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Versos de amor

Se me ha ocurrido esta mañana (de domingo) hacer una breve selección de brevísimos poemas de amor. La mayoría de mis infinitos lectores conocerán estos poemas, excepto, quizá, el último, por ser también el más reciente. Pero todos mis lectores, estoy seguro, me agradecerán que se los recuerde, porque verdaderamente son versos mágicos. Los ordeno de la siguiente manera:

Uno. Ha comenzado la preocupación amorosa; el chico ya se siente totalmente atravesado por la flecha de Cupido, y sólo respira por esa herida de amor; pero no sabe si su amor es, o llegará a ser algún día, correspondido. La palabra que más han utilizado los castellanohablantes de los pasados siglos para aludir a ese estado, ha sido la cuita. Recordemos que este sustantivo procede del verbo latino “cogitare”, pensar. El enamorado, no es que piense, es que vive acosado por el pensamiento, por el deseo de ver a la persona amada, de comprobar si le sonríe o se muestra indiferente, ceñuda o altanera. Y acude a los lugares donde ella puede estar, y ronda de noche su casa, especialmente durante esas noches sin luna, o esas oscuras madrugadas rurales cuando la luna se ha puesto; porque el enamorado no quiere testigos inoportunos de su dolor. Y aquí vienen nuestros primeros versos, la “Serenata sintética” del brasileño Cassiano Ricardo, para reflejar este tiempo de zozobra:

Rua

torta.

Lua

morta.

Tua

porta.

Los ojos del muchacho miran con tanta intensidad la puerta de la casa de la chica, que todo el cuerpo de éste vibra como si dentro de él hubiese resonado el fragor del aldabonazo con el que quisiera llamar a esa puerta.

Pero ya ha amanecido, y el enamorado aún no se ha retirado, imprudentemente sigue por allí, cerca de la puerta. La chica la abre, va a salir con un cántaro en la mano, ve al muchacho y se vuelve, súbitamente angustiada, ¿qué hará?, no sabe cómo reaccionar. Y consulta a su madre. Y aquí viene la jarcha más simple y más hermosa del Medievo:

¿Qué faré, mamma?

¡Meu al-habib est ad yana!

Dos. Para el momento gozoso de la entrega sin reservas, del abrazo feliz de los enamorados, propongo el recuerdo del carmen 5 de Catulo. Leyéndolo, imaginamos que el poeta musita, más que recita, sus versos al oído de su amada Lesbia, mientras ella va haciendo realidad lo que el amado le propone (sigue a los versos una traducción del poema al francés, única que tengo a mano);

Original:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

Rumoresque senum severiorum

Omnes unius aestimemus assis.

Soles occidere et redire possunt;

Nobis cum semel occidit brevis lux,

Nox est perpetua una dormienda.

Da mi basia mille, deinde centum,

Deinde mille altera, deinde secunda centum,

Deinde usque altera mille, deinde centum.

Dein, cum milia multa fecerimus,

Conturbabimus illa, ne sciamus,

Aut ne quis malus invidere possit,

Cum tantum sciat esse basiorum.

Traducción francesa:

Vivons, ma Lesbia, aimons-nous et que tous les murmures des vieillards moroses aient pour nous la valeur d’un as. Les feux du soleil peuvent mourir et renaître ; nous, quand une fois est morte la brève lumière de notre vie, il nous faut dormir une seule et même nuit éternelle. Donne-moi mille baisers, puis cent, puis mille autres, puis une seconde fois cent, puis encore mille autres, puis cent. Et puis, après en avoir additionné beacoup de milliers, nous embrouillerons le compte si bien que nous ne le sachions plus et qu’un envieux ne puisse nous porter malheur, en apprenant qu’il s’est donné tant de baisers.

Tres. Cuando ya los enamorados han satisfecho sus deseos, se saben el uno del otro, y saben que el cielo y la tierra podrán hundirse, pero están seguros de que nada podrá impedir (un poco incautos, sí, es lógico…) el siguiente y próximo encuentro; y cada uno sabe que el otro aguarda ese cercano abrazo con la misma pasión y el mismo anhelo, entonces el mundo es bello, el campo ríe, la ciudad bañada por la lluvia interpreta una dulce sinfonía celestial. El haiku de la asturiana (nacida en un pueblo de Valladolid) Herme G. Donis, el haiku más hermoso que yo he leído en mi vida, expresa mejor que cualesquiera otros versos que yo conozca, lo que los dos, él o ella, sienten, piensan, murmuran, mientras caminan bajo la lluvia:

Dulce aguacero:

cada gota de lluvia

dice tu nombre.

Dos minutos de vídeo

Todas las convenciones internacionales (como la reciente de Santiago de Chile) de países de habla iberoamericana, para incluir con todo derecho a Brasil y Portugal, me congratulan; porque no son internacionales, sino, a mi entender, nacionales, de nuestra gran nación latinoamericana.

Por eso me da tristeza que lo más divulgado y comentado de ésta de Santiago haya sido una anécdota, dos minutos de vídeo, una frase de cinco palabras (cuatro monosílabas y una bisílaba), una frase muy de estos tiempos en los que diríase que un pareado requiere el esfuerzo intelectual que antes requería una epopeya. Una frase, además, que cualquier profesor de Secundaria repite miles de veces a lo largo, y estrecho, de una jornada de instituto, sin que ello tenga mayor trascendencia; y debiera tenerla.

Mario Vargas Llosa, en su tribuna, en El País, del primer domingo de junio de este año, titulada “La civilización del espectáculo” hablaba de cómo se han ido frivolizando y amarilleando, en las últimas décadas, los medios de comunicación. Sólo es importante para éstos lo que llama la atención, lo que da espectáculo a un público sumido en la modorra intelectual, cultural y moral:

“La civilización del espectáculo tiene sus lados positivos, desde luego. No está mal promover el humor, la diversión, pues sin humor, goce, hedonismo y juego, la vida sería espantosamente aburrida. Pero si ella se reduce cada vez más a ser sólo eso, triunfan la frivolidad, el esnobismo y formas crecientes de idiotez y chabacanería por doquier.”

Crecientes a un ritmo galopante, añado yo, si se me permite que comente a tan insigne maestro: porque cada vez, además, el espectáculo ha de ser más breve, para que no canse a esta sociedad de sofá, pantalla y palomitas.

Un profesor hoy, por seguir en ese ámbito que algo conozco, puede estar haciendo una excelente exposición del tema del día, intercalando ejemplos, suscitando la colaboración de algún que otro alumno, sazonando el discurso con algún breve chascarrillo… y no logrará sacar a los alumnos del adormilamiento (en el mejor de los casos, es decir, cuando no se dedican a hacer ruido con el boli o con los nudillos, o bostezan estentóreamente, o se enfrascan en cuchicheos indisimulados con compañeros más o menos próximos), no conseguirá que espabilen su atención, que se avive su mirada. Hará falta que a ese profesor le sobrevenga un estornudo que quisiera contener, lo que le hará contraer ciertos músculos de la cara; hará falta que de pronto una mosca inoportuna, o cualquier otro insecto volador, se empecine en posarse en la frente del docente; hará falta que éste tropiece con cualquier objeto y dé un traspié, o que se le escape de la mano el borrador de la pizarra y, con el impulso que lleva, vuele hasta la papelera… algo así hará falta para que los alumnos den muestras de querer salir de su sopor, esbocen una media sonrisa, aviven los ojos y se muestren interesados.

Hace un año o dos, algunos comentaristas de la actualidad ironizaban sobre la cultura de sus conciudadanos y la propia diciendo, más o menos: “Ya todos tenemos una cultura Google”. Pues bien, me parece que el vertiginoso descenso que se está produciendo, ya sólo permite que nos concedamos “una cultura Youtube”.

Cuevas de la Juana

Mañana gris y templada. Parece que amenaza lluvia torrencial. Parece, pero las nubes no son tan mollares en esta parte de las Andalucías. Sin pecar de imprudente se puede el paseante arriesgar a salir al campo sin llevar chubasquero.

A Dílar. En las zarzas que orillan la Cuesta del Perro forman tertulias los gorriones, desocupados en esta época. Se vende mosto. Viña de… Al río por el Camino de la Dehesa. La poca vegetación permite ver en la ladera de enfrente las negras bocas de las Cuevas de la Juana. Allá vamos.

El río brama. Baja hinchado por la templanza. En mitad de la ascensión hay que dejar el camino para trepar, primero a través de bancales de olivos y luego por el puro monte, hasta el minúsculo rellano al que se abren las cuevas. Un mirlo, sorprendido en sus quehaceres, levanta el vuelo. Chumberas con algún fruto colorado. El cadáver consumido de un zorro. Grietas en el terreno: las excavaciones de las alimañas han formado mágicos relieves en la pared de arenisca. Las excavaciones humanas, las cuevas, son escuetos agujeros en el talud. Algún techo encalado, en el que se han producido desprendimientos de rocas. Otros techos están ennegrecidos por el humo de las fogatas. Ínfimos muretes de piedra y barro quieren completar los miserables habitáculos. Una higuera, entre las matas de esparto y de romero, se ha vuelto enana a fuerza de abandono. Alguna vivienda exterior al talud, aprovechado como cuarta pared. En el suelo, rocas de recientes desprendimientos. Una de estas humildes viviendas inspira, no la conmiseración de las otras por las paupérrimas gentes que vivieron aquí; ésta despierta una emoción y ternura especiales, como si conservara una especie de aura por haberla habitado un hombre santo. La cueva está precedida de una breve tapia, que forma un minúsculo corral. Ahora en este corral, de no más de cuatro metros cuadrados, crece alta la hierba; y un almendro sin amo, con sus ramas cargadas de almendras, se eleva muy por encima de los muros. La cueva misma sólo es un mínimo abrigo donde apenas guarecerse de la intemperie, con espacio para una yacija de pasto seco. Una cueva como pudo ser la de Belén, o la que se construyó Fray Roque en el Collado, a una hora de camino de aquí.

El paraje es hermoso. Es posible que los desgraciados que aquí vivieron se sintieran alguna vez agradecidos al cielo o a la vida por haberles proporcionado uno de estos refugios en la ladera del monte.

En la otra ladera, más o menos a la misma altura sobre el río, las construcciones modernas de Dílar: chalés de elegantes líneas, de amplios ventanales y terrazas que miran hacia el río y hacia esta vertiente.

Terminada la visita. Hay que seguir. Seguir trepando por la empinada pendiente; alejarse del vacío y silencioso poblado. Al llegar a lo alto, la mirada de nuevo se expande: algún secano en rastrojo y amplios campos de almendros y olivos. Al fondo, la sierra. De pronto el aire zumba amenazante: una bandada de palomas que vuelan altas. Vienen como de los cortijos: Parejo, Gilópez o Macairena, y van hacia Dílar; como si quisieran alejarse, también ellas, de las miserias de la vida en el monte.

Humo de fogata en un olivar: alguien está recogiendo sus aceitunas, ajeno a la fiesta.

Gójar, 25 de diciembre de 2002