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Pegaso

Lector amigo, hermano

que te acercas a mí

y me tiendes la mano,

mano que no te di,

porque la mano mía

es mano yerta, sí,

caída, seca y fría.

Los versos que escribí,

estos que ves aquí,

los que al viento decía

y que el viento esparció,

y otros que guardo yo

se han llevado la savia que tenía.

 

La tinta no servía,

mas la sangre fluyó

en silencioso hilo

retorcido y caliente

que sale por el filo

de estilete valiente,

de estilete inhumano

que ha clavado su diente

en mi dedo liviano:

y yo no quiero que me des la mano.

 

Lo que vamos a hacer

para el mismo placer

es cruzar el canal

de soledad, de frío

y de llanto sin río

por un puente cabal:

coge el verso de un cabo,

yo lo atrapo del otro…

De creerlo no acabo:

¡con tu calor se ha convertido en potro!

 

En potro alado y bravo…

A su lomo seguro

los dos trepemos ya.

Por mi vida te juro

que emprenderemos vuelo:

porque aguardando está

ese divino cielo

que se ha abierto por fin a nuestro anhelo.

Helarte por el arte

A Juan Manuel de Prada

El arte nos distingue a los humanos,

dice en El Semanal esta semana

un Juan Manuel que era en la besana

de un Juan Manuel de tiempos ya lejanos.

Por el arte producen nuestras manos

en mármol, en metal, en prosa llana,

dones de la divina y soberana

gracia de eternidad: afanes vanos.

Afanes vanos son con que imitamos

al Todopoderoso, el Inmortal.

Creemos que creamos mientras vamos

rasgando la tiniebla: ese fanal

que a veces por el arte vislumbramos

es tan sólo el helarte del final.

Julio de 2006

Le sonaron las tripas en clase

A los diez años. Todos los compañeros que tenía a su alrededor lo oyeron, se volvieron a mirarlo, uno de los que estaban detrás le soltó un cogotazo, y todos, incluido él, estallaron en risas y alborotos.

A los catorce años. Sólo lo oyó un compañero de los que estaban más cerca –los demás andaban aturdidos por sus propios alborotos íntimos–. El compañero apenas lo miró, pero él enrojeció, y odió a su madre, considerándola culpable por haberlo obligado a comer aquel potaje que tanto aborrecía.

A los veinticuatro años. Último curso de su carrera universitaria. Sentado junto a una guapísima compañera con la que intentaba torpemente flirtear, se acercó al oído de la chica y le susurró: “Yo disimulo lo mal que me cae este tío –se refería al profesor–, pero mis tripas son más sinceras”. Entre la indulgencia y la impaciencia, la chica sonrió.

A los treinta y cuatro años. Era un atlético y apuesto profesor. Puso cara de cómica contrición, y golpeándose con la palma de la mano, no el pecho, sino el estómago, dijo a sus alumnos: “Mi cuerpo sabe que las regañinas por los excesos, si me las hace en público, son más eficaces”. Una guapísima alumna que estaba enamorada de él, le dedicó una amplia y arrobada sonrisa exculpatoria.

A los cuarenta y cuatro años. Cortó su explicación y, sin dejar el tono doctoral, comentó: “Nuestros órganos son como nuestros hijos adolescentes: cuanto más queremos meterlos en cintura, más se nos rebelan”. Una alumna cuchicheó algo con su compañera, algo completamente ajeno a la situación, pero él creyó haber leído en los labios de la chica, dirigida contra su persona, una frase insultante.

A los cincuenta y cuatro años. Tenía una barriga prominente, que su cinturón constreñía cuando se sentaba. Cuando sus tripas sonaron, sus alumnos, que en absoluto silencio comentaban absortos unos pasajes de una novela de Eduardo Mendoza, levantaron inquisitivos las miradas. Él comentó: “En mi testamento tengo hecha donación de mis tripas, por si se pueden aprovechar, no para remedio de algún enfermo, que eso no lo creo posible, pero sí para hacer cuerdas de violín, porque son muy sonoras.

A los sesenta y cuatro años. Él mismo no identificó con precisión la procedencia de tal ruido. Primero le pareció el de una cisterna próxima; luego sintió que la cisterna estaba dentro de su propio cuerpo, y que lo que descargaba no era agua, sino sangre. Unos segundos antes de derrumbarse sobre la tarima, comprendió que la guadaña del Ángel Exterminador lo había segado por la cintura, o sea, que acababa de cometer la impudicia de morirse delante de los alumnos.