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Oculta voz

A veces, mientras hablo, me parece

una cortina de humo cuanto digo;

tras la cual yo me aparto de ese amigo enemigo

que reclama mi voz y la suya me ofrece.

Una abierta despensa de voces sin sustancia

le regala el oído mientras yo vuelvo adentro,

me encastillo en mi acrópolis, me hago fuerte en mi centro;

y, cual hostia, mi voz le fabrico a distancia.

A veces, mientras hablo, me parece

que cuanto digo es humo de colores,

nube de voces vacuas que se alza y desvanece.

Mientras, vuelvo a mi hondo, y la voz que allí crece,

la voz de lo inefable, la de dioses cantores,

busco, busco por los oscuros corredores.

La seño Gloria

Mientras oigo en la radio “In paradisum”, una preciosa pieza musical de cuyo autor no llego a enterarme, recuerdo que Gloria, la compa de Música, me comentaba que hoy, a las 20:30, en el auditorio Millán Picazo, tendría lugar un concierto interpretado por un cuarteto de cuerda. A esa hora, si salgo, le contesto, salgo a andar; y sólo oigo la música de la calle, por muy cacofónica que sea, o la música de la naturaleza, aunque mis oídos sean rudos para tales melodías.

Ella, la seño Gloria, va siempre que puede, y puede casi siempre, a los conciertos, vive la música, casi para la música… Sin duda ama la asignatura que imparte en el instituto. Pero no corren buenos tiempos para la lírica. En estas aulas pseudorousseaunianas (¡toma ya palabra!) en que nos ha tocado trabajar, en ese primer ciclo de la ESO, la tarea es ímproba, exasperante y mínimamente productiva.

Hace pocos días, Gloria se interpuso entre la silla que un energúmeno iba a proyectar contra otro alumno, y el objetivo del proyectil. No recibió un silletazo de milagro; pero del golpe psíquico no se libró; y salió de clase llorando.

Algunos compañeros alternan grupos de alumnos del primer ciclo con otros grupos de alumnos mayores; y esta alternancia hace más llevadera la mañana. La seño Gloria, dando clases de Música sólo a los pequeños –está claro que no son fierecillas, pues las amansaría con su música- la seño Gloria, quién lo duda, se está ganando el acceso “in paradisum”.

Leídas por Gloria estas líneas, me corrige: no un cuarteto, sino un trío. Y toca, me asegura, magníficamente. A continuación me muestra el tríptico de la programación, para el otoño de 2007, de la Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano: “Trío Arbós. Obras de Ravel, Schöenberg y Turina”. Gracias, doña Gloria, por la corrección.

La luna desde Venus

En la madrugada de ayer, cuando todavía era noche cerrada, avanzaba yo sin prisa por el monte de Venus (por el monte que cruza la calle Venus, junto al Hospital y la Escuela de Enfermería) camino del trabajo; mientras, la luna llena, apenas velada por la gasa de algunas nubecillas, era en el cielo de occidente una belleza espléndida. Y recordé a algunos poetas que en tiempos recientes han cantado su hermosura, han orado ante su divinidad. Durante la dictadura de Franco, cuando la poesía tenía que ser “un arma cargada de futuro”, los poetas sintieron vergüenza de cantarle a la luna. Luego llegó la transición, y la democracia, y la homologación con Europa. Y los poetas pudieron cantar otra vez a la casta diosa. Casta diva precisamente es el título de un poema de Eloy Sánchez Rosillo, en el cual evoca una noche de su adolescencia, en la casa y los campos de su infancia; una noche de vela y de contemplación casi mística:

La luna, quieta

en el centro del cielo, mi miraba

como mira una madre, con mucho amor, y ungía

con su luz mi inocencia.

Todo mi ser vibraba, entregado al misterio

de aquella noche mágica. Y caminé sin rumbo

por los campos, henchido el pecho

de emoción, de entusiasmo; ebrio mi espíritu

del divino fulgor que me daba la luna.

Y el poeta valenciano Carlos Marzal, en un libro de 2004, canta y reza igualmente a la luna de su pueblo (“La luna sobre Serra”), a “la luminaria fiel de los veranos”:

Tú que riges las horas vehementes,

y el ritmo pasional de los desmayos,

ampáranos, ampara

a estos tus hijos incondicionales.

Cuando ya iba yo por la Biblioteca Pública del barrio, otro altozano desde el que mirarla, la luna llena, de oro, ya se quería caer sobre los tejados, se arañaba con las grúas, se enredaba en las ramas de los árboles.

Finalmente, con el mundo turbiamente alumbrado por otra luz más hosca y agresiva, mientras ella se hundía en las ondas de la Mar Océana, yo me hundía en las hondas mazmorras del instituto Saladillo.