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El milagro de Rosillo

Sábado. Después del desayuno y el aseo, un rato de lectura. Una revista literaria: Clarín. Comienzo leyendo muy por encima, con muy poco interés, un artículo sobre el poeta catalán Joan Brossa. Le sigue un artículo de Eloy Sánchez Rosillo titulado “Los toros y el milagro del arte”, tres páginas preciosas. Tanto, que dejo de leer y me pongo a escribir esta nota.

De la poesía completa de Sánchez Rosillo, sacaría yo una antología personal de la que quisiera sentirme siempre acompañado. El poema más reciente que de él leí apareció en El Cultural de El Mundo, el 9 de noviembre de 2006, en un homenaje a Caballero Bonald. Como tiene una estrecha relación temática con el artículo de hoy, lo he recordado enseguida. El milagro de Rosillo es el milagro de la creación artística, que se produce (¡ay!, sólo de vez en cuando) tanto en la creación literaria como en el toreo. Y para no ponerme pedante con estúpidos análisis (“el poema despliega su propio comentario / y lo demás es ruido”, Jon Juaristi), me limito ahora a copiar “Una palabra y otra”, y un párrafo completo del artículo, ya digo, precioso, poético o, mejor, milagroso, de “Los toros y el milagro del arte”:

Una palabra y otra
Para J. M. Caballero Bonald

Qué poder tan inmenso y qué sencillo
le resulta ejercerlo a aquel que lo posee.
Ni el más grande monarca pudo nunca
decidir de manera semejante.
Ilusión y deseo, papel, pluma,
y decir poco a poco lo que ahora está ocurriendo,
lo que tus ojos ven, lo que piensas o sueñas,
tu verdad de este día. Y nada más.
Así se hará el poema, si la buena fortuna
te acompaña y decide que de un hombre
brote una luz tan alta y verdadera,
tan pura y para siempre. Es increíble.
Una palabra y otra, y una música
pequeña y suficiente. Y va surgiendo
delante de tus ojos, de tu asombro,
una tarde con sol, un pájaro, la lluvia,
la luna, una muchacha, la hierba, el mar, la nieve.
En el camino hay mucha incertidumbre,
pasos titubeantes que no saben
si se aproximan al lugar del canto
o si de allí se alejan de forma irremediable;
la vida en vilo hasta que todo acaba.
Después ya sólo queda la alegría
y un corazón con mucha gratitud.
                Eloy Sánchez Rosillo

 

Se dice con frecuencia que el toreo es en esencia la lucha de la inteligencia contra la fuerza bruta. A mi entender, nada más lejos de la realidad. El auténtico toreo no tiene nada que ver con una lucha, y menos aún con un fútil contender de la inteligencia sin más contra la fuerza bruta monda y lironda. Una pugna de esas características se daba en el combate entre el gladiador y la fiera de los circos romanos, y se produce también en lo que antes he llamado la simple lidia de un toro. Pero en el toreo más hondo y verdadero lo que sucede es una transfiguración, un hecho que pasa de un estado intrascendente de la realidad a otro más intenso, más alto y por completo lleno de inusitada luz. Ese estado genuino y puro de lo real es el espacio del milagro, del milagro ineludible sin el que como ya he dicho no puede haber ninguna forma de arte. El auténtico toreo, pues, es un asunto del espíritu, como Juan Belmonte decía. No se torea con los brazos, con las piernas o con la mente: se torea con todo el ser, afinado en ese trance hasta su ápice por el espíritu y por él gobernado. Y no se produce allí ninguna lucha; hay encuentro y colaboración de un hombre habitado por la fuerza y la gracia del espíritu con un toro lleno de instinto y de conocimiento (de conocimiento no de hombre, claro está, sino de toro, de toro bravo y noble, que es precisamente lo que en esos momentos se requiere). Y tal prodigioso encuentro, pleno de emoción, de recogimiento y de intimidad, no se produce en soledad, como es habitual en el trabajo del artista; por el contrario, ocurre increíblemente ante los ojos de miles de personas. El torero y el toro, transfigurados, crean a la vista de todos, en el corazón de la luz, una fugacísima eternidad, una certeza palpitante que en seguida se desvanece, dejando todavía unos momentos en el aire de la tarde una rara vibración, una delicadísima fragancia.

Eloy Sánchez Rosillo.

Adivinanza

· Nació en Madrid, en 1970.

· Hoy ha publicado, en algún periódico de la prensa española, una columna que comienza:

En ocasiones, ‘Zetapé’ da unas pruebas de astucia que desmontan el mito del jipi fundador de una tontocracia. El último ejemplo ha sido el del caso El jueves.

· En el año 2004 publicó una novela cuyo segundo párrafo es  el siguiente:

Es la noche antes del atentado. Es Buenos Aires. Y es Diana. Está sentada sobre la tapa del retrete, supongo que desnuda, tal vez desmaquillada a medias, y Juega al Tetris sin importarle un carajo la partida. Ha dejado abierta la canilla para justificarse dentro del cuarto de baño. Para dar tiempo a que Lucas se quede dormido y no se sienta obligado a coger, vení, flaca,  con esa desgana tan suya como de ya toca cortarse las uñas, con esa fiaca de los últimos tiempos. Se lo contó Diana a una amiga mientras corrían en la cinta del gimnasio, que parece que está pelando una mandarina cuando la desnuda, que luego la ultima tan rápido que parece que hay un taxímetro calculando lo que va a pagar, ahora comprende Diana por qué los cronistas deportivos dicen que Lucas es sólo remate. Arrojas al área al del violín en los Sabandeños y Lucas te lo patea a la escuadra. Dijo El gráfico, “Un nueve vertical que se extravía en las periferias del juego”, así en la cancha como en la cama, así en la cama como en la vida, que cuando Diana intenta explicar a Lucas por qué a veces llora, por qué a veces no sé, che, como que me falta algo,él la mira como si ella tuviera branquias y acabara de bajarse de un ovni, ¿no querés que te haga una beba, y si es eso lo que te falta? Mucho más bife que sushi, Lucas Ferlán, nueve de Independientes que se extravía en las periferias de la cancha.

· En marzo de 2007 ha publicado, en libro, una selección de sus colaboraciones en prensa; libro dividido en tres secciones: Perfiles de El planeta de los simios, Artículos de opinión de Al abordaje, Crónicas deportivas de Barra brava y el Mundial.

· Todo lo que leo de él me parece buenísimo.

Adivina, adivinanza: ¿Cómo se llama  el fulano?

Así comienza

¿Quién no conoce a Jasón, el amado de los dioses y aún más de las diosas, el conquistador de la furiosa pasión de Medea, el líder de los argonautas, que a tantas pruebas y sufrimientos se expusieron por alcanzar y transportar hasta Grecia el Vellocino?

De la biblioteca del instituto he traído a mi hija pequeña, de diez años, la estupenda versión de Jasón y los argonautas de la colección Clásicos Adaptados, de la editorial Vicens Vives. Quise probar el sabor de la obra que le traía y me la bebí de un trago. Suerte que la magia de los libros hace que su manantial mantenga lleno el pozo para cada nuevo lector que se acerca sicut cervus ad fontes, que diría mi amigo Nicolás el de Alemania.

Y ya me he preparado, y aquí delante lo tengo para que sea mi primer libro del verano, Las Argonáuticas (¡Quién tuviera conocimiento para leerlo en el griego original!), el texto de Apolonio de Rodas, traducido por Máximo Brioso y editado en la colección Letras Universales, de la editorial Cátedra. Así comienza:

En ti, Febo, tomando principio, traeré a la memoria hazañas de los hombres nacidos antaño, que por la boca del Ponto y a través de las peñas Ciáneas, según del rey Pelias fuera el mandato, en pos del dorado vellón dirigieron la sólida Argo.