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Una palabra fea

Mi padre, como buen andaluz, era aficionado a bromas verbales, chascarrillos y facecias de los de entretener el tiempo charlando. Maneras de entretenerlo que son las más baratas del mercado. Así que mi padre usó mucho la palabra fea a la que se refiere el título, para referirse a esas ocurrencias elocutivas de que él tanto gustaba: chupaletrinas. Es un compuesto que no recoge el DRAE; ni con el significado con que lo usaba mi padre ni con ningún otro.

Yo, ahora que lo pienso, dudo mucho que mi padre, a pesar de su afición a los juegos de palabras, cayera en la cuenta del significado literal del palabro. Porque mi padre jamás pisó una escuela. Aprendió, sí, algo, a leer y escribir en el ejército español, del que formó parte durante seis años: tres años de mili, lo licenciaron, y a los pocos días fue la guardia civil a requisarlo para que chupara guerra. Lo que hizo hasta que esta acabó y lo licenciaron. Sabía, seguro que sí, lo que eran letrinas; pero no asoció, seguramente que no, las letrinas cuarteleras con los chascarros que él llamaba “chupaletrinas”.

Mi pueblo distará, en línea recta, unos diez o doce kilómetros del pueblo natal de García Lorca. Así que el feo verbo de que hablamos era común a los dos pueblos. Lorca gustó de llevar a su teatro el habla pueblerina de son coin: parla que oiría sobre todo en la voz de las viejas comadres y en la de las sirvientas de la casa, no en la de su madre, quien, como maestra del pueblo, usaría, ante sus alumnos y su hijo, otro registro más pulido.

Así que no resulta demasiado chocante que, en La zapatera prodigiosa, la prodigiosa dijese a su marido, aunque ella no sabía que lo era (pensaba que se trataba de un ambulante titiritero):

¡Sí! ¿Ve usted todos esos romances y chupaletrinas que canta y cuenta por los pueblos? […] Pues todo eso es un ochavo comparado con lo que él sabía… Él sabía… ¡el triple!

Son palabras con las que pondera por partida doble –ante el marido presente y ante el recuerdo del ausente- la picolabia de su anhelado zapatero.

Y yo concluyo preguntándome: ¿Habría caído Federico García en la cuenta del vomitivo significado literal del vitando vocablo; o le habría pasado tan inadvertido como a mi cuasianalfabeto padre?

Notario

En los meses del verano que –qué pena- se acaba de acabar, he leído unas cuantas novelas de doña Carmen Martín Gaite. Lo que, entre otras consecuencias, ha traído la de que me encariñe más con la autora. Si pasas muchas horas con un amigo, con un compañero de trabajo, con un vecino de cama en el hospital, lo normal es que aumente en ti el afecto que sientes por él. Pues lo mismo si pasas muchas horas, voluntariamente además, leyendo lo que ha escrito un autor, una autora.

En las obras de Martín Gaite hay dos factores, dos tendencias, que se complementan: el realismo y el romanticismo. El realismo dice: “La vida es así. Lo sabes por tu observación y por tu experiencia”. Y el romanticismo responde: “La vida humana puede ser mucho más bella, puede ser maravillosa; y no debemos conformarnos con menos, sino luchar por esa plenitud que casi nunca se consigue”.

La reina de las nieves es la novela de esta autora que he terminado de leer recientemente. Uno de los personajes que aparecen en ella es un notario, don Octavio. El personaje es un dechado de profesionalidad, inteligencia y bondad. Un personaje que se gana nuestra simpatía en pocas páginas.

Ahora bien, resulta que el padre de Carmen Martín Gaite era notario. Así que lo que yo deduzco es que, en este pasaje de la novela, el capítulo IX, Martín Gaite ha, discretamente, levantado un homenaje, un monumento a la memoria de su padre, al que seguramente seguía ligada, amorosa y admirativa.

¿Y es esto realismo o romanticismo? No estoy seguro. A mí me parece una mezcla de ambas tendencias.

2666

Ya situados en la pendiente final del verano, sí que puedo afirmar que la gran experiencia de lectura, la magna obra leída, ha sido 2666, de Roberto Bolaño (Círculo de Lectores, 2004). Naturalmente, he leído, y sigo leyendo, otros libros muy buenos, pero ninguno se aproxima a la talla artística y vital de éste.

Es un libro constituido por 1125 apretadas páginas, dividido en cinco partes. Y lo que apetece al acabar la lectura de la última página es volver a comenzar el libro por el principio.

Obra a la vez realista e imaginativa. Y muy ágil. Aparecen en ella mil personajes, se suceden mil historias, la narración nunca se detiene, los pasajes memorables son todos.

La historia abarca acontecimientos de todo el siglo XX, que ocurren en lugares que van de Chile a Rusia. Aunque tiene un centro gravitatorio que es la ciudad de Santa Teresa, “fiel trasunto de Ciudad Juárez”, dice Ignacio Echevarría en la nota final.

Si hubiera que extraer una conclusión, una enseñanza redactada en pocas líneas, creo que podría ser la siguiente: la historia de la humanidad está plagada de grandes horrores, y la vida del individuo es una lucha continua con escasos momentos felices. El hombre puede elegir entre dejarse o no corromper moralmente por el entorno, pero en su sorda batalla por aumentar la personal ración de felicidad, casi siempre fracasa. Nada nuevo por tanto, Nihil novi sub sole.

Y aun así, es una obra que constituye una gran ambición literaria lograda, a pesar de que al autor no le alcanzara la vida para dar el repaso final a su novela, antes de que fuera publicada.

Termino copiando el contenido de un paréntesis de la página 969 –que nos recuerda muchísimo cierto pasaje de Don Quijote, a pesar de ser tan distinto-: “Ingeborg le preguntaba a Reiter por qué no escribía poesía y Reiter le contestaba que toda la poesía, en cualquiera de sus múltiples disciplinas, estaba contenida o podía estar contenida, en una novela”.

Y así sucede en ésta.