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Ganarás el pan…

No por Antonio González sino por

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Ganarás el pan con tus manos casi infantiles todavía rígidas de frío y con tus rodillas desolladas de arrastrarte sobre la tierra endurecida por la escarcha, con el dolor de tu cintura y el de tu espalda que llevarás doblada todo el día. La piel de los dedos en torno a las uñas se te quedará en carne viva al arañarse con las aristas de la tierra helada cuando quieras recoger las aceitunas medio hundidas en ella, y cuando avance la mañana y el sol disuelva la escarcha se te hundirán los pies y las rodillas en el barro. Los hombres van por delante, arrastrando los grandes mantones de lona alrededor de los troncos de los olivos, golpeando con varas largas y gruesas como lanzas las ramas dobladas por el peso de los racimos de aceitunas verdes o negras, púrpuras, violetas, tan henchidas de jugo que revientan al pisarlas. A cada golpe las aceitunas caen como rachas sonoras de granizo sobre los mantones. Los hombres asedian el olivo, los más ágiles se suben a la horquilla del tronco para alcanzar las ramas más altas, hablan a gritos y ríen a carcajadas y muchas veces trabajan briosamente sin quitarse el cigarrillo de la boca. Llevan gorras o boinas, chalecos viejos de lana, pantalones de pana atados con una cuerda o con una correa a la cintura y botas sucias de barro. Trabajan metódicos, enconados, joviales, sujetando las varas bruñidas por el tacto de las manos, tirando de los mantones cargados de aceituna de un olivo a otro como cuadrillas de pescadores que arrastran sobre la arena una red rebosante de peces. Cuando un mantón está colmado y ya pesa tanto que no se puede tirar de él los hombres gritan: “¡Pleita!” o “¡Espuerta!”, y llegan corriendo los criboneros, con sus grandes espuertas de goma negra o de esparto áspero en las que los hombres vuelcan los mantones. Los criboneros son chicos algo mayores que yo, o de mi misma edad pero con más experiencia: de dos en dos llevan las espuertas llenas de aceituna hasta la criba plantada entre dos hileras de olivos. Allí vuelcan las aceitunas sobre una tolva que se prolonga en un plano inclinado hecho de cables de alambre: en la caída las aceitunas se separan de las hojas y las ramas rotas de olivo; y mientras caen, los criboneros las limpian todavía mas con movimientos rápidos de las manos. Uno de ellos abre un saco o un capacho de esparto, el otro levanta la espuerta de aceitunas limpias hasta que el saco está lleno, y entonces se cierra y se ata con un trozo de cuerda de cáñamo. Los sacos se van apilando según avanza el día, las manos de los criboneros separan la aceituna de las hojas, aprietan nudos en las bocas de los sacos, sujetan las asas de las espuertas otra vez llenas de aceitunas, tan pesadas que caminan tambaleándose sobre la tierra o se les hunden los pies en ella cuando hay mucho barro. Y mientras, las mujeres y los niños van cubriendo el terreno por el que los hombres han pasado, avanzando de rodillas, recogiendo las aceitunas que cayeron antes del vareo o las que han salido despedidas fuera de los mantones, arrastrándose debajo de las ramas y de la aspereza mineral de los troncos. Las mujeres y los niños ganan la mitad de jornal que los hombres. Pero ése es el único trabajo que a ellas les está permitido hacer fuera de la casa, y al final de los dos meses que dura la temporada de  aceituna habrán ganado lo bastante para comprar ropa nueva a los hijos o pagar en la tienda de comestibles o en El Sistema Métrico las cuentas aplazadas. En la aceituna las mujeres y los hombres se relacionan con una soltura que no existe en ninguna otra circunstancia, se gastan bromas procaces que estarían prohibidas en la vida normal, y a veces, de las gavillas de mujeres arrodilladas, se levanta un escándalo de risas provocadas por historias que a algunas de ellas las hacen enrojecer y que los niños no entienden, o por una copla pícara que entonan a coro varias voces agudas:

En tiempo de aceituna

se hacen las bodas.

La que no sale al campo

no se enamora.

El viento de la Luna (cap. 14)

Corruptelas

Gobierno de España

Gobierno te apaña

Gobierno te daña

Gobierno te engaña

Gobierno encizaña

Gobierno se empaña

Gobierno da leña

Gobierno se ensaña

Gobierno te araña

Gobierno se empeña

Gobierno se apiña

Gobierno se baña

Gobierno se despeña

España restaña

la coña de España

Exemplo

Y el ayo respodiole:

–Joven conde… En una ciudad no lejana de aquí vivía un hombre de escasos bienes de fortuna que tenía un amigo muy rico y poderoso. El hombre pobre sabía por experiencia que, cada vez que iba a la casa de su amigo rico, éste lo agasajaba y atendía como correspondía al afecto profundo que por él sentía: lo deleitaba y entretenía, le mostraba los raros y valiosos objetos que había adquirido en sus últimos viajes por lejanos países, lo sentaba a su mesa para que disfrutara de exquisitos manjares, procuraba su solaz relatándole numerosas y divertidas anécdotas acerca de sus relaciones con otros amigos ricos y poderosos como él. Y finalmente, al despedirse de su amigo pobre en la puerta de su palaciega morada, para que guardara un buen recuerdo de la visita, le regalaba el objeto por el que su amigo hubiera mostrado mayor interés, ya fuese un vestido nuevo de fino paño, ya fuese un cuchillo de caza con empuñadura de marfil labrado, ya fuese un cántaro del mejor aceite de oliva de Andalucía, ya fuese un joven y brioso caballo percherón. Pero el hombre pobre, a pesar de tanta magnanimidad como mostraba con él su amigo rico, nunca encontraba un día que le pareciese apropiado para visitar a su amigo; y así pasaba los años, languideciendo en su triste penuria. Y ahora yo os pregunto, señor conde, qué tipo de amonestación creéis que merecía el hombre pobre por mostrarse tan renuente, en lugar de disfrutar de tan ventajosa amistad.

Y replicole el conde:

–Vive Dios que ese hombre, por estúpido, merecía que le cortaran sus orejas de hombre, y el lugar de tales le colocaran un par de orejas de asno; e incluso que lo desposeyeran de sus escasas y pobres posesiones, pues no castigo más suave merece quien tan insensatamente se comporta.

Entonces el ayo, mirándolo con severidad, le dijo:

–Señor conde, vos sois ese hombre pobre y estúpido, que, teniendo la amistad y siempre generosa acogida de sabios, escritores y artistas que os brindan su obra y os ofrecen magníficos regalos para vuestro espíritu, cada día encontráis alguna excusa para no visitarlos, y para seguir entregándoos a banalidades y vanidades de las que sólo sacaréis el quedaros en la más absoluta de las miserias.