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Sin tocar el suelo

En mi última caminata sabatina, por los parajes del río Dílar, llegó de pronto a mis oídos, con extraordinaria nitidez, el golpeteo de cascos de caballos. Y pude verlos: muy pequeños por la distancia a la que se encontraban, en la otra vertiente del profundo y ancho valle. No eran más de tres o cuatro… Se me ocurrió intentar imaginarme lo que sería el estruendo producido por una carga de caballería: mil caballos al galope montados por mil demonios de la guerra, que empezaban a aullar cuando olían la sangre del enemigo.

Siempre me han gustado las películas con caballos, que generalmente son también películas de amplios paisajes, de vida al aire libre. Las películas del oeste americano son las que más hemos visto casi todos los de mi generación; pero no menos nos han gustado, cuando han sido buenas, las películas de caballeros europeos anteriores a las armas de fuego, cuyo aborrecimiento tan encarecidamente manifestó el caballero don Quijote en su discurso de las armas y las letras. Porque no sólo son atractivos los caballos en el cine: también en la literatura. No sólo por los caballeros, seguramente también por los caballos tuvieron tantos aficionados las novelas de caballería del siglo XVI, cuya serie se cierra y se culmina con la de Cervantes; quien, como ha hecho notar algún crítico de las últimas décadas, fue un voraz lector del género; de modo que su novela, si es una parodia de los amadises, los palmerines y los olivantes, también es un melancólico homenaje de todos ellos.

¿Y qué me dicen de los libros en que el protagonista es el gaucho de la pampa? Ese don Segundo Sombra con su tropilla que es como su casa, o el mismísimo Martín Fierro…

El caballo es sin duda el animal más hermoso de la Creación, el regalo de Poseidón a los atenienses, pueblo que, precisamente por ser mucho más marítimo que terrestre, antepuso el regalo de Atenea, el olivo.

Muy pocas veces he montado a caballo… La primera de ellas, cuando tenía no más de ocho o nueve años. Lo recuerdo muy bien por la impresión tan fuerte que me produjo; y porque fue el día en que gané mi primer jornal como trillero. Mi tocayo Antonio, el gañán de Enrique Gómez (uno de los ricos del pueblo), me alzó en volandas y me colocó sobre el lomo en pelo de Babieca (nombre, como todo el mundo sabe, de ilustre abolengo), una yegua percherona como un transatlántico encaramado en cuatro torres, que formaba yunta con un mulo blanco tan enorme como ella. ¡Y hala!, ¡a romper parva!, a deshacer los haces del cereal con el pataleo potente de las bestias, hasta dejar la parva en condiciones de meter la trilla.

No creo que vuelva a montar a caballo en lo que me quede de vida. Entre otras razones, porque ya me voy acercando a esa edad en la que no me aceptarían como alumno en la escuela de hípica. Pero me sigue atrayendo con fuerza la bella estampa del animal más noble, solo o con un jinete que lo sepa tratar con el tacto, la lealtad y el cariño que se merece ese quizá inmerecido regalo del dios del mar a los humanos.

Ex me melior exibis

Jovellanos, oigo en la radio, acaba de leer su discurso de ingreso en la Academia… ¡Qué disparate! Mi sueño de recién levantado y el ruido craneal de las tostadas al ser trituradas me trabucan la audición:  Juan Luis Cebrián, el periodista, ha hablado de Jovellanos en su discurso de ingreso en la «Venerable Institución», donde va a ocupar la silla que hace un par de siglos, cuando la Academia estaba más recientita, más joven, ocupara el «Ilustre Polígrafo».

Este tiempo atrás -que me perdonen mis alumnos de Literatura por repetirme- comentábamos en clase el lema que don Gaspar le puso al instituto que creó en su Gijón natal: Quid verum, quid utile. Una frase que refleja bien la mentalidad dominante entre la intelectualidad de aquel tiempo. Ya digo: ¡hace dos siglos!

Poner hoy un lema en latín a un Instituto de Bachillerato es un gesto arcaico, arcaizante… ¡un agüelorio! (dicho sin el permiso de la Academia). Hoy, que el noventa y nueve coma nueve por ciento de las pintadas lo escriben los alumnos en inglés, en la lengua del Nuevo Imperio… ¿Quién se quiere acordar de la lengua de Julio César o de Adriano? Sólo los fósiles recuerdan a los fósiles… Además, seguro que esos tíos no eran tan guapos como Brad Pitt o Richard Gere…

Pero yo me digo: la memoria humana es grande (más desde que cuenta con la ayuda de los ordenadores): es la gran riqueza de nuestra especie. ¡No desdeñemos nada de lo que en ella hay! Lo que de ella desaparezca, que sea por accidente, no por craso asesinato: porque se ha caído, no porque lo hemos tirado. Yo, en el terreno familiar, he propuesto a mis hijas que aprenderé de ellas el Inglés al tiempo que les voy enseñando el Latín: las tengo medio convencidas.

¡Y ya tenemos lema en latín para el Instituto!… Después de todo, tanta distancia lingüística no hay con respecto a un posible lema en inglés: pensemos que con un significado similar, la frase latina podría haber empezado: EXIT MELIOR… O sea, latín e inglés a la vez. Toca preguntarse ahora: Entre medias de estas dos lenguas imperiales, ¿qué papel pinta el castellano, que, por cierto, también -o tan mal- fue una lengua imperial, aunque ello se nos haya ya caído de la memoria? Pintar, pintar…  Lo ha pintado (aparte de usarlo siempre tan magníficamente) García Márquez, pero no en sus últimas declaraciones: lo pintó en aquel cuento titulado Un señor muy viejo con unas alas enormes. Algo así…

Las formas son importantes, es decir, «in-portan», es decir, «llevan dentro»: por eso son «in-portantes», porque guardan los contenidos. El contenido de ese lema es lo que debemos recordar, y si para eso sirve la escueta frase latina, olé la frase latina. Hace pocos días vi un trozo de película: Profesor Holland, ya digo, sólo la parte final… El protagonista era el profesor de Música de un Instituto… Acabada su vida docente, a aquel profesor se le hacía un homenaje -la acción debía de transcurrir en el país de las hadas…-. Lo presidía la Gobernadora de la ciudad, antigua alumna de aquel profesor, y le decía en un emotivo discurso, y ante un auditorio inmenso: «Nosotros somos como las notas de la sinfonía que usted piensa que no ha compuesto, y sí ha compuesto. Todos somos mejores gracias a usted.» Pues eso creo yo que nos dice el Instituto: «Sé que saldréis de mí mejores de lo que habéis entrado. Lo que en mí hay es bueno, incluso grande y hermoso. Unos os impregnaréis de todo ello en mayor medida, y otros en menor; pero lo que de mí recibís es bueno, y a vosotros os hará mejores personas. En mí os vais a enriquecer de una riqueza que no es de bienes de Fortuna –que revuelve con su rueda / presurosa, que vuelve a despojar de ellos cuado quiere-: son bienes de naturaleza, que sólo os podrá arrebatar otra diosa más dura y más fuerte que la Fortuna… ¡Ojalá esa otra diosa no se os acerque nunca.»


(1995, más o menos. Estaba destinada esta página a La Papelera, la revista del Instituto. No recuerdo por qué razón no se publicó entonces)

Cálamo cano

Si es de cuervo la pluma con que escribo,

no es del cuervo de Poe, sino de aquel

al que despluma el noble Juan Manuel

por que ande, entre los búhos, de recibo.

Un cuervo libre, aunque un cuervo cautivo,

un cuervo cazador, aunque cimbel;

y aunque tiene sus puntos de cruel,

es sobre todo un cuervo compasivo.

Ya lleva denunciados muchos yerros

con su cras persistente, casi humano,

y ha presenciado innúmeros entierros.

Es un cuervo encorvado, un cuervo anciano,

que vaga solo y grave por los cerros,

un cuervo cisne, de plumaje cano.