos con cuidado, mentalmente o en voz alta. Y lo mismo o mejor las apelaciones colectivas que van apareciendo: «A los amigos que han recorrido conmigo algunos de estos escenarios», por ejemplo.

Y el broche final, que remite a la dedicatoria inicial, individual, sencilla y emotiva; es esta: «A mi padre, Pablo Dueñas Samper, que sabe de minas y gusta de vinos.» Así que la última frase del epílogo «Agradecimientos» está colocada en ajustada correspondencia de circularidad: «A pesar de ser de principio a fin una ficción, esta novela pretende también rendir un sincero tributo a los mineros y bodegueros, pequeños y grandes, de ayer y de hoy.»

Una buena lectura para agosto esta novela.

Perdón

Ando releyendo la historia del megadepredador, Homo Sapiens. Quiero decir el libro de Harari, De animales a dioses. Hace apenas un mes que terminé la primera lectura: aun así lo que más me apetece es volver a leerlo, frente a otras ofertas que se van presentando en mi mesa de ocioso curioso.

Hace algunos días comencé una lectura de tema más restringido, la historia de España; y a las pocas páginas comencé a sentir claustrofobia. Vuelvo a Harari, me dije, a una historia más grande, a una visión más amplia y a una diversión asegurada. Y en ello estoy. Así que ahora no sé por qué, en lugar de retomar el libro, me entretengo escribiendo estas líneas. Creo que se debe a que me he acordado de un poema de Miguel d’Ors, de su libro Átomos y galaxias. El poema se titula «Perdón», y en él d’Ors evoca y lamenta un lejano día de su infancia en el que, seguramente con una escopeta de aire comprimido como la que usaba yo (unas veces con permiso; y otras, sin permiso), mató una oropéndola. Así que este asesino, que carga en su conciencia unos cuantos crímenes del mismo estilo, otra vez los ha recordado.

¿Cómo un niño del siglo XX podía ser así de despiadado con los hermosos animalillos que vivificaban y embellecían los campos? Eran los genes del megadepredador: no habrá piedad para los débiles, cazar o ser cazado.

Y, ahora sí, vuelvo a mi lectura.

Dos tribunas

Acabo de releer sendas tribunas en EL MUNDO (19 de junio y 25 de junio) de dos mujeres del Partido Popular, Andrea Levy y Cayetana Álvarez de Toledo. Son dos mujeres jóvenes, sólidamente formadas, valientes y dispuestas a llevar adelante la lucha política diaria para la mejora de esta variopinta España.

Si yo viera mucha más madera de la misma calidad en el PP actual, creo que estaría dispuesto a dar mi voto a este partido en las próximas elecciones.

¿Quiere ello decir que defiendo, en política, la opción liberal? Más bien que estaría dispuesto a apoyarla si le veo los valedores adecuados. La misma actitud que adoptaría ante la opción socialdemócrata.

Creo que lo que nos ha fallado, desde que España entró en la vía democrática, no ha sido la opción ideológica y política defendida, sino la honradez personal. Y en sostenella (la falta de honradez) y no enmendalla seguimos. Pero es la honradez personal la que lleva a los estudiantes de secundaria y universitarios a adquirir una sólida formación, la que lleva a los jóvenes profesionales de cualquier sector a rechazar el nepotismo, el clientelismo, la mentira y la corrupción; y la que rige a los mayores para ir dejando, llegado el momento, la responsabilidad y el poder en manos de los mejores de la siguiente generación, mientras ellos se quedan en casa y disfrutan del merecido retiro.

Lo otro, lo de más liberalismo o más socialdemocracia, no cambiará mucho las cosas, si cada ciudadano cumple escrupulosamente sus obligaciones (las de los decretos y las de la conciencia), y no utiliza una doble vara de medir acciones y omisiones: una para sí mismo (y los amiguetes) y otra para los demás.