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Hoy

No por Antonio sino por

ÁNGEL GONZÁLEZ

Todo lo que yo tengo de animal,

de vertebrado,

de mamífero,

hoy se adueña de mí con descaro exultante.

Hoy no tengo razón, y estoy contento.

¿De qué me serviría,

salvo para evaluar ciertas catástrofes?

No pienso, luego existo

aunque sea a duras penas, malamente.

Soy esto

–dice o casi relincha, desafiante, mi cuerpo—

y nada más que esto:

cuadrumano o solípedo

y poca cosa más: sedentario, nocturno.

Si me quedara ánimo trotaría por los campos

como un caballo joven bajo la luna llena.

Pero no tengo fuerzas;

igual que un elefante centenario

–vertebrado, mamífero—

me voy por una senda sin regreso.

Nada grave. Poemas recientes.

Revista Litoral, nº 233. Málaga, 2002.

[Hoy no ha muerto el poeta Ángel González]

¡Ni un céntimo!

Querido lector de Certe patet: no sigas buscando en esta web un número de cuenta bancaria al que mandarme un donativo. Porque no lo encontrarás.

Es verdad que los artistas se mantienen (o esperan, o aspiran a…) con las aportaciones pecuniariarias de los accedentes a sus obras. Es verdad. Pero yo no soy un artista. Sólo soy un modesto funcionario de la JA (no de la ja-ja-ja: ¡de la JA!) que vive, con su familia, de su parco sueldo. Al que la JA le permite alguna distracción no remunerada en el llamado “tiempo libre”, pero de ninguna manera actividadades que conlleven percepción de emolumentos que pondrían en entredicho la dedicación laboral exclusiva al servicio de la JA.

Además, querido lector de Certe patet, te voy a confesar un secreto. Yo no escribo nada. Sólo soy amanuense. Es decir, cuando menos lo espero, a cualquier hora del día, de la noche o del crepúsculo, oigo una voz que me dice (como Yahveh a Jeremías): “He aquí que pongo mis palabras en tu boca”. Claro que no es Yahveh quien me dicta; es una musa menor que en su vida ha pisado ni el Reino de los Cielos ni el Olimpo ni el Parnaso. Habita en un monte entre el mar y esta ciudad, donde el conejo pasta entre las vacas, donde el hurón se alimenta del conejo, y donde el buitre siempre sobrevuela. No sé cómo se llama esta musa que me musita al oído, pero yo la llamo Tina, acortamiento de Certepatina. Si os agradan, agradeced a ella estos escritos. Pero, ¡por favor!, no penséis más en mandarme dinero; por favor.

Adolfo Domínguez

Ayer, primer día de “cole” después de Navidad, en una clase de 3º de la ESO, recité un par de rimas de Bécquer (a modo de exemplum, inciso, variatio: ¿qué más da?). Y en concluyendo mi mínima actuación declaré al auditorio que tales poemillas habían sido escritos por un poeta del siglo XIX de nombre Gustavo Adolfo; y que se habría ganado un positivo el discípulo de los presentes que supiese decirnos su apellido (el del poeta: mis alumnos conocen todos su propio apellido). Alzó la mano Adrián y contestó: “Domínguez”. Y me dejó patidifuso. –¡Efectivamente!: Domínguez Bastida –dije yo–, aunque nadie le llame así, sino por el remoto apellido familiar que se adjudicó: Bécquer.

Hasta hoy no he caído en la cuenta de que a mi Adri le sonaba el nombre del diseñador y empresario de “La arruga es bella”; que no será poeta, pero que con ese versoeslogan dio en el clavo; o en el calvo. Claro que, siendo gallego, venía con ventaja: A engurra ê vella.