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Alatriste

Aunque Pérez-Reverte, en un pricipio, se comprometió a escribir seis novelas sobre este personaje, compruebo con alegría que el capitán sigue vivo al final de la última, la sexta, por lo que me inclino a pensar que habrá más entregas protagonizadas por tan interesante y atrayente personaje, para sustento de la envidia de algunos escritores sin éxito y para deleite de infinidad de lectores. Aunque no sólo deleite: también instrucción, que estas novelas se atienen al principio clásico de “docere delectando”; y no sólo son emocionantes, y cuesta soltar el libro antes de llegar al final, sino que son una lección de Historia de España o, sencillamente, de Historia. Está claro que su autor se documenta concienzudamente y por mil medios antes de meterse en la faena de diseñar y redactar su historia. “Concienzudamente” he escrito. Y lección para conciencias es también esta novela, Corsarios de Levante. Porque, aunque está claro que cada uno de nosotros manifestamos ante los demás cada día cómo somos, en las acciones más nimias, en las frases más simples o más breves, es nuestro comportamiento ante las grandes dificultades y ante la muerte lo que exterioriza nuestra talla humana, nuestra valía personal o individual. La lectura de esta novela puede ser una ocasión para que pensemos en estar prevenidos; porque esas dificultades graves o extremas, ese ver de cerca el rostro de la muerte, puede llegar a cualquiera en cualquier momento; y no está bien que en ese trance se nos dibuje ante los demás un gesto de papanatas asombrado, airado o asustado: como si los graves daños sólo pudieran ocurrirles a los otros. Para decirlo con las palabras de Íñigo, el narrador: “Sólo los regalados, los cómodos, los menguados que viven de espaldas a la realidad de la existencia, se rebelan contra el precio que tarde o temprano todos pagan”. Como lo estaban pagando él y sus compañeros en el combate de cabo Negro.

 

Teatro

El Joven porta sus bártulos en una mochila. El Viejo lleva maletín. Son compañeros de trabajo, que consiste en obtener información acerca de intimidades ajenas por encargo; son voyeurs por cuenta de un patrón. Pero ellos, a su vez, son observados desde las sombras de un patio de butacas; porque estos voyeurs son personajes de teatro, cuyos movimientos siguen atentamente los espectadores. Que, a su vez, también son observados (el mundo está lleno de mirones): por el dramaturgo, por los críticos, por los críticos de los críticos, por Dios, que todo lo mira porque todo lo ve, y es el más mirón de todos.
Los sujetos observados desde la prudente distancia por el Viejo y el Joven, también son mirones, también hacen teatro: son una pareja ocasional, una pareja para un rato, formada por una prostituta a tiempo parcial y un funcionario de mediano-bajo rango, juerguista también a tiempo parcial. La prostituta representa para su cliente el papel de mujer apasionada; el cliente “juega a novios” con ella, la trata como si no fueran su cartera y su cargo lo que le proporciona la conquista, sino su calidad humana. ¡El gran teatro del mundo! Pero yo no he comentado aquí una obra de nuestro Calderón de la Barca, sino una pieza de teatro breve de Santiago Serrano, dramaturgo argentino. Pueden leer esta pieza, y otras del mismo autor, en esta web que es la suya: http://usuarios.lycos.es/Santiago_Serrano/