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Un libro

Lo he leído estos días atrás. Pasó que empecé a leerlo en medio del curso, y leí la mitad, doscientas cincuenta páginas, prácticamente del tirón, creo recordar que en el Puente de San Matías. Luego los trabajos del instituto me hicieron abandonarlo. Nunca he sido capaz de acostumbrarme al método de un ratito de lectura cada día, pasito a paso. “Uva a uva, se comió una zorra una viña”, dice el refrán. Pero yo no soy esa zorra, soy la del atracón, la de llegar una noche a una viña y vendimiarla de golpe: “Más vale una panzá que cien panzaíllas”, solía decir un jefe que tuve hace tiempo.

Así que en unos días de la semana pasada, gracias al verano vacacionero, he retomado este libro, he disfrutado primero de releer las doscientas cincuenta páginas que ya había leído, y he continuado hasta el final, hasta el melancólico final, con el mismo impulso.

Ahora, distraídamente, antes de colocarlo en su lugar de la estantería, lo hojeo y me fijo en algunas de las frases que he subrayado. Copio aquí una muy breve de la página 60: “Nací en un planeta, no en un país”. Me gusta esta frase, el rechazo de los patrioterismos catetos que manifiesta. Otras frases históricas y lapidarias de similar contenido recordamos; por ejemplo, aquella tan hermosa del Padre Feijoo: “Para el hombre magnánimo, todo el mundo es patria; para el hombre santo, todo el mundo es destierro”. La del libro al que me estoy refiriendo ahora tiene la ventaja de la brevedad, responde a la sensibilidad funcional y antirretórica de nuestro tiempo.

Y hora es ya de enseñar la portada del libro: Amin Maalouf, Los desorientados. Que yo sepa, es el último por ahora del autor.

Todo lo que he leído de Maalouf me ha encantado. Y en este último el autor me ha parecido igual de sensible y fino que en los anteriores, igual de cosmopolita y de bien orientado.

O sea, es un autor que recomiendo sin reservas: enriqueced vuestro verano con su lectura.

 

1226

El mundo se podría dividir en tres clases de personas: los que no leen nunca la Biblia, los que la leen habitualmente, y los que se apañan con los fragmentos que les lee el cura cuando van a la iglesia.

Yo Fui lector de este “libro de libros” en mi infancia y primera mocedad. Y ya dejé escrito, en una de las páginas que han ido desfilando por esta certepática ventana, que mi primer libro de lectura fue un ejemplar -de pastas rojas, rígidas y rugosas-, no más grande que mi menuda mano de entonces,  un ejemplar de Los cuatro evangelios. Hablamos de hace más de medio siglo.

Hace un par de años me merqué el preciosamente editado volumen de la Sagrada Biblia –Biblioteca de Autores Cristianos, texto autorizado por la conferencia Episcopal Española, Toledo, 2010-. Y me propuse leerlo al ritmo de tres capítulos por día. Pero al poco tiempo fue quedando relegado mi propósito, de modo que no pasé del final del segundo libro, Éxodo. Ahora, no sé si en conexión con las reflexiones propias del comienzo del año, he renovado mi deseo de acometer esta empresa de lectura de manera más suave: no tres capítulos por día sino solo uno. Y, por curiosa curiosidad, he querido saber el monto –o monte o cordillera- de capítulos al que me enfrento. Los acabo de contar; y me ha salido el número que da título a esta entrada: 1226; o sea, 1100 capítulos más que el Quijote, que tiene 126 (es verdad que los de Don Quijote son más largos). O sea, que si cumplo mi promesa –para lo cual hace falta que la vida me cumpla a mí-, acabaré dentro de tres años y medio, o poco menos.

Ahora mismo no me arredra la empresa. Me gusta leer. Y creo que les debo este repaso a mis orígenes.

Una película

Anoche vi una película francesa; cuyo título no voy a escribir aquí, ya que no tiene ninguna relación suficientemente clara con el argumento o con los personajes.

Una buena película, con la típica acidez del humor francés, mezclada con una dosis de la amargura inherente a la inmigración.

Humor y sobriedad narrativa, de modo que el drama presentado no se convierta en melodrama, aunque la historia contenga el ingrediente básico del melodrama en alta proporción: el contraste, la oposición, la antítesis, en la proximidad de la pareja protagonista. No, no son un hombre y una mujer, ni viceversa: son dos hombres. Uno, de pura cepa francesa, blanquito de piel por tanto, maduro, muy culto y refinado, riquísimo y tetrapléjico. El otro, un senegalés transportado de niño, negro como el azabache, rabiosamente joven, con la escueta cultura de la supervivencia en la calle, pobre como una rata, y un hermoso ejemplar de la negritud.

Por decir algo de los demás personajes, diremos que también se oponen entre sí: secundarios con relieve y significación en el comidrama, y comparsas o peleles.

Y ahora, a lo que voy…

El cine es arte exprés. El arte de la seducción rápida: tiene que enganchar al espectador desde el primer momento, y mantenerlo en vilo durante hora y media. Tiene que conseguir que el público de la sala –o de la salita- se le entregue sin reservas mentales en su adhesión, que se quede embobado mirando y oyendo lo que ocurre en la pantalla. Será después del final cuando el espectador podrá pensar y analizar si ha sido sabiamente seducido, incluso abducido, o solo embaucado.

Casi habría que creer que tienen más mérito los que hacen una película que mantiene al espectador en esa situación de entrega, y después del final este no tiene más remedio que reconocer: ¡Menuda estupidez que nos hemos tragado!

No es este el caso de la película que yo vi anoche: esta es una buena película de verdad. Pero, si ahora me pusiera a analizar la presentación que se hace de la historia, no tendría más remedio que concluir que los autores –en plural: una película es una obra colectiva- han puesto su talento y su arte al servicio de la seducción, no al servicio de la historia misma.

Quizá por eso la seductora pareja protagonista dedica su tiempo a actividades muy diversas; entre las cuales no parece encontrarse la de sentarse, o ser sentado, delante de la pantalla y ver una película.