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El oficial alemán y el pianista

Insisto en que, a lo largo de las dos últimas décadas, he visto muy poco cine. Acorde con mi idea de que «el séptimo arte» es una afición de juventud.

No obstante, anoche vi en la tele una muy buena película, desde cuyo estreno han transcurrido ya doce años: El pianista, de Roman Polanski.

Es una película impactante, fuertemente impactante; y un derroche de calidad cinematográfica, por supuesto.

Aquí sólo voy a comentar algo acerca de algunas de las últimas secuencias. A partir de la aparición del oficial alemán. Qué contraste tan fuerte entre su aspecto impecable y la enorme devastación y ruina que lo rodea, que incluye al pianista.

Queda patente que es un oficial de vocación. Un militar hondamente imbuido del sentido de la dignidad de su profesión. Aunque ahora se esté cuestionando -o renegando de- algunas de sus creencias más importantes. Pero sigue actuando automáticamente según otras. Ayuda al pianista, aunque sabe que es judío. Sabe que es judío y que es un gran pianista: lo ha oído tocar. Pero todavía no sabe su nombre.

Cuando vuelve a buscarlo y no lo ve -no puede saber dónde está exactamente, ni si está-, podría haberlo llamado con el apelativo de «pianista»; pero no: lo llama con el apelativo de «judío».

Ahora bien, he aquí la escena que choca con el espíritu castrense de este oficial: la escena en la que, derrotado el ejército alemán y acabada la guerra, aherrojado él en un campo de prisioneros repleto de soldados alemanes, con aspecto ya desastrado, abatido e indigno, busca la salvación personal argumentando que él había ayudado al pianista polaco Szpilman. ¿Dónde está tu sentido de la dignidad militar, capitán? ¿No te importa la suerte de tus compañeros, quieres salvarte solo?

Sin embargo, el director de la película nos ha dado previamente una explicación clara y suficiente para tal actitud: el «retrato en sepia» que este capitán tiene en su mesa de oficina, ampliamente mostrado por la cámara, en el que él aparece feliz con su esposa y sus hijos.

Este capitán está «cautivo y desarmado». Pero también está ansioso por volver a ver a su mujer y a sus hijos. Aunque sólo sea una última vez.

Así lo entiendo yo al menos. Acordándome al mismo tiempo de otro militar que, además de militar, era poeta y enamorado: Garcilaso de la Vega. Y acordándome, no de un soneto en el que él cuente su propia historia, sino de uno en el que evoca la historia mitológica de Leandro, el soneto XXIX. El cual Leandro, para ver a su amada Hero, cruzaba a nado, cada noche, el Helesponto. Atrapado en el mar por la tormenta una de esas noches, pide a las olas que no lo maten ahora, a la ida, que lo maten a la vuelta, cuando ya haya visto una vez más a su amor.

Y eso es lo que, según yo pienso, quería este capitán atrapado por la deletérea tormenta de la guerra: ver una vez más a los objetos de su amor, antes de morir.

Leer a Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte tiene muchos lectores y algunos detractores. Yo me encuentro entre los primeros.

Hay una coincidencia que, a él escritor y a mí lector, nos aproxima: somos coetáneos, con solo unos meses de diferencia en el nacimiento. es probable, por ejemplo, que, en nuestros años de formación, en aquella España miserofranquista y tristecatólica, estudiáramos los mismos libros de texto, y que nuestros profesores estuvieran cortados por patrones biográficos bastante parecidos.

Hace años -no sé cuántos: últimamente todos pasan veloces- mi compa JC, uno de los verdaderamente aficionados a la lectura, después de reconocer que Pérez-Reverte le gustaba mucho, le ponía un reparo: era demasiado fácil. Para mí sobraba el «demasiado». ¿Qué conductor -otro ejemplo- se quejaría de que una carretera es demasiado ancha, o demasiado recta, o demasiado bien señalizada?

En el instituto, un curso se nos ocurrió poner en 3º de ESO el primero de los Alatristes como lectura obligatoria. Y los muchachos se quejaron mucho: era demasiado difícil, no entendían nada.

No entendían nada aunque tenían quince años y ya llevaban nada menos que doce escolarizados. ¡Qué vergüenza para ellos, para sus padres, para sus profesores, para su puñetero Gobierno!

Esta última semana, en su página de XLSemanal, Reverte, escritor y marino, nos hablaba de la biblioteca personal que lleva en su velero. Naturalmente, como todo buen escritor, él ha sido, desde su tierna infancia, un voraz lector. Ahora, en esta página, asoma la melancolía de que el tiempo se acaba, se le acaba al hombre y al lector:

[…] siempre existe la melancólica certeza de que, por mucho que vivas, nunca acabarás de leerlos todos; que la vida tiene límites, que siempre habrá libros de los que te acompañan que apenas abrirás nunca, y que un día, tanto ellos como los ya leídos caerán en manos de otros lectores: amueblarán otras vidas.

 Yo, su coetáneo, me planteo ya la posibilidad, para el futuro que me quede, de no leer ningún libro nuevo; y dedicar mi tiempo de lectura a releer lo bueno hasta aquí leído. Aunque no me decido del todo a seguir este criterio. Más me atrae una posición intermedia: no me voy a meter en lecturas de autores para mí desconocidos, pero seguiré leyendo obras nuevas de autores que ya están instalados en mi vida como amigos leales, de los cuales acoger un libro nuevo es como era antes recibir una carta de un familiar lejano y querido, del que nunca nos olvidamos por mucha distancia que nos separe.

Caperucita y el Lobo

 Algunos cuentos tradicionales -no sé si todos- nos ofrecen una visión fundamental de la vida humana. Así este, que Perrault recogió de la calle a finales del siglo XVII y los hermanos Grimm reescribieron a principios del XIX. Yo lo esquematizaría diciendo que divide el mundo humano en tres categorías: buenos, malos y débiles. Pero el primer problema que se nos plantea es el de los parecidos y las simulaciones: malos que parecen -o se disfrazan de- buenos, etc. Con lo cual todos debemos andar muy atentos si no queremos caer en la confusión. Ayer la columna de Manuel Vicent en EL PAÍS se titulaba -y se sigue titulando hoy- «El bosque». Copio las últimas líneas para los que, sin leerla entera, quieran hacerse una idea acerca del tema y el mensaje:

Caperucita ha decidido quedarse el sábado en casa y su abuelita está muy contenta porque la cree a salvo de los malos. La abuelita no sabe el peligro que corre su nieta adolescente en su cuarto si comienza a adentrarse en el bosque de Internet con la tableta. Puede que, de repente, a altas horas de la noche se vea con terror a sí misma posando de forma obscena en la pantalla. ¿Quién le robó esa foto? Bajo su imagen aparece un mensaje de amor que le manda un desconocido. Así comienza un lobo digital a comerse a Caperucita.

 Yo creo que los padres y los abuelitos de las -y los- adolescentes que no conocen todavía el peligro de que aquí habla Vicent, tampoco van a leer su columna. Pero, en fin, quizá alguien pueda llegar a advertirles sobre el asunto de una manera más clara y directa. Tampoco yo hubiera recogido aquí este tema sin una lectura reciente: la última -por ahora- novela de Isabel Allende, El juego de Ripper. En los episodios cercanos al desenlace la autora nos da una serie de pistas para que asociemos esta obra suya con el cuento de Caperucita. Como si el cuento de Perrault fuera una pieza tocada en un solo de oboe y ella lo hubiera convertido en una sinfonía. Copio unas cuantas frases:

[…] Amanda, que había retrocedido a la infancia -iba cabizbaja, chupándose el dedo, con la capucha de la parka metida hasta los ojos, a punto de echarse a llorar- […].

(Página 337)

«El Lobo, la firma del asesino», alcanzó a balbucear antes de doblarse y vomitar sobre la silla ergonómica de su padre.

(Página 347)

[…] confiaba en su instinto de cazador, como llamaba a esa parte de su cerebro que le permitía descubrir pistas invisibles, adivinar los pasos que había dado y daría su presa, saltar a conclusiones sin fundamento lógico y casi siempre acertadas.

(Página 362)

 Mi intención, claro está, no es hacer un análisis de El juego de Ripper. Ahí está el libro para quien quiera leerlo. Pero sí concluiría con un mensaje a los mayores que entretienen con un cuento a los pequeños -todos los mayores en alguna ocasión-: que se apliquen el cuento.