• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Andariano

Para pasar en mi pueblo este fin de semana prolongado por el viernes Día de la Hispanidad, me he llevado un libro de poesía: Poesía completa, de Víctor Botas.

Una forma tan plausible como otras muchas, ésta de que un andaluz celebre la fiesta de España leyendo a un poeta asturiano… Tengo –o tuve- amigos asturianos. Y a veces he sentido enormes deseos de que alguna divinidad doblase por medio esta piel de toro que nos acoge para darles un abrazo… De modo que los sigo recordando con especial emoción cuando leo a alguno de sus paisanos: a Víctor Botas, por ejemplo, que me recuerda a Clarín (el más grande) por haber acabado la vida cuando estaba próximo a la raya del medio siglo.

Conocía a Botas por una antología de 1996 (de J. L. García Martín; editorial Renacimiento) y por su último poemario, póstumo, que ya tenía bastante leído: Rosas de Babilonia.

No he terminado esta Poesía completa: una razón más para que no se me ocurra ahora hacer la crítica de Botas. Bueno… Reconozco que me han resultado poco interesantes sus dos primeros libros, en los que a pocos poemas les he puesto la señal de la cruz de mi antología personal. Pero la cosa cambió al llegar al tercero: Segunda mano. Y no digo más. Sólo que se ha producido la casualidad de que el último poema que he leído, que es el último de Historia antigua (1987), y que se titula “Asturcón”, es un poema en el que Víctor Botas no sólo evoca, sino que parece enjuiciar, o criticar sin acritud, a sus amigos, o enemigos, los poetas andaluces. No es una apreciación mía: en el prólogo del volumen, la misma pluma del poeta escribe lo siguiente: “Historia antigua fue finalista del Premio de la Crítica, premio que igual no consiguió a causa del poema titulado “Asturcón”, que por lo visto sentó como un tiro a amplios sectores del poderoso clan de la poesía andaluza.”

Pues bien, pongo mi granito de arena para fastidiar a los poetas andazules –yo no soy andazul, sino andariano, como hago pregonar al título de hoy- copiando aquí, para los visitantes de Certe patet, el poema…

ASTURCÓN

(Epílogo marcial)

Este caballo de pequeña alzada

que ciñe, como puede, el torpe casco

a un trote acompasado, vino a ti

desde Asturias. –Comprendo

que los hay en la Bética más dóciles,

con más escuela, vamos, y capaces

de recorrer la vía

Hercúlea, meneando

las cachas casi casi

igual que Telezusa (sí, la chica

aquella, gaditana por más señas,

que de sobra podría

levantársela a un muerto

con sus danzas). Pero éste,

éste que vino

a ti desde las brumas

sigilosas del Norte, atravesando

a trancas y barrancas las alturas

de los montes astures, tan huraño,

tan modestito él, tan poca

cosa y, por si no bastara,

cojitranco, contento

se daría en los dientes con un canto,

si acertara a traerte,

para adornar tu sien, no el oro,

no las rituales ínfulas, tampoco

insensatas guirnaldas (a la postre

no se trata, supongo, de inmolar

una cerda preñada

a la pródiga Ceres), sino algo

(imagina un instante que ahora mismo

emprendes, yo qué sé, un largo viaje

a las míticas fuentes

del somnoliento Nilo

con tu amor imposible,

romántico y secreto), sino algo, decía,

muy parecido en todo

a una emoción inquieta y -¿por qué no? ¿por qué no,

a ver, por qué?- unas gotas

de sonriente coña beatífica.

Mediterráneo

Vivo en una ciudad, Algeciras, que está en una punta del Mediterráneo. En la otra punta está la antigua Bizancio, la antigua Constantinopla, Estambul. Estuve en Constantinopla a principios del verano; quiero decir que leí La caída de Constantinopla, el estupendo libro de Steven Runciman. El caso es que estas dos ciudades, que quedaron unidas en el verso de Serrat, en su canción Mediterráneo, debieran estar más hermanadas. Algeciras no es una ciudad bella, ni que se cuide para que lo parezca. ¡Una pena! Tiene su bahía, que también es su vertedero, su cloaca. Espero que algún día Algeciras sea una ciudad bella. Espero que algún día Estambul sea una ciudad europea, como, según parece, quiere que lo sea la mayoría de los turcos. Musulmanes y europeos, los turcos. Y la religión, la cristiana o la musulmana, fuera de las instituciones de los Estados. Estambul está en un país en peligro de ser fanatizado por la religión. Algeciras da a una bahía en inminente peligro de defunción. Desde mi terraza veo la figura, inclinada hacia popa, del New Flame. Acabo de echar un vistazo al número 3/07 de Green, la revista de Greenpeace. De ella copio ahora dos breves fragmentos:

Si Neptuno levantara la cabeza y se asomara a su Mar Mediterráneo, la volvería a esconder, seguro. Si no se encontraría nadando en un mar contaminado, con basura, sin peces y cuyas costas se perfilan a golpe de hormigón. Para los antiguos griegos y romanos, el mediterráneo era el reino de criaturas mitológicas […]. Hoy en día los habitantes del Mare Nostrum han pasado a ser plásticos, redes y ladrillos. A pesar de ser uno de los ecosistemas marinos más bellos y ricos del mundo, también es uno de los más maltratados y amenazados. (Pág. 26)

Ante el peligro de hundimiento del buque New Flame en Gibraltar, Greenpeace pidió al Gobierno conocer el contenido de las 27.000 toneladas de chatarra. El buque lleva semanas amenazando con partirse y nadie conoce qué carga lleva a pesar de que el impacto ambiental de un posible vertido depende de las características de ésta. […] Una vez más se demuestra la falta de control en la zona. (Pág. 7)

Pero sonriamos. Hoy es domingo; y mientras quede algo de vida, hay esperanza.

Hasta el 2017

A mi amigo Nicolás

-Este carné está caducado desde hace más de un año. –Me dice el empleado de la Caja de Ahorros mirando el mío de identidad, que le he entregado, junto con la libreta, para una operación. Yo pongo cara de cateto analfabeto y le pregunto si quiere que le enseñe el de conducir, a ver si hay más suerte. Me contesta que no es necesario, pero que debo renovarlo.

Pocos días después me presento en Comisaría a eso de media mañana, estamos en agosto, pensando que el trámite de renovación será cosa de un instante; pero un poli que vigila a los que se acercan a la mesa de Información me hace saber que los números (cien números) los reparten a las ocho y cuarto de la mañana, y me recomienda que procure llegar un rato antes, porque se agotan en seguida.

Al día siguiente, a las siete y cuarto, llego al lugar, donde ya esperan unas veinte personas que se me han adelantado. Pregunto por el último y me quedo con su fisonomía: un joven moreno con cresta rubia, camiseta de tirantes, pantalones piratas y chanclas. La gente sigue llegando… Todos, como yo, preguntan por el último y luego se quedan merodeando por la acera, sin orden ni concierto. Para cuando son las ocho, allí hay una turba de noventa personas, más o menos, no en fila, sino en montón, como las patatas fritas. En la puerta de al lado, que también pertenece a las dependencias policiales, cuatro agentes del orden y una chica de aspecto vigoroso, el pelo recogido en coleta, charlan amistosa y animadamente. Y yo pienso: verás cómo, a la hora del reparto de números, aquí se arma la marimorena, y estos espantaburras se quedan ahí, tan frescos, viendo cómo nos atizamos unos a otros, que parecemos hampones esperando la sopa boba de un convento.

Pero sale el poli que reparte los números y grita: -¡A ver! A este lado, los extranjeros; y a este otro, los del carné de identidad. Y, milagrosamente, la muchedumbre se estira como un chicle, todos pegaditos al muro, como las hormigas en mi casa; al parecer, todo el mundo se había quedado con la cara del que le había dado la vez.

Terminado el reparto, el poli de los números nos dispersa con su aviso: -No abrimos al público hasta las nueve. Y los solicitantes, ya numerados, se dispersan hacia las cafeterías de la zona, desayunan… y luego van volviendo.

Cuando ya casi me toca, tres compañeros de la espera, con aspecto de yonquis desahuciados, salen, amablemente acompañados por un agente, y entran por la puerta donde siguen charlando los cuatro polis; que ya no son cuatro, sino cinco: la chica que estaba con ellos, ahora viste el mismo uniforme que los otros. Según alguien comenta, los drogatas, que efectivamente parecen haber pasado la noche en sendos bancos del parque próximo, están más para que les den una ducha, un plato de sopa y una cama, que un carné.

Llega mi turno. El acto más llamativo es el de mancharse con tinta el índice derecho, para dejar la huella dactilar. Y el funcionario me despide: -Puede pasarse a recoger su nuevo documento cuando pasen cuarenta días. –¿Por qué necesitarán tanto tiempo?, me pregunto, ¿los harán a mano, para que tengan un valor añadido como  productos de artesanía?

Han pasado cuarenta y muchos días. Es octubre. Aprovechando las dos horas de anticipo de la jubilación que, a regañadientes y a medias, nos ha concedido la Madre Administración a los maestros mayores de 55 años (por si nos morimos a los pocos  días o meses de acceder a esa jubilación, desgracia que les suele ocurrir a los más infelices, como yo por ejemplo), me acerco hasta la Comisaría. Entro mirando por encima del hombro a los pobres portadores de número, que se asoman a la puerta y se dicen unos a otros: “Ya ha pasado el cuarenta y cuatro”… Y, en menos que se reza un abecedario, recibo mi flamante deneí. Y otra vez a la calle, donde me calo mis gafas de présbita: para contemplarlo a mi placer, para comprobar que no hay datos erróneos,  para cerciorarme de que el de la foto soy yo. Lo soy… Es mi pelo ralo y endeble, son mis cejas, espesas y cortas, mis ojos achinados y ojerosos, mi barba de chorreones blanquecinos, como la de don Quijote cuando se encasquetó la celada recipiente de los requesones de Sancho… Cualquiera que vea está foto, sabrá con seguridad que no soy el galán de la comedia… Los datos de fecha de nacimiento etc. tampoco están equivocados… Finalmente, la frase que me deja pensativo es la de “válido hasta nosecuantos de 2017” ¿De veras válido hasta el 17? ¿Y su validez garantizará la mía? Por si acaso así fuera, lo guardo, con mucho tiento y primor, en el compartimento más seguro de recia billetera.