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Omnia propiora

El mundo está lleno de sufrimiento y de horror. Pero también de regalos y de motivos para la esperanza.

Por el mundo, algunos paisanos se mueven mucho, viajan mucho en avión. La generación de los que ahora son jóvenes es más itinerante y cosmopolita.

Si todos los viajes fueran voluntarios, por placer, estudios, negocios… Pero hay muchas peregrinaciones forzadas, penosas, desgarradoras, trágicas.

A los mayores nos gusta la tranquilidad, movernos por lo conocido, dejar a los jóvenes las experiencias novedosas. A los mayores, paseos tranquilos, asientos cómodos, sabias lecturas.

Estamos maravillados y agradecidos de que nuestras posibilidades de lectores se hayan multiplicado, diversificado, facilitado. Nos siguen gustando los libros en su formato tradicional, pero nos hemos ido aficionando a los modernos soportes: el ordenador, la tablet, el smartphone.

Aunque tenemos en casa algunas voluminosas enciclopedias, ya casi nunca las consultamos, porque nos resulta más cómodo realizar la consulta en Internet.

Y nos hemos hecho habituales de Wikipedia. Muchos, incluso se han hecho editores de la misma; otros, donantes de aportaciones económicas.

Creo que todos nos alegramos y nos felicitamos por el premio concedido a Wikipedia: el Princesa de Asturias de la Cooperación Internacional 2015.

Tanto Wikipedia como estos Premios contribuyen a que en el mundo haya menos horror y más fraternidad.

De animales a dioses

Me llegó la primera noticia de la existencia de este libro en el artículo de Muñoz Molina del 27-09-14, en El País: un comentario entre admirativo y displicente; y tan limitado que, ahora, cuando he acabado de leer el libro, me pregunto -a pesar de mi fe ciega en la ética del jiennense- si él lo había leído, entero y atentamente, cuando escribió su artículo.

Ahora, a posteriori, también he leído la reseña de Martínez Shaw a la que Muñoz Molina alude. Y no me ha gustado. Creo que ocurre que, cuando tenemos dogmas, de fe o de ideología -al parecer es muy difícil vivir sin ellos-, todo lo que atente contra esos dogmas nos provoca rechazo.

Yo lo que digo es que el libro de este profesor israelí, Yuval Noah Harari, me ha parecido la mejor lectura de las no pocas a las que me he entregado en los últimos años.

El libro de Harari responde plenamente al subtítulo: Una breve historia de la humanidad. Desde el comienzo del género Homo, para pasar rápidamente a centrarse en (el) Homo Sapiens -sin artículo aparece siempre a lo largo de la obra-; y para acabar mirando hacia ese futuro nada claro, pero en cualquier caso apasionante y sobrecogedor, que aguarda a nuestra especie.

Es, por tanto, un manual de historia: escrito con el orden, precisión y documentación que este tipo de obras requiere. Y a la vez es una lectura fresca, jovial, amenísima.

En ella pasamos continuamente, de las visiones panorámicas desde una distancia divina, a la proximidad familiar de los hechos concretos y de los ejemplos. Con un constante movimiento de vaivén que, aun leyendo sobre temas trascendentales y sobre casos desastrados -evocando a Manrique-, nos mantiene en el gozo inocente de quien se divierte subido en una vertiginosa atracción de feria.

Harari sí que ha sabido atenerse al principio clásico de instruir deleitando. Que cunda el ejemplo entre los maestros, tan secos y sosos y abstrusos en tantas exposiciones intragables e indigestas.

Por tanto, yo recomiendo la muy gustosa y muy ilustrativa lectura de este libro a todos los que fueron mis colegas, los profes de instituto, especialmente a los dedicados a las ciencias humanísticas. Y a todo el mundo. Y, cómo no, a los alumnos mayores, los de bachillerato.

En estos tiempos, de vez en cuando, nos llega alguna autorizada voz pidiendo que menos historia local y nacional, y más historia universal. Estoy de acuerdo: ampliemos nuestra visión del mundo; no seamos lugareños ni chovinistas ni paletos. Mantengamos nuestra mente abierta.

Ahora bien, si lo que queremos es perseverar en nuestra fe, católica, liberal, marxista o socialdemócrata, entonces no perdamos el tiempo leyendo buenos libros, sino acudamos sin pereza a eso cenáculos en los que piadosamente nos pondrán en la lengua la sagrada comunión, con la cual nos sentiremos cada día más reconfortados y firmes en el camino elegido.

Estar a gusto en mi pueblo

Expresiones con las que alguien declaraba encontrarse en satisfactoria coyuntura. Estamos en el que era mi pueblo hace cincuenta años.

  • Como un marrano en un charco. Creo que la comparación no necesita aclaración ni comentario.
  • Como un choto con dos maes. Traducido: como un cabritillo con dos madres. A veces ocurría: una cabra perdía a su cría y no negaba su ubre a la de su vecina, que así era doblemente mamante y doblemente feliz.
  • A tahá zacuía. En español: a tajada sacudida. Cuando comer era llenar (u ocupar sin llenar) la panzorra con lo que hubiera, o sea con forrajes de mala calidad; o, si se comía carne, alcanzar sólo unas hebras dispersas en salsaguate; entonces, tener la fortuna de comer carne sin estorbos de salsa, eso era comer de verdad.
  • Le amarga el azúcar. Castellano perfecto. Comprábamos el azúcar por cuartos de kilo, envueltos en papel de estraza, en la tienda de la Quinita o en la de la Pirula. Se la echábamos al café (cualquier líquido oscuro y medio caliente se llamaba café); y casi contábamos los microgramos o microgranos. ¡Cómo tenías que estar de sobrado para que te amargara el azúcar!

Ahora la gente utiliza otras expresiones, que demuestran que, con la comida buena y abundante, se han desarrollado muchísimo la inteligencia, el ingenio y la gracia:

  • Más a gusto que un arbusto. ¡Qué hallazgo el de la rima consonante, que rotundidad! Insuperable.
  • Más feliz que una perdiz. Su evocación -paradójica- del final de los cuentos populares infantiles resulta gloriosa. O más. Esta la utilizaba ayer en su artículo ( en El País) mi admirada y querida Elvira Lindo.

Querida Elvira: no te pases de llana; que, entre la llaneza cervantina y la de muchos modernos de encefalograma llano, hay un abismo.