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Un vaso de buen vino

Cuando llegó del campo se duchó y, en el cuarto que hacía de ropero y de oficina, se puso a revisar unos papeles, comunicaciones del banco, facturas, albaranes, mientras oía, música de fondo, la charla y el tintineo de cubiertos que había en la cocina, donde estaban cenando los niños con su madre. Una vez más comprobó que no iban mal las cuentas, que los pagos se podían afrontar, que pintaba muy bien la recogida, que si las chirimoyas, excelente cosecha, tenían buen mercado, el año iba a ser óptimo y opimo. No era un ignorante, tenía vocabulario, y le encantaba la palabra opimo. Guardó en las carpetas los papeles, se levantó, se dirigió hasta la puerta de la casa y abrió de par en par: para que entrara la paz de la noche campesina mientras él la miraba. Había una hermosa luna en el cielo, le faltaban tres noches para ser luna llena. Mirando los astros, le parecía sentir el palpitar del universo. Las rosas de cuatro rosales de copa, dos rojos y dos blancos, que adornaban el patio, perfumaban el aire. Al otro lado, a la izquierda, bajo un emparrado frondoso, reposaba el tractor con el motor aún caliente: en él, al volver de la finca, había llevado a la nave de la cooperativa veintidós cajas de tomates.

Por un senderillo de cantos de río se llegó hasta el portón y lo cerró con llave. Y se volvió para adentro. En la cocina la esposa mandaba a los hijos a lavarse los dientes y a ponerse el pijama. Él, mirando callado, complacido, sintió que era un hombre afortunado, que era mucho lo que la vida le daba. Luego, como cada noche, echó una ojeada a lo que había de cena, para enseguida servirse, blanco o tinto, un vaso de buen vino.

Comentario detesto

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Clase de Bachillerato.

Aula de Segundo

C. Las alumnas

(sólo hay un mozo en este grupo)

hacen su examen penúltimo

para la evaluación (o vacación)

que se aproxima. Un examen muy duro

según ellas. Escriben el comentario

de ese pasaje celiano en que Sonsoles, en su sótano húmedo

de la calle de Ruiz

(vivienda por la que paga el matrimonio quince duros),

se queda sola zurciendo calcetines

cuando Seoane, su músico,

se marcha al café de doña Rosa. Sonsoles evoca

su mocedad, los tiempos en que daba gusto

verla: hermosa, gorda, reluciente;

señorita en su pequeño mundo

de Navarredondilla. Alguna de estas chicas

escribirá que es un insulto

que el Cela llame gorda a la Sonsoles.

El maestro, desgarbado y ventrudo,

pasea entre las mesas, se para ante la última ventana,

oye el estruendo confuso

de la cercana calle; sigue el vuelo

muy alto, libre, sereno, seguro,

de una apacible gaviota.

Se vuelve y ve al alumno,

que ignorando la celda colmenera

en que lo han encerrado, se recrea en sus músculos

juveniles, con aire satisfecho.

El maestro se aburre. Sin disgusto

mira algunas corpóreas modulaciones femeninas; y en seguida

piensa que no es ése su asunto.

Mejor escribirá unos versos, que poeta malo, malo,

vale más que difunto:

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Ya acaban sus trabajos las discípulas.

El profesor recoge el último.

Ya está aquí para explicar su Economía

el profe don Arturo.

En Algeciras; marzo

del año en curso.

Marzo de 2003