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Intrincada selva

Mientras paso la fregona por el suelo de la cocina, comienzo a sentir un suave cosquilleo en la cabeza. Me doy un par de enérgicas pasadas con la mano, pero persiste el cosquilleo. No me inquieto. Conozco la causa que lo produce, y continúo moviendo la fregona con la gracia y el donaire que me caracteriza.

No me inquieto; aunque me compadezco. Al terminar de comer, hemos visto la encimera completamente invadida por las hormigas. Lo cubrían todo, pero lo que más las había atraído, donde estaban literalmente amontonadas, eran las tijeras con las que Marga había estado cortando la perca para freírla. De modo que hoy he comenzado la recogida perpetrando una masacre. Este verano ha sido un verano de hormigas. Las hemos sobrellevado con paciencia; y eliminado con alevosía. Se reproducen con denuedo.

Ahora tengo una en la cabeza. Siento pena por ella; tan chiquita, tan frágil. Mi ralo pelo rapado le estará resultando una selva inextricable. Siento también un extraño y algo sádico orgullo. ¿Qué grande le debo de parecer! ¡Qué inmenso bosque, o qué extensa sabana, cubierta de gigantescas plantas herbáceas, mi cabeza! Pero en seguida me desentiendo de mi mísera invasora: en la radio, con música de Gluck, Orfeo está cantando para sacar a su amada del infierno.

En tránsito

Llevo tres días aquí, en este descampado que bordea la autovía, viendo pasar coches, camiones, motocicletas; y contemplando el cadáver hinchado de este gato que en algunos momentos de su vida llegó a lucir un hermoso pelaje blanquinegro: primero cuando era un inquieto jovencito y tuvo amos y casa en la que vivir, en una ciudad algo lejana del suburbio en el que estamos ahora; y después, cuando fue un gato montaraz y vivió alguna racha de buena suerte, y comió bien, y tuvo un abrigo escondido donde guarecerse. Ahora ya el pelaje del cadáver ha ido tomando esos tonos terrosos y apagados, e incluso ha comenzado a desprenderse del cuerpo, con este fuerte aguacero desatado hace unas horas.

Durante tres días me he entretenido viendo pasar vehículos por la autovía, y viendo el gesto de asco que ponían, al ver este cadáver que va desfigurándose, los pocos viandantes que por aquí han transitado. Y me he entretenido meditando y recordando; recordando cómo ha sido mi vida con este minino, durante los dos año y medio en que hemos estado unidos; meditando sobre la unión de los individuos en el Todo. Las almas no dormimos. Siempre estamos en vela. Yo he sido el alma de ese pequeño felino, ahora atropellado y estropeado, ahora sólo un cadáver que va disolviéndose en la tierra. Tengo órdenes de permanecer aquí, velando por un breve tiempo el cuerpo inerte del que ha sido mi aposento durante dos años y medio. Estoy en tránsito. En cualquier momento recibiré la llamada para incorporarme de nuevo. En un hospital situado en lo alto de esa loma que ahí arranca, está a punto de nacer el humano que se me ha asignado. Sé que en ese hospital nacen niños de familias acomodadas, que ocupan lujosas mansiones con jardín, y con muchas provisiones de toda índole; y también nacen niños de padres que viven en casuchas zarrapastrosas, mugrientas e inhóspitas, como esas que se ven aquí cerca. No tengo información sobre el humano que me ha tocado animar. Sólo sé que es humano.

Vertido en versos

En alguna parte de este blog ha quedado dicho lo que ahora repito: que los poemas que escribí entre 1990 y 2005 (más o menos) los fui recogiendo en tres cuadernos sucesivos (Eternamente, Recogido en la playa, Cuando llega el dolor) los cuales, posteriormente, refundí en uno solo, bastante largo y estructurado en doce secciones temáticas.

Comento ahora, brevemente, los títulos que los tres cuadernos iniciales recibieron en su día; ahora que veo que son títulos que ya desaparecen:

Eternamente; es un adverbio sacado de la “Profesión de fe” (que también es una especie de “oración del ateo”) de Antonio Machado: “Que el puro río / de caridad que fluye eternamente / fluya en mi corazón”.

Recogido en la playa quería destacar el aspecto de hallazgo que puede considerarse en cualquier poema, quizá en cualquier obra de arte, más nimia o más grande: la estatua está en el bloque de mármol; la melodía, en los sonidos de la naturaleza o del cosmos; el poema, en las bandadas de palabras que salen de nuestra mente y revolotean delante de nosotros como bandadas de estorninos o de gaviotas. Por alguna casualidad extraordinaria que no voy a analizar ahora, el artista la palpa, la oye, lo ve.

Cuando llega el dolor es la proposición subordinada temporal de una proposición principal deducible por el lector sin mucho esfuerzo: nunca estamos suficientemente preparados. Sabemos que ha de llegar, a no ser que se le anticipe la Descarnada; pero cuando llega, siempre nos sorprende; y por ello somos poco pacientes, somos malos pacientes.

El título del cuaderno que unificó los tres: Vertido en versos. Y ahora no recuerdo si se me ocurrió al leer un pasaje de Ángel González en un número monográfico que le dedicó la revista Litoral, o si ya tenía el título, y la lectura de las palabras del poeta ovetense me confirmaron en mi elección. Por lo demás, creo que la imagen poética que contiene, no necesita mayor comentario.

Tampoco necesitan explicación los títulos de las doce partes en que Vertido en versos ha quedado dividido:

1.      Retratos de familia.

2.      Tierra.

3.      Mar.

4.      Otros paisajes.

5.      Maestrillo en Secundaria.

6.      Lecturas y homenajes.

7.      Poéticas.

8.      Jocundias.

9.      La herida.

10.  Veinte breves.

11.  Sólo sonetos.

12.  Final.

Una cierta cantidad de estos poemas ya han aparecido en este blog: no sólo sueltos en distintas entradas: como parte (la parte mayor) de un cuaderno independiente, aparecieron los sonetos (Sin cuenta sonetos)… No obstante, me apetecía poner aquí todos los poemas, distribuidos en esas doce secciones en que los ordené por última vez, antes de que Certe patet existiera. Y aquí están, en la columna de la izquierda (“Páginas”). Si les dedicas una mirada, atento, despistado o curioso visitante de Certe patet, y encuentras alguno que te agrade especialmente, considéralo el regalo que personalmente te hago. Que yo me siento pagado con tu atención a una de mis criaturas. Vale.