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Las velas del café

Del expositor del supermercado, al carro de la compra; del carro de la compra, a la cinta transportadora de la caja; de la cinta transportadora de la caja, a las manos de la cajera; de las manos de la cajera, al cajón de embolsado; del cajón de embolsado, a la bolsa; de la bolsa, al carro; del carro, al coche; del coche, a la despensa; de la despensa, al poyo de la cocina; del poyo de la cocina, al bote del café; del bote del café, a la cafetera…

Y, con toda seguridad, la cantidad de velas que ha sufrido el café desde el supermercado a mi taza, es una cantidad mínima comparada con la de las que ha soportado anteriormente: de la mata, al cesto; del cesto, al saco; del saco, al tractor; del tractor, al lavadero; del lavadero, al secadero (ahí es donde le dan más velas, según tengo entendido); del secadero, al saco; del saco, al almacén; del almacén, al camión; del camión, al almacén del puerto, del almacén del puerto, al muelle; del muelle, a la grúa; de la grúa, a la bodega del buque (esperemos que no sea un buque de vela); del buque, a…

Esta noche el café se está vengando

en mi incauta inocencia:

me he tomado dos tazas

y ando desvelado y dando velas,

¡qué noche tan nefasta!,

cuando el alba se acerca.

Mi bici

Porque estaba cansado de andar,

me pesaban las piernas,

la cabeza y los años

que cumplí recorriendo caminos,

me acordé de mi amiga, mi bici.

Desde siempre mi amiga admirada…

Desde aquel mediodía radiante,

hace ya medio siglo,

en que vi asomar a mi padre,

ingrávido, señero, magnífico, sereno,

por la entrada del pueblo, en flamante BH.

La bici de mi padre fue bici de familiar:

a mi padre llevaba al trabajo;

mis hermanos y yo no le dábamos tregua;

era bestia de carga y bici de carreras

e hizo de nosotros ciclistas y mecánicos.

Pasaron muchos años, tuve mis propias bicis.

Ahora soy mayor, y más voluminoso.

Me olvidé de mi bici.

Pero he vuelto a montar en mi máquina;

la tenía arrumbada, medio oculta entre trastos del sótano,

silenciosa y cubierta de polvo.

Le he devuelto sus brillos

y ella ha vuelto a volar en la ruta

con pedales que ya son pedalas, cual los pies de Mercurio;

y yo vuelo con ella, y me siento feliz.

Ya no soy un anciano que arrastra

por pedregosa senda unos pies estragados,

arrostrando un destino de muerte;

ya cabalgo en mi alado corcel,

ya cabalgo de nuevo.

Agosto de 2006.

Memoria

Esta tarde he estado en el dentista, para una revisión. Es un excelente dentista. El año pasado me hizo una serie de reconstrucciones y arreglos de los que deduje que es un gran profesional, además de un buen hombre. Le escribí un poemilla jocoserio de reconocimiento, unos veinte versos, y se lo entregué, en una tarjeta, a una de sus ayudantes. Y no me quedé con ninguna copia. Hoy, al cabo de un año, mientras aguardaba en la sala de espera, he comprobado que siguen íntegros en mi memoria aquellos versos. Otras veces, en cambio, intento recordar de qué trata o cómo es el poema que he escrito, o terminado, tres días antes y no lo consigo. Caprichos de la memoria… Después, en la misma sala de espera, he cogido un Magazine del verano pasado y he leído una entrevista al escritor egipcio Naguib Mahfuz, que, en las fotografías, tomadas en su casa, aparece tan decrépito y apagado: 94 años, ciego y casi sordo. Y sigue escribiendo: inventa y memoriza narraciones breves, frecuentemente inspiradas en sus propios sueños, y luego las dicta a alguno de sus amigos-colaboradores. Esta pudo ser la última entrevista que concediera el anciano escritor: murió algunos días después.