• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

No es una novela

Vuelve a mis manos, no sé cómo, el último -por ahora- de Muñoz Molina, Como la sombra que se va. Lo leí antes de Navidad, o sea hace un mensiglo. Aun con tanto retraso, voy a aprovechar este reencuentro para plasmar aquí algunas consideraciones que me fueron surgiendo durante su lectura. Y vaya por delante, por si hubiere duda, que soy devoto de San Antonio Muñoz Molina desde El invierno en Lisboa.

Primera consideración. Acerca de la amplia sonrisa profidén del autor en la foto de la solapa de portada. No es un selfie, claro está. La foto la ha hecho Ricardo Martín. Pero el autor del libro habrá dado su consentimiento para que sea esta la foto suya que aparezca. ¿Se ha seleccionado por contraste? En sus libros y artículos -no sé en su vida privada- Muñoz Molina manifiesta la misma carencia de humor -eso que inspira las sonrisas e incluso las carcajadas- que un santo románico de piedra. Y en ello el presente libro no es una excepción. Tampoco el tema principal se presta mucho para la risa: la triste vida de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King.

Segunda consideración. Acerca del empeño del autor en llamar novela al libro. Término que repite a lo largo de la obra; y con más insistencia en el colofón, la «Nota de lecturas, agradecimientos». Sólo en la última página, la 531: «obtener materiales decisivos para la escritura de una novela», «agradecer algunos pormenores cruciales de esta novela», «La novela está dedicada a ellos cuatro». A mi modo de ver, este libro no es una novela, no inventa nada, a lo sumo algún detalle de la vida de la vida íntima o privada de Ray. En su estructura, el libro va alternando, o trenzando, capítulos sobre Ray y capítulos sobre el autor; de modo que, según el capítulo en que estemos, percibimos un reportaje muy documentado y muy literario o nos encontramos con un ensayo autobiográfico. Acogiéndonos a la expresión usada por el cura amigo/enemigo de Alonso Quijano/don Quijote -conversación con el canónigo de Toledo, al final de la primera parte-, cualquier novela puede hacer uso de la «escritura desatada destos libros», pero no cualquier libro de escritura desatada es una novela.

Tercera consideración. Acerca de la destinataria del escrito. Porque, desde las primeras páginas hasta las últimas, encontramos que el autor se dirige a una destinataria concreta, como quien escribe una larga carta personal, que no es ni puede ser otra persona ni personaje que su esposa, la escritora Elvira Lindo. Desde las primeras páginas: «tu presencia junto a mí y en el espejo, la penumbra que siempre te gusta modular, echando cortinas, apagando luces, dejando puertas entornadas» (página 15). Hasta las últimas: «Si tú no estás, hacia las nueve de la noche paro de escribir» (página 523). Y no resulta nada coherente que a su compañera de casa y de viajes de investigación y documentación se dirija. Una actitud lógica esperaría un destinatario que desconozca, al menos en su mayor parte, el contenido del escrito, no una destinataria que ha asistido a su gestación desde la concepción hasta el parto. Lo mismo que carece de lógica que, en el colofón, la segunda persona () se convierta en la tercera persona (Elvira Lindo), ni que la destinataria se convierta en dedicataria: «La novela está dedicada a ellos cuatro, y a Elvira».

Concluyo. Con una cita de memoria, no literal pero casi. Recuerdo que cuando apareció publicada La noche de los tiempos (2009), esta sí que novela, y de bastante mayor extensión que la sombra que se va, José Luis García Martín hizo en su blog (Café Arcadia: ved el enlace en la columna de la izquierda) un comentario ambiguo y maligno: Para saber que esta novela de Muñoz Molina es una obra maestra no hace falta leerla, afortunadamente. Yo digo que sí, que hace falta leerla, leerlas. Y afortunado aquel que puede gozar de su lectura.

Careo

Presento, copio aquí debajo, un artículo reciente de Javier Marías (El País Semanal) y la crítica que le hace, en la misma fecha, José Luis García Martín.

Ambos son escritores de prestigio, aunque el reconocimiento y popularidad (ediciones, premios, traducciones…) sean muchísimo más abultados en el caso de Marías. García Martín tiene una autoridad innegable entre los aficionados a la poesía -a leerla y a escribirla- y poco más.

Yo, de los dos, he leído muchos cientos de páginas. En los primeros años, con gran entusiasmo y admiración. Después, con el paso del tiempo, se me fueron haciendo un tanto previsibles, menos geniales.

Lean ustedes ahora, si les apetece, ambos textos:

MIRA LO QUE HAGO

Javier Marías – 30 NOV 2014

No por sabida la situación, impresionaba menos la fotografía que ilustraba el reportaje de Guillermo Altares del 1 de octubre en este diario: una patulea de sujetos ante La Gioconda, en el Museo del Louvre. El batiburrillo es tal que cuesta individualizarlos y contarlos, pero creo que son unos treinta (más no captaba el objetivo, pero seguro que más había), de los cuales sólo tres se puede asegurar que estén mirando –intentando mirar, mejor dicho– el pequeño cuadro. Mirándolo de veras. El resto está dedicado a hacerle estúpidas fotos con sus estúpidos móviles. Aún habría sido posible una imagen más escalofriante o deprimente, por lo que relataba el reportaje: la de una patulea equivalente dándole la espalda al famoso retrato (no muy atractivo, según mi criterio) para hacerse un selfie en el que se viera a cada visitante con la pintura al fondo, como adorno. Las últimas veces que estuve en esa sala, hace ya años, el panorama era desolador, pero no tanto. La gente se agolpaba ante La Gioconda –no recuerdo si se permitía fotografiarla entonces–, mientras desdeñaba uno o dos cuadros más de Leonardo da Vinci que se hallaban allí mismo, no digamos las maravillas de otros maestros repartidas por el museo. Pero al menos la marabunta no daba la espalda al objeto de veneración superficial, es decir, la “obra maestra” no había pasado a ser un mero escenario, un mero decorado de lo verdaderamente importante: uno mismo.

Es innegable que una de las causas de la imbecilización del mundo es la publicidad; que la humanidad lleve décadas sometida a ella –a un perpetuo bombardeo de ella– ha traído sus consecuencias. Mucha gente quiere ser cada vez más como la gente de ficción (y cretina) de la mayoría de los anuncios televisivos, y éstos han popularizado dos slogans particularmente nefastos: “Yo estuve allí” y “Este es un acontecimiento histórico e irrepetible”. Se considera “acontecimiento histórico” cualquier chorrada; desde la entrada de una tonadillera en la cárcel hasta la primera vez que Messi sale al campo disfrazado de senyera. Y sí, claro, todo es “histórico e irrepetible”, también este trivial momento en que yo escribo este artículo, pero a quién diablos le importa tamaña insignificancia. A cada individuo que presuma de “haber estado allí”, sea “allí” el Camp Nou con Messi vestido de bandera o la caída del Muro de Berlín en su día, habría que contestarle con crueldad merecida: “¿Y? ¿Tuvo usted alguna influencia? ¿Habría dejado de suceder la cosa si se hubiera ausentado? ¿Es usted mejor por haber formado parte de una masa? ¿No sabe que por televisión millones han visto lo mismo y podrían afirmar haber estado también allí, aunque no fuera cierto, y contarlo probablemente con más detalle?” Supongo que para combatir esta última pregunta están los selfies: “He aquí la prueba, véanme con La Gioconda como ornamento, o con el Adán de Miguel Ángel y su dedo”. Pero claro, resulta que la Capilla Sixtina recibe actualmente 22.000 turistas diarios, y nunca hay menos de 2.000 personas allí congregadas, una permanente muchedumbre. ¿Qué más da que esté usted ahí, sin mirar los frescos, si su supuesta “unicidad” la comparten millares a diario?

Todo es raro y contradictorio hoy en día. Demasiada gente ingenua se ha convencido de que cosa que cuelga en las redes (Facebook, Twitter o lo que sea), la va a contemplar el universo mundo, cuando lo más seguro es que pase tan inadvertida como las sesiones de diapositivas a que antaño se sometía a cuatro amistades cuando nuestros padres volvían de un viaje, o como los comentarios que se hacían en el café ante los compinches habituales. La gente está demasiado ocupada colgando sus fotos y lanzando sus tuits para molestarse en ver o leer los de los demás. El lema de nuestro tiempo debería ser: “Cada loco con su tema”, y el único tema –y de todos– es uno mismo. “Mira lo que me voy a comer”, y envían foto de un plato. “Mira dónde estoy”, y envían la de un vertedero o una puerta o la espantosa estatua gigante de una rana en el Paseo de Recoletos (ya hablé de esa afrenta). “Mira con quién estoy”, y arrojan la de un locutor o caricato con los que se han topado en la calle. “Mira lo que estoy viendo”, y ahí van sus selfies ante La Gioconda, proclamando que pueden estar viéndola, pero desde luego no mirándola.

Todo esto recuerda a los niños pequeños que precisan la constante atención de la madre o el padre: “Mamá, mira lo que hago”; “Mira, papá, ahora sin manos”. El niño necesita testigos para asegurarse de que efectivamente está en el mundo y existe (todavía se está acostumbrando a la novedad, y requiere confirmación incesante: ¿verdad que no soy una figuración, pues hago cosas y las veis?). Esa inseguridad inicial solía pasarse, y bastante pronto. Ahora da la impresión de que no se pasa nunca, de que las personas exigen contar con espectadores y espejos de todas sus actividades, hasta de las más vulgares. Un síntoma más de la creciente e inacabable puerilización del mundo. Uno se pregunta a veces si quedan muchos individuos capaces de disfrutar de algo sin ser contemplados en su disfrute. De un paseo, de un paisaje, de una obra maestra pictórica que no sea banalmente célebre, de un edificio o rincón en el que uno fije la vista por su cuenta, sin que se los hayan señalado una página web o una guía. Si queda algo autónomo y que se aprecie en sí mismo, y no como decorado de nuestro insaciable narcisismo.

elpaissemanal@elpais.es

 

LAS FIGURACIONES DE JAVIER MARÍAS

José Luis García Martín 30 NOV 2014

 

Ya sé, ya sé que reírse de las tonterías de los demás es una mala costumbre. Pero a veces no puedo evitarlo. Por ejemplo, al leer los artículos dominicales de Javier Marías. Cuando parece que no puede superarse, siempre da un paso más allá. Hoy, por ejemplo, arremete contra la publicidad, “una de las causas de la imbecilización del mundo” y contras los “estúpidos móviles”, pero lo que más destaca de su artículo es su peculiar conocimiento de la psicología infantil: “El niño necesita testigos para asegurarse de que efectivamente está en el mundo y existe”. Por eso le pregunta continuamente a sus padres: ¿Verdad que no soy una figuración, pues hago cosas y las veis?”

            Y menos mal que no dice que los niños preguntan “¿Verdad que no soy una entelequia?”. Toda su diatriba contras las redes sociales, los teléfonos móviles y la patulea de la gente común demuestra un desconocimiento aún mayor que el que tiene de los niños.

            Qué gran humorista involuntario nuestro más afamado novelista contemporáneo.

Café Arcadia. El blog del escritor.

 

Reconozco que este artículo de Marías me parece muy bueno, muy fundamentado en la realidad social de nuestro presente, y muy bien escrito. Esto último, lo de «muy bien escrito», debería sobrar: Marías es un purista del idioma: no sale de su máquina nada imperfecto.

En cuanto al contenido del artículo, diré que estoy de acuerdo en todo. Por desgracia, refleja el ambiente de estupidez general en que nos movemos, a pesar del mucho gasto, durante las últimas décadas, por parte del Estado y de las familias, en educación.

No han pasado aún tres años desde que Vargas Llosa publicara su ensayo La civilización del espectáculo; pero está claro que hemos dado un paso más hacia la plena frivolidad y estupidez: cada uno de nosotros, pobres imbéciles, tiene que estar en el escenario, no se va a conformar con estar entre los espectadores.

En cuanto a la crítica de García Martín, tengo que decir que me parece liviana, poco razonada, descuidada en la escritura a pesar de su brevedad, y demasiado familiar para ser un texto de difusión planetaria.

Parece obvia -aunque no conozcamos el origen- la inquina de Martín contra Marías. Pero, por antigua y enconada que sea, no justifica estas frases tan frívolas, tendenciosas, tergiversantes.

Se me ocurre, ahora sí, un punto por el cual García Martín haya podido sentirse aludido por este artículo de Javier Marías: Martín tiene una afición un tanto desmesurada a colgar fotos suyas, de su cara y persona, en su blog. Se ve que se sigue sintiendo guapo y coqueto, a pesar de que en una calle concurrida será tan invisible como cualquier sesentón disfrazado de sí mismo.

¿Se me ocurre algún otro motivo para explicar la ostentada malquerencia de Martín hacia Marías? Pues uno tan antiguo, probablemente, como la misma humanidad: la pura envidia cochina.

Elegía

Entre la mañana de ayer y la mañana de hoy, en un par de cómodas sentadas, he leído Elegía [Everyman, 2006], de Philip Roth.

Quedé sobrecogido, anonadado y como aplastado a la vez que entusiasmado, cuando leí su Trilogía americana. Y experiencia similar he tenido al leer esta novela de estrictamente ciento cincuenta páginas en esta edición (Debolsillo, 2010).

Tanta vida, tanta muerte y tanto arte literario hay en esta pequeña magna obra, que yo, sintiéndome incapaz para comentar ni siquiera una línea, voy aquí a detenerme ante sólo una palabra; no de la obra original, sino de la traducción, de Jordi Fibla; aunque para ello es necesario que copie toda una línea, de la página 90 en mi edición:

[…] obviando los defectos de aquellos que le eran queridos […]

El traductor ha usado el verbo castellano ‘obviar’ con perfecto conocimiento de su significado. La primera acepción en el DALE (Diccionario de las Academias de la Lengua Española) es: Evitar, rehuir, apartar y quitar de en medio obstáculos o inconvenientes.

El personaje al que se refiere la frase, efectivamente, evita afrontar, rehúye, aparta de su vista «los defectos de aquellos que le eran queridos», empezando por su padre.

-Entonces, Antonio, ¿cuál es el problema que nos quieres contar?…

Voy a ello, no te impacientes… Resulta que, según su etimología, el verbo ‘obviar’ debería significar justamente lo contrario, algo más bien parecido a lo que encontramos en la segunda acepción del DALE: Obstar, estorbar, oponerse.

Porque lo obvio -el adjetivo sí que respeta la etimología- es lo que se nos plantifica delante de las narices y no tenemos más remedio que verlo.

¿De dónde le viene al verbo la primera acepción? ¡Qué sé yo! La lengua, el idioma, no lo hacen los más cultos, lo hacemos entre todos: ignorantes, cultos y semi-.

El caso es que a mí no me gusta que se use el verbo ‘obviar’ con ese significado tan contrario a su etimología, que encontramos en el himno del Domingo de Ramos: obviaverunt Domino: salieron al encuentro del Señor. Eso es obviar: salir al encuentro.

Pero, en el pasaje de nuestra novela, el personaje no quiere «salir al encuentro de», sino todo lo contrario.

Yo utilizaría el verbo ‘soslayar’ que es el que etimológicamente significa apartar, poner a un lado, para no tener de frente, para no tener que ver.

Ahora bien, reconozco que mi ignorancia es pareja a mi atrevimiento. Así que soslayad mi comentario y leed Elegía.