• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

La tragedia de Macbeth

Fui un vicioso del cine desde que tenía dientes de leche. O desde el seno materno, no sé bien. Y vi todo el que pude. Que no fue mucho, para mi infatigable afición, pero fue algo.

La cual afición duró hasta la edad adulta, llamando así a la que tenía cuando comencé a trabajar como profe de instituto, que, además, coincidió con el comienzo de la crianza de mis hijas.

A partir de entonces no hubo tiempo para tanto cuelgue; y me desenganché.

Mi modo de mirar una buena peli se volvió austero y resignado, pero no menos atento. Veía fragmentos de películas, en la tele, claro, y tenía suficiente criterio para saber si eran excelentes aunque viera sólo el cacho que me tocaba. Prescindiendo del resto. Al fin y al cabo, de todo en la vida tenemos un conocimiento fragmentario, incompleto, hecho de retazos mayores o menores, más o menos entrelazados.

Y como sigo viendo cine con ese fragmentarismo, anoche vi, sólo, la hora final, aproximadamente, de Macbeth, la película del director Justin Kurzel, con música, impresionante, de su hermano Jed Kurzel.

Que esté montada sobre la obra de Shakespeare, parece que ya tiene que ser una garantía de calidad. En este caso lo es.

El texto shakespeariano se aligera, pero mantiene su fuerza poética. Y las imágenes, la actuación de los personajes, los paisajes, la música, tienen una intensidad apabullante.

Cuánto tiempo ha pasado desde que oí por primera vez la premonición de la tercera de las brujas (fatídicas en la película de anoche): “Salve, Macbeth, tú serás rey”. Fue en uno de aquellos remotos programas de Estudio Uno, sentados ante la tele de nuestro amigo Juan Sisinio. Tenía que pasar un puñado de años antes de que hubiera tele en casa de mis padres.

En fin. Seguiré, mientras pueda, viendo fragmentos de películas, y disfrutando con ello, siempre que la pieza sea de una calidad similar a la de anoche.

De 1º de Latín y Humanidades a 1º de Jubilación

Formado, pues, que hubo de la tierra el Señor Dios todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo al hombre, para que viese cómo los había de llamar; y, en efecto, todos los nombres puestos por el hombre a los animales vivientes, ésos son sus nombres propios.

Génesis, 2, 19

Comienzo mi entrada de hoy con esta cita porque, al recordar lo que fue mi comienzo como estudiante, en ese primer curso que menciona el título, lo que hice fundamentalmente fue aprender nombres, vocabulario (y gramática): doble vocabulario, latino y español.

Claro que no partía de cero: con doce años, es natural, hablaba y entendía; pero el ritmo del aprendizaje se disparó. Con disciplina absoluta. Todos los días comenzaban, a las 7:00, con misa y sermón en la capilla; y al acabar la misa, antes de desayunar, íbamos directos a clase, donde teníamos que escribir nuestro resumen del sermón en una octavilla; y el rector, que oficiaba la misa, los leía todos.

Conocer es poder nombrar, saber es poder decir y escribir. La viñeta de El Roto, la de hoy, en El País, me ha hecho recordar el refrán de que “por la boca muere el pez”. Pero, en contra del mensaje del refrán, por la boca no muere el hombre, sino que vive: tanto por el alimento que toma como por la palabra que lo expresa y comunica. Y somos tan ricos, no según cuanto dinero tengamos, sino según cuanta porción de la realidad del mundo nos hayamos apropiado mediante la lengua, o, mejor, mediante las lenguas, pues la capacidad humana del lenguaje no está limitada por naturaleza al idioma materno, al contrario, en los periodos primeros de la vida, el niño y el joven tienen una gran facilidad para adquirir otros idiomas.

El niño y el joven. Después, si se vive lo suficiente, se llega a esa edad en la que lo que se posee es una tendencia general a la desposesión, al olvido. Pasamos del juanramoniano “nombre exacto de las cosas” al también juanramoniano “¿cómo era, Dios mío, cómo era?”.

Así es nuestra vida.

Me vio y se rió

No voy a contar una anécdota anodina en la que se hizo realidad el hecho de este título. Voy a decir algo sobre algún uso de la tilde, en concreto, de un uso que contraviene una norma de la Ortografía de la lengua española (la de las Academias, 2010). Según la cual Ortografía, el uso de la tilde que he hecho en mi título de hoy, es incorrecto. ¿Por qué? Porque debo considerar que rió es un “monosílabo ortográfico”, al que no corresponde la tilde.

Pero este arriba firmante piensa que es una incoherencia lógica, un círculo cuadrado, eso de “monosílabo ortográfico”. Las palabras son monosílabas, o bisílabas etc., por la pronunciación que de ellas hacen los hablantes: por su prosodia, no por su ortografía. Y rió, como fió, guión, truhán, liáis, las pronuncio yo, y la inmensa mayoría de hablantes al menos en España, como palabras bisílabas.

Creo que los académicos han sido, en este caso, demasiado tajantes. Tendrían que haber aceptado la opción de que los hablantes que perciban claramente ese tipo de palabras como bisílabas, las sometan a las reglas generales y les pongan la tilde correspondiente. Ello serviría, además, para invitar a éstos, a los hablantes, a formularse la pregunta: ¿cómo las pronuncio yo, cómo las pronuncian mis compañeros de trabajo, mis compadres de bar, los personajes y personajillos que vemos en la tele?

Lo digo porque, recordando mis últimos años laborales, recuerdo a algún compañero de departamento que confesaba que él se sentía incapaz de apreciar esa diferencia, lo que equivale a que se dedique a la música alguien que tiene un pésimo oído para la música.

O sea, y concluyo: yo, que tiendo a ser dócil y sumiso ante la autoridad, en este caso me considero a mí mismo portador de suficiente autoridad como para seguir contraviniendo la norma académica, y escribiendo esa serie de palabras con la tilde que les pertenece.