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Himno

Himno [19-02-18]

No pongamos bozal: ni al buey que trilla, ni a la “portavoza” que se pasa por el arco del triunfo la Gramática y el Diccionario, ni a la cantante que le inventa una letra, de poca altura, al Himno Nacional.

Por mi parte, al contrario: quisiera tener un altavoz con el que hacer sonar la excelente letra que, hace ya una década, emitieron, con autoría compartida, cuatro escritores españoles de reconocida valía: Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Abelardo Linares y Ramiro Fonte:

HIMNO

Canta, España,

Y al viento de los pueblos lanza tu cantar:

Hora es de recordar

Que alas de lino

Te abrieron camino

De un confín a otro del inmenso mar.

Patria mía

Que guardas la alegría de la antigua edad:

Florezca en tu heredad,

Al sol de Europa

Alzada la copa,

El árbol sagrado de la libertad.

Ojalá Marta Sánchez, o alguna otra diva del canto, tome la iniciativa de ponerle su voz, por si, esta vez sí, tuviera una amplia y generosa acogida.

Bilingüismo

Existe una batalla que sorprenderá a los nacionalistas […]. Esta batalla es llevar una reforma constitucional que cancele la inmersión lingüística educativa en una sola lengua. Si el constitucionalismo no se atreve a plantearla, ahora, Cataluña será independiente, cuando “toque” que diría Pujol.

Es una cita de una tribuna de El País de ayer, una tribuna cuyo autor es José Luis Álvarez, sociólogo y profesor: ‘Els de casa’ frente a’els de fora’.

Quizá la cuestión catalana ha sido siempre, antes que todo, una cuestión lingüística; alimentada por un ancestral prejuicio: “los que hablan como yo son los míos; los que tienen otra habla son los otros, los forasteros, los no de fiar”.

El inmigrante desacomplejado procura aprender, apropiarse de, la lengua y habla del lugar en el que ahora se encuentra: porque es lo natural para el acercamiento humano. No nacemos biológicamente condicionados para usar siempre, y hasta el día de nuestra muerte, nuestro idioma materno; podemos aprender unos cuantos idiomas, que llegaremos a hablar con mayor o menor fluidez según las circunstancias.

El inmigrante acomplejado y pobre, que pretende buscarse la vida en ese extraño -para él- territorio cuya lengua desconoce, va a tener menos facilidades para aprenderla, intrínsecas y extrínsecas, psicológicas y ambientales. Si lo consigue al fin, es posible que reaccione pasándose al bando de los locales, con una agresividad renovada contra los nuevos invasores, los que han llegado, como él llegó, pobres y acomplejados.

En un mundo imparablemente globalizado, querer hacer de un idioma una frontera o una bandera es disparate insostenible. Lo natural y lógico es que unos pocos idiomas se vayan extendiendo, y que muchos idiomas minoritarios se vayan perdiendo. Sin imposiciones, sin prohibiciones, sin barreras, sin fronteras.

En Cataluña la Constitución del 78 supuso la solución del problema lingüístico: la cooficialidad de los dos idiomas. Pero después políticos especialmente trapaceros o ineptos han alterado, desvirtuado, el espíritu de esa cooficialidad: la cual implica que en lo oficial, lo estatal, lo público, los dos idiomas están al mismo nivel, y todos los textos administrativos deberán aparecer en los dos idiomas; en la escolarización implica que todos los alumnos tienen el derecho y el deber de aprenderlos los dos; y los docentes, de enseñarlos y exigirlos; y en lo particular, cada individuo puede elegir libremente uno u otro, sin reparos, sin trabas administrativas, sin malas caras, y sin perder de vista que hablamos para que nuestro interlocutor (o interlocutores) nos entienda, no para que vea que somos diferentes, porque no lo somos. No hay más que una raza: la especie humana; no hay más que un país, el planeta Tierra.

Respecto al bilingüismo catalán, hay que recuperar el espíritu de la Constitución del 78, aunque sea reformulándola.

Un olivo milenario

El arte narrativo está, necesariamente, regido por el principio de verdad suficiente: el lector o espectador, desde una actitud colaborativa, tiene que encontrar creíble y no absurdo lo que está leyendo o viendo.

En el cine histórico, un director (si no está construyendo una parodia humorística) no se puede permitir anacronismos que provoquen a algún historiador y le inspiren una crítica demoledora. Por ejemplo, a Ridley Scott, cuando se estrenó en España, El reino de los cielos, le dieron hasta en el carné, por unas cuantas de esas incoherencias.

Sin embargo, cuando se trata de rodar una escena que muestre alguna tarea agrícola, casi nunca, me da la impresión, los directores son tan escrupulosos. Deben de suponer que los historiadores van al cine, pero no los patanes que trabajan en el campo.

No quiero extenderme mucho en este tema, entre otras razones porque creo recordar haberlo tratado ya aquí en alguna ocasión; pero bueno, algo más diré.

Anoche nos pusieron en la 1 de TVE, El olivo, de Icíar Bollaín, que me pareció una película estupenda y meritoria y digna.

Pero cuando uno ve cómo la excavadora levanta una tierra absolutamente seca -se rodaría en riguroso verano mediterráneo-, y cómo la grúa levanta el olivo milenario, con la escueta peana al aire libre, sin haberle construido previa y meticulosamente el soporte del imprescindible cepellón, a uno le entran ganas de parar la reproducción para proclamar el fraude: así no se trasplanta un viejo árbol, y menos un árbol milenario, y menos para transportarlo a saber a dónde, al quinto coño más o menos, adonde, para llevarlo, haría falta, no un tráiler, sino un transporte especial montado ad hoc.

Sin embargo el olivo milenario aparece en ese lejano lugar, diez o doce años después del trasplante, frondoso y escueto; y bajo techo: sería para protegerlo de la lluvia o del viento. En fin, que no cuela.

Pero, ya digo, la peli me gustó bastante.