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Aldecoa (Ignacio y Josefina)

Nunca leí los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa, a pesar de tenerlos desde hace muchos años, en una edición de Alianza tan pobretica y ya tan vieja, que se desguaza un poquito más en cuanto la retomo. Cuando los cojo (son dos volúmenes), leo dos o tres cuentos y los vuelvo a dejar, a sabiendas de que son muy buenos, o quizá por eso. Sí leí en su momento (quiero decir hace muchos años, cuando yo era muy joven) más o menos del tirón, con el apremio que tienden a imponer las buenas novelas, El fulgor y la sangre.

Ahora las novelas del realismo social se me resisten, aunque sean muy buenas: exaspera bastante la minuciosidad de su relato.

No he sabido hasta hoy, o no recordaba, que Josefina Aldecoa había titulado su trilogía de la maestra Gabriela “Trilogía de la memoria”. Lo que sí supe en cuanto leí las primeras páginas de la primera de las tres, Historia de una maestra”, es que tenía que leerla. Y cuando la leí, que tenía que leer las otras dos. Es, esta trilogía, una preciosa historia personal del siglo XX en España. Después de leerla la he recomendado unas cuantas veces; y siempre los amigos que me han hecho caso me han asegurado que les ha parecido estupenda.

Algún tiempo después, también de Josefina, leí El enigma, que igualmente me pareció una excelente novela. Y, puesto que la acción de la trilogía termina en 1982, una adecuada continuación de la vida española en democracia ya reasegurada.

Ayer comencé a leer, casi por accidente, En la distancia, libro de memorias de Josefina Aldecoa (Alfaguara, 2004). Y esta mañana estaba impaciente por retomarlo y leer las setenta páginas que me había dejado pendientes.

No sé cuál de los dos, Josefina o Ignacio, ha hecho más méritos para formar parte de la Historia de la literatura española. Sólo sé que después de leer En la distancia, los dos se me han hecho unos autores más próximos, más queridos, a los que espero volver de vez en cuando, con la seguridad de encontrarme, más que con viejos amigos, con parientes cercanos. No sé de ningún libro que Josefina haya publicado después de este En la distancia, que, como libro de memorias, lo es también de recapitulación y, quizá, de despedida. En la penúltima página la autora no tiene empacho en acogerse al tópico para concluir:

He tenido una hija. He plantado un árbol, un haya purpúrea que mide ya doce metros, en mi jardín de Cantabria.

Y he escrito algunos libros. Con ellos he pretendido llegar a los demás, comunicarme con los otros. Que me conozcan mejor y, en consecuencia, me quieran más.

Con este lector, sin duda alguna, lo ha conseguido.

José María Pemán

Algún comentario de Mery (ver su blog en la columna de la izquierda) me ha llevado a releer estos días mi Antología de poesía lírica del poeta gaditano. Fue el primer libro no de texto, no de lectura obligatoria, que yo me compré, cuando era estudiante de 3º de Latín y Humanidades. Lo compré después de haberlo leído en el ejemplar de un compañero, que me lo prestó. Fue un libro que me entusiasmó, me enamoró, cuando era un seminarista de 14 años; y me aprendí de memoria no pocos poemas.

Esta relectura, al cabo de tanto tiempo, ha tenido que ver también con iniciarla por El poeta ante la guerra, poemas que no recordaba en absoluto. No hay en ellos, al menos no en los de esta antología (selección hecha por el propio autor), la esperable arenga de las tropas nacionales, de Franco; al contrario: “Habrá que hablar del alba y de la rosa: / y negarse a la arenga”, dice en un poema. Es más, en el poema que ahora copio, el poeta deja clara su opinión: “Esto lo hemos traído / entre todos, hermanos.” Lo copio entero:

DE SU COMPARTIDA RESPONSABILIDAD

Los pecados le hacen filo

a la espada de la guerra.

¿Quién es hoy el loco que duerme tranquilo

en la tierra?

Esto lo hemos traído

entre todos, hermanos.

No es un inmenso horror desprevenido:

¡es la obra de tus manos y mis manos!

Esa sangrienta luz de espada y fuego

sobre campos y ríos y ciudades,

renta es de aquel sosiego,

de aquellas liviandades.

Guerra en mis manos traída.

Muerte que trajo mi vida.

¡Qué tembló de miedo y frío!

¿Será el clavel de esa herida

la flor de aquel beso mío?

Hasta siempre, Fernando

¿Cuántos años ha cumplido Clásicos populares en Radio Nacional de España? ¿Treinta? Yo no lo sé. ¿Cuántos cientos de miles de seguidores ha tenido a lo largo de tantos años? Tampoco lo sé. El verano pasado (o hace un par de veranos, ¿qué más da?) entrevistaban a Fernando Argenta en “la última” de El Mundo; y Fernando decía, aproximadamente, que veía un futuro más bien triste en RNE; y que no descartaba acogerse a la jubilación anticipada.

Pero, mira por dónde, la que antes se ha acogido a la susodicha jubilación ha sido su pareja artística, Araceli González Campa. Los seguidores del programa (yo sólo lo soy muy parcial e imperfectamente) llevamos unos meses echando de menos la risa de Araceli, sus joviales correcciones ante los excesos de espontaneidad de Fernando…

Hoy Fernando nos ha comunicado, no que se va, sino que lo echan (él no ha utilizado ese verbo, se ha expresado con mucho comedimiento). Él ha dejado muy claro a los jefes –nos ha dicho—que él sí quiere continuar con los dos programas: con Clásicos populares y con El conciertazo. Pero sus jefes ya tienen diseñados los programas que los sustituyen.

Fernando no es bueno, es muy bueno, es genial; es un musicólogo y un comunicador sin par (y sin pareja, después de quedarse sin Araceli). Pero me temo que los que nos mandan tienen otra idea de lo que es ser bueno… Mejor es que seas no tan bueno y te atengas a las consignas, y comulgues con los dogmas. Si eres un genio independiente, para nuestros carismáticos líderes sólo eres un excéntrico peligroso. Nuestros artistas, querido Fernando –creo que dicen los jefes–, o son nuestros, o no son artistas.

Como escribía Pérez-Reverte el domingo de anteayer: “…país de mierda”.