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Selectividad – Lengua

El año pasado por estas fechas, ante la prueba de Lengua de Selectividad, una compañera se lamentaba ante mí: “Yo, todo el curso obligando a los alumnos a que compren y a que lean El País, y ahora les cae un editorial de ABC”. ¡Pues claro que tenía que ser así, estimada colega!

La Junta de Andalucía es justa. Y si a lo largo del curso se gasta una pasta gansa en mandar, no un chorro, un río de ejemplares de El País a los institutos, en la prueba de Selectividad tiene que compensar la balanza seleccionando a un columnista de un periódico facha, ABC por ejemplo; un columnista, para más inri, que ha ocupado altos cargos con los pepes en el Gobierno. Porque este año el elegido ha sido Juaristi. Y como su columna es un poquito larga –alta—para el tipo de textos que los responsables de la cosa presentan al personal en Selectividad, pues se le mete mano con la tijera, y se le corta lo que se quiera. Que, si con Franco sólo los asquerosos censores usaban la tijera, ahora la tijera se ha democratizado, y cualquier personajillo la usa con desenfado. Eso sí, se deja constancia: (…).

Para una gente tan ocupada como ésta que nos ocupa, el método de la tijera es bastante más expedito y eficaz que el de andar buscando un texto adecuado en la forma, el contenido… y la extensión.

Me encanta leer a Juaristi. Aunque he de reconocer que a veces sus textos traen demasiado trigo a mi parvo molino. Mejor: así aprendo más. Y para mis alumnos, por supuesto: Juaristi es un escritor “de la casa”.

Por tanto, yo, encantado de que lo hayan seleccionado en vecindad y alternativa del escritor de cabecera de los políticos de la JA, García Lorca.

Me quejo, sí, de que a un texto de ABC, periódico con un largo siglo de historia, no le pongan fecha. Y me quejo de que hayan usado la tijera tan ligeramente. Y me quejaría aún más si estuviera seguro de que no la han usado ligeramente, ingenuamente, sino con cierta (o sea, segura) sediciosa sevicia, que es lo que parece sugerir el tercero de los tres tijeretazos.

Servidor, deshacedor de tuertos en el país de los calvos, ofrece aquí el texto completo y fechado, indicando mediante el cambio de color los fragmentos recortados, “deseleccionados” de la Selectividad.

Sátiras

COMO se sabe, Martin Amis ha aconsejado a la administración laborista instalar en las calles del Reino Unido cabinas donde los ancianos podrían poner fin a su penosa e inútil existencia, si así lo deseasen, ingiriendo dosis gratuitas de martini envenenado, con o sin guinda. ABC recogía la noticia esta misma semana, a la vez que se hacía eco de la indignación que ha levantado tanto la propuesta del escritor británico como su advertencia de que, en caso de no llevarse aquélla a la práctica, las ciudades se verán anegadas en breve por muchedumbres de horribles vejestorios enloquecidos. A mí, escandalizarse por esto me parece sencillamente de hipócritas.

Porque lo que Amis ha perpetrado no es un crimen, sino una soberbia sátira en la tradición de Jonathan Swift, que recomendaba, como solución para terminar con el hambre en Irlanda, comerse a los niños de los prolíficos labradores católicos de la isla, preparados al chilindrón y con guarnición de patata autóctona. Aunque anglicano, el dublinés Swift no pretendía exterminar niños papistas, sino llamar la atención de sus lectores británicos hacia la miserable situación de la población rural irlandesa mediante una parábola salvaje y tremebunda. El hecho de que, un siglo después, Irlanda se despoblase a consecuencia de la peor hambruna registrada en la Europa moderna demuestra que pinchó en hueso.

Martin Amis no es sólo uno de los mejores escritores vivos de lengua inglesa, sino un moralista de antología y un luchador insobornable contra todo atisbo de tiranía o totalitarismo, en la estela del mejor Orwell. Lo que pasa es que la suya es una literatura arisca, pesimista y aparentemente despiadada, heredera de la que representaron su padre, Kingsley Amis, y los amigos de éste, poetas como Philip Larkin y James Fenton, o el ensayista e historiador Robert Conquest (con el refuerzo americano de Saul Bellow), todos anticomunistas a tiempo completo en una época de progresismo delicuescente y concesivo. Tuvo, a la sombra de tales maestros, una formación literaria de lujo y la aprovechó francamente bien, tras una adolescencia de feliz desmadre -como él mismo reconoce en sus amenísimas memorias-, marcada incluso en sus comienzos por cierta popularidad cinematográfica.

Detrás de la provocación de Amis se adivina al autor de la saga viajera de Gulliver, pero también a Borges, el Borges de «Utopía de un hombre que está cansado», relato sobre un mundo próspero, igualitario y nihilista donde sus habitantes, al llegar a la vejez, se encaminan voluntariamente hacia la cámara letal inventada por «un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler». Ahora que los demógrafos nos predicen una Europa achacosa para dentro de sólo treinta años (quizá Amis y yo mismo, que tenemos la misma edad, la veamos todavía, claro que desde el lado de los nonagenarios candidatos a la eutanasia con o sin vermut), la parábola gamberra del escritor inglés saca la discusión del terreno de la planificación burocrática y la lleva a donde le corresponde, a un presente en el que la condición senil aparece simbólicamente devaluada en provecho de la infantilización paternalista del rebaño, lo que pone a los viejos ante la alternativa de convertirse en objeto de beneficencia o en objeto de resentimiento por parte de frondas juveniles, ávidas y sindicalizadas, como se está comprobando ya en España ante las tentativas políticas de prolongar la edad laboral. La insolencia de Amis resulta tan feroz como valiente y oportuna, aunque, como siempre, cuando un dedo señala la catástrofe, los imbéciles se apresuran a amputarle la yema.

JON JUARISTI, ABC. Domingo , 31-01-10

El narrador Muñoz Molina

A Esther Horno, querida compañera de fatigas

Si yo tuviera que destacar una cualidad del escritor Muñoz Molina, sin duda resaltaría su honradez, su integridad moral, su decidida actitud de buscar la verdad y defenderla. Y, como consecuencia de tal actitud, otra: su entrega al trabajo, su menosprecio de las alharacas del éxito, y de las comidillas de los envidiosos o resentidos, y su dedicación al oficio. Por eso encontraba muy apropiado que su esposa, la escritora Elvira Lindo, en aquella serie de columnas en El País, aludiera de vez en cuando a él como “mi santo”. Efectivamente, de más santos como él andamos necesitados.

Comento lo anterior a raíz de un aspecto de su última novela, La noche de los tiempos. Cuando leí la entrevista que le hacían –otra vez en El País—con ocasión de su lanzamiento, el entrevistador auguraba que la aparición de ciertos personajes históricos de la izquierda como Alberti o Bergamín iba a levantar algunas ampollas. No voy ahora a releer la entrevista para copiar literalmente. Y me da igual lo que levante la novela en nuestra izquierda oficial (la que gobierna o la que renquea parejas con el Gobierno): ampollas, contusiones, abrasiones, quemaduras, punciones. Tengo la impresión de que los cabecillas culturales del tinglado lo manejan bien, el tinglado, y sabrán que ahora no toca volver el aguijón contra el escritor, sino ningunearlo, en espera de mejor oportunidad. Y que no se la dé Muñoz Molina, porque no dudarán en lanzarse a su femoral. Claro que, aun no dándosela, corre peligro; porque bastará una apariencia de oportunidad.

Y hasta aquí la introducción de esta entrada, valga –o no valga—la rebuznancia. Y como la introducción se ha extendido y convertido en preámbulo, el tema central se tendrá que contraer y reducir al tamaño de un hueso de aceituna, si no quiero que mis tres lectores menos cuarto se impacienten.

El aspecto al que me refería es el del narrador en la novela. No es éste un narrador externo y omnisciente, ni un narrador testigo, ni un narrador documentado, sino, como decimos en el título, es el mismo Muñoz Molina; sin nombre, es verdad –ya aparece en portada–, pero sí con su primera persona desde el principio hasta el final.

¿Y qué tiene esto que ver con la destacada honradez de nuestro hombre? Pues sí que tiene… Es como si, con este modo de contar, el narrador afirmara: “Aquí no hay más historia que la que yo construyo. Y lo mismo que mi padre (se lo presenté a ustedes en El viento de la luna) hubiera dicho ‘Yo soy el honrado labrador de este campo de hortalizas’, yo digo que soy el honrado narrador de esta historia. Yo la he trabajado, la he imaginado, la he levantado, la he escrito; porque me lo curro, porque tengo este don. E inicio mi historia por donde quiero, y digo “yo no sé ya imaginar” («ya yo no soy don Quijote») cuando considero que he llegado al final”.

Terminamos, pues, con dos citas: una del estricto comienzo y otra del estricto final (este narrador-autor va apareciendo intermitentemente a lo largo de la obra, pero no es el momento ni el lugar de más citas ni de más estudio: doctores tienen Las Letras).

Del comienzo:

En medio del tumulto de la estación de Pennsylvania Ignacio Abel se ha detenido al oír que alguien lo llamaba por su nombre. Lo veo primero de lejos, entre la multitud de la hora punta, una figura masculina idéntica a las otras […].

Lo he visto cada vez con más claridad, surgido de ninguna parte, viniendo de la nada, nacido de un fogonazo de la imaginación […].

El final:

[…] un mañana inmediato que ella no vislumbra y yo no sé ya imaginar, su porvenir ignorado y perdido en la gran noche de los tiempos.

Otra palabra cadabra

Otra más, otra palabra más, han aupado nuestros gobernantes de ”la cosa educativa” (que diría González Romano), a los altares de la Divina Progresía: el adjetivo inclusivo. ¿Comentamos un poco su significado?

El origen etimológico está en el verbo claudo: cerrar. Así la clavis, la llave, es el instrumento que cierra.

El verbo incluir, de donde sale el adjetivo inclusivo, tiene varios hermanos con los que comparte la base léxica, y de los que se diferencia por el prefijo: excluir, ocluir, recluir…

A la hora del reparto de las cosas buenas de la vida, todos queremos ser incluidos; pero si no podemos quedar excluidos de las malas, entonces nos consideramos recluidos en un mal rollo, en un mal corral, o sea, reclusos.

En el vigente sistema educativo español (ni es vigente, ni es sistema, ni es educativo: sólo es español), todos los niños y niñas tienen que estar incluidos, obligatoriamente, y eso está bien, desde el comienzo de la educación primaria hasta el final de la secundaria obligatoria, hasta los dieciséis. Está bien, insistimos, hay que reconocerlo. ¡Todos incluidos desde lo seis a los dieciséis! O incluso, si fuere posible, es decir costeable, desde los tres a los diecisiete: catorce años de vida escolar para cada quisque. ¡Todos incluidos! Pero sin demagogias…

La maestra que tiene a su cargo veinticinco criaturitas de tres años, en cuanto uno de ellos se hace caca, como ella no puede desdoblarse, o deja excluidos de su atención a los veinticuatro o al poverello que se ha ensuciado. Si en una clase de Matemáticas, de 2º o de 3º de ESO, hay dos o tres (o doce o trece) falsos alumnos, porque no lo son de esa clase, que, para no aburrirse, se dedican a impedir que los demás tengan una clase normal, habrá que pensar, no que esos muchachos están incluidos, sino que están excluidos del aula, del taller, o del espacio educativo que realmente les corresponde.

Invito a ustedes, amigos interesados en el tema de la educación, a poner algún otro ejemplo que demuestre que una aparente inclusión, no es sino una exclusión: los hay a miles.

De modo que… ¡todos incluidos en el sistema educativo! Pero, una vez dentro de ese sistema educativo, cada uno en el ámbito que le corresponde. A no ser que queramos hacer de cada centro público de educación lo que, en tiempos pretéritos, era una inclusa: una “casa en donde se recogía y criaba a los niños abandonados por sus padres”.