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«Es erróneo defender el velo como una tradición: es una condena»

No por Antonio sino por

IRENE HDEZ. VELASCO. Corresponsal

ROMA.- Giuliana Sgrena: seguro que le suena el nombre de esta veterana feminista y corresponsal de guerra italiana, que ha cubierto entre otros muchos los conflictos bélicos de Argelia, Irán, Somalia, Afganistán, Irak y que siempre ha mostrado un interés especial por las condiciones de las mujeres en los países islámicos.

Sin embargo, no es a sus casi siempre excelentes crónicas y reportajes a los que debe su fama mundial, sino a un suceso tan trágico como estremecedor: el 4 de febrero de 2005, cuando se encontraba en Bagdad como enviada especial del rotativo Il Manifesto, fue secuestrada por la Organización de la Yihad Islámica. Y cuando por fin el 4 de marzo fue liberada por los servicios secretos italianos, vivió otra pesadilla: su coche fue tiroteado por soldados estadounidenses y el agente Nicola Calipari resultó muerto en el suceso.

Pero Giuliana Sgrena no está hoy aquí para hablar de eso, sino de lo que considera como el símbolo de la opresión musulmana contra la mujer: el velo. A ese polémico trozo de tela detrás del cual se ocultan discriminación, infamias, crímenes y muertes le acaba de dedicar un libro, El precio del velo, publicado en Italia por la editorial Feltrinelli.

«Es demasiado fácil decir que el velo es parte de la cultura de los musulmanes, que es una tradición… En estos tiempos de relativismo cultural, muchas personas de izquierda y muchas feministas caen en esa trampa y defienden que llevar el velo es una elección personal. Pero es un gravísimo error: el velo es una condena, las mujeres que se cubren con él no tienen libertad», afirma en declaraciones a EL MUNDO. «Es el primer paso para la eliminación de los derechos de la mujer. Y lo absurdo es que mientras muchas mujeres en países musulmanes luchan por su abolición, en Occidente se defiende el velo».

En muchos países en los que hacía tiempo que las mujeres habían conseguido librarse del velo, éste está reapareciendo con fuerza a golpe de reislamización. «Yo viajo desde hace años a países musulmanes, y te puedo asegurar que hace unos años en Argel, en Amán o en El Cairo había poquísimas mujeres con velo, salvo en los barrios populares, donde sí era tradicional. Pero ahora, sólo te encuentras mujeres con velo, porque hay en marcha un proceso de reislamización que establece que las mujeres deben de llevar el velo, y que si no lo hacen corren gravísimos riesgos. En Irak antes no había ninguna mujer con velo, ahora todas están con velo, hasta las cristianas, porque si no las matan», sostiene.

«Entre julio y diciembre de 2007 sólo en la localidad iraquí de Bassora fueron halladas asesinadas 50 mujeres, tiradas en basureros y con un cartel al cuello que decía: ‘Muerta por no llevar el velo islámico’», indica la periodista, en cuyo libro se citan otras cifras espeluznantes: 50.000 mujeres se suicidan al año en todo el mundo forzadas por sus familias para lavar su honor, según datos de la ONU. Y en las tres provincias kurdas de Irak, entre 1991 y 2007, 12.500 mujeres fueron asesinadas u obligadas a suicidarse por motivos de honor, según cifras de la prensa local.

Pero el problema no se encuentra sólo en los países de mayoría musulmana, sino también en Occidente. «Yo no lo sabía pero es altísimo el número de mujeres que han sido asesinadas en Italia por no respetar las reglas impuestas por la familia o la comunidad. Y en Roma está bastante extendida la poligamia y los matrimonios temporales. ¿Cómo podemos aceptar que en nuestro país pasen cosas de este tipo? ¿O que haya mujeres que mantienen encerradas en sus casas, que muchas veces son analfabetas o no conocen ni una palabra en italiano, y no saben cuáles son sus derechos ni deberes? ¿Cómo es posible que las feministas o la izquierda no nos ocupemos de esto?», clama.

La reportera de guerra de Il Manifesto admite que cuando Francia aprobó en febrero de 2004 la ley que prohíbe llevar símbolos religiosos en las escuelas públicas, ella misma se mostró escéptica. Como otras muchas feministas, pensaba que muchas chicas musulmanas se verían obligadas a abandonar los estudios ante la negativa de sus familias a dejarlas acudir al colegio con la cabeza descubierta.

Pero cuando en diciembre de 2005 fue a Francia para realizar un reportaje sobre el asunto, se dio de bruces con la realidad. Según el ministerio de Educación francés sólo 47 estudiantes en todo el país habían abandonado las escuelas públicas. Por todo eso, Giuliana Sgrena considera como un paso atrás que la laica Turquía haya permitido que se lleve velo en las universidades. «Es cierto, el velo es sólo un pedazo de tela. Pero en todos los países siempre se empieza con el velo, y del velo se pasa al estatuto de familia y de ahí a la sharia. Por eso para mí lo que ha hecho Turquía supone el primer paso hacia la re-islamización».

Diario El Mundo [hoy]

Su puta musa

Llega y se sienta a su lado;

y en seguida lo acusa

(mientras se desabrocha botones de la blusa)

de haberla abandonado.

Ya le tira un bocado

(él emite un gemido… se le aloca el latido)

feroz bajo el oído

izquierdo. Lo enardece, le palpa, lo engatusa,

le escarba, ¡cómo abusa!,

sous la culotte. Musita sin sentido

una sarta de insultos, sandeces, improperios

sin traducción posible al castellano…

Mientras su castidad arrolla.

Le inspira, le suspira, le aspira, le transpira…

Luego, por fin, se alza, se compone, lo mira,

le dice “Adiós, estúpido” y se pira.

Inés y Juan

Es una obra de la que, hace unas décadas, hasta los más analfabetos de mi pueblo se sabían de memoria alguna estrofilla. Francisco Rico cuenta, en algún pasaje de sus escritos, que su amigo Juan Benet no era nada partidario de esta obra, pero prácticamente se la sabía de memoria, lo que ilustra con una graciosa anécdota que no me detengo a recontar. Y el durísimo crítico Leopoldo Alas Clarín hace de ella un encendido elogio por boca del narrador de La Regenta:

Empezó el segundo acto y don Álvaro notó que por aquella noche tenía un poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor artístico del don Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una mercancía… La calle oscura, estrecha, , la esquina, la reja de doña ana… los desvelos de Ciutti, las trazas de don Juan; la arrogancia de Mejía; la traición interina del Burlador, que no necesitaba, por una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con todo el vigor y la frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de los tinteros […].

Una obra de teatro en la que tiene lugar la más famosa declaración de amor de la literatura española. Con una peculiaridad: el personaje que inicia la recitación de esas décimas de acoso y cortejo es un cínico seductor que no respeta nada con tal de añadir un asterisco más a su vitola de pirata levantafaldas; y el que termina la misma y susodicha recitación es un leal y rendido enamorado hasta la muerte, hasta el cielo o el infierno, de aquella doncellita vestida con hábitos monjiles que, tendida y apenas recuperada de un violento desmayo, lo mira con sobrecogido y candoroso arrobo, mientras siente que las palabras del joven, sus gestos, su persona, han suscitado en ella un fuego infinitamente más grande que todas las llamitas ciriales encendidas por las prédicas de convento, a las que había sido entregada desde su niñez.

Hoy en España tenemos casi totalmente olvidada esta obra. Aun así, yo quiero aportar un granito de arena, una palabra para su recuerdo; y quiero copiar aquí el final de la réplica de la doncella enamorada a su galán: el que había presumido de olvidar sus conquistas en una hora, que ahora, también en una hora, se veía elevado a la mayor dignidad humana por la fuerza imparable del amor verdadero:

 

No, don Juan, en poder mío

resistirte no está ya:

yo voy a ti como va

sorbido al mar ese río.

Tu presencia me enajena,

tus palabras me alucinan,

y tus ojos me fascinan,

y tu aliento me envenena.

¡Don Juan, don Juan!, yo lo imploro

de tu hidalga condición:

o arráncame el corazón

o ámame; porque te adoro.